Praga, como por arte de magia

La plaza de la Ciudad Vieja, con la iglesia de Tynsky Chrám entre edificios neorrena-centistas.

La plaza de la Ciudad Vieja, con la iglesia de Tynsky Chrám entre edificios neorrena-centistas.

No existe mejor escenario en el mundo para una novela. Una novela romántica, de esas que hablan de amor y de deseos que se piden a la luz de la luna. No, no existe mejor paisaje en el mundo para dar sentido a una pieza de música barroca, para hacer realidad una fantasía, para dar rienda suelta a la imaginación y construir, por ejemplo, un edificio que es un paso a dos entre dos bailarines. No, no existe mejor lugar en el mundo para creer en fantasmas sin cabeza que pululan entre las almenas de un castillo, o en reyes locos que un día se rodearon de magos y brujos para conseguir que fabricaran una mina entera de oro. Praga no puede ser de verdad. Parece como si en ella todo fuera tan ficticio como cada una de las leyendas que se esconden por cada rincón, al doblar una esquina o al mirar hacia las aguas del río Moldava, que parte en dos brutalmente a la ciudad. Mozart, Kafka, Rilke, Mucha, ¿vivieron aquí? ¿O tan sólo lo imaginaron? Si no fuera por los cientos, miles, millones de viajeros que juran haber cruzado el puente de Carlos, se podría decir que la capital checa no puede ser real. De tan hermosa y frágil que es, nacida de los delirios de una mujer, una princesa que creyó ver en sus sueños el surgimiento de un asentamiento cuyo brillo haría palidecer al de las mismísimas estrellas. Las luces que de noche iluminan hoy su suelo empedrado, sus calles perdidas, sus torres y sus mitos revelan que sí, que Praga existe. Y resulta imposible de olvidar.

Por la Ciudad Vieja

Praga forma, junto con Budapest y Viena, uno de esos triángulos mágicos de Europa, que durante años han hecho las delicias de los aficionados a los tours organizados. Pero la capital checa tiene entidad suficiente como para ser estudiada de forma aislada, para vivirla intensamente sin la necesidad de saber que pronto habrá que partir y abandonarla. Resulta difícil saber por dónde empezar. Quizás lo más fácil sea imitar a los demás, y esperar a que sea cualquier hora en punto para disfrutar de ese pequeño espectáculo que se produce cada día en la Torre del Reloj del Ayuntamiento, que si se llama así es por el curioso reloj astronómico medieval que luce en una de sus paredes. Tiene de todo: un gallo, los doce apóstoles, la representación de la muerte, los signos del zodiaco… Una puesta en escena vibrante, una pequeña obra de teatro mecanizada tan fascinante como las que tienen lugar en cada uno de los locales que siguen apostando hoy en día por lo que se conoce como Teatro Negro de Praga. Escenarios a oscuras en los que nadie dice una palabra. Fiel reflejo de lo que ocurre en plena calle: cuesta hablar, pronunciar siquiera una sílaba, por no desviar la atención de todas y cada una de las joyas que exhibe con gusto la capital checa.

De paseo con Kafka

Staré Mesto, la Ciudad Vieja, es uno de los barrios más pintorescos, con gran parte de las cien torres con que cuenta Praga –incluida la de la Pólvora–, distribuidas por sus entrañas, y una plaza central que pasa por ser una de las más bonitas de Bohemia y de Europa. En ella se recorta la silueta de la Tynsky Chrám, la iglesia gótica que de noche, iluminada, adquiere un cierto aire espectral. Palacios, templos barrocos, antiguas fortificaciones, calles de reyes, edificios renacentistas –la Casa del Elefante de Oro– y mucho Jugendstil dibujan sus límites. De todas las leyendas que encuentran su sitio en Praga la más extraña de todas es la que habla del nacimiento del Golum, un ser creado con barro del río Moldava con el propósito de ayudar a los judíos en sus tareas diarias y, a la vez, protegerlos de las masas ignorantes cristianas. Los judíos tienen aquí su propio barrio, el Josejov, en la Ciudad Vieja, con una sinagoga –el templo hebreo más antiguo de Centroeuropa–, un museo y un viejo cementerio, con más de 12.000 lápidas, que resulta sobrecogedor. Dicen que Franz Kafka solía pasear por él… Kafka. Podemos seguir sus huellas casi a lo largo y ancho de toda la ciudad. Nació en la calle U Radnice, en el número 5, junto a la gran plaza de la Ciudad Vieja, y vivió, entre otros lugares, en el Palacio Schönnborn, en Malá Strana, desde el que se desplazaba a pie hasta la casita que su hermana Ottla tenía en el Callejón del Oro, en la que tanto le gustaba sentarse a escribir. Aunque hoy tan colorida callecita haya sido devorada por el turismo, no deja de ser uno de esos lugares que uno siente que debe contemplar al menos una vez en la vida.

Recuerdos de Bohemia

Las casas del callejón fueron ocupadas, sucesivamente, por los alquimistas traídos hasta Praga por el rey Rodolfo II para fabricar oro, por orfebres y arqueros de la Casa Real. Son minúsculas viviendas situadas justo en los arcos de una de las murallas del Castillo, el baluarte gótico más grande del mundo. En realidad, es mucho más que un castillo. Es todo un recinto histórico-artístico que alberga la Catedral de San Vito, un convento con tesoros de Bohemia, una basílica, las antiguas caballerizas y un Palacio Real con un espectacular salón, el de Vladislav, en el que se celebraban justas caballerescas. Para verlo todo se necesita un día entero. Merece la pena. Al caer la noche, el recuerdo será ya imborrable, sobre todo si se saborea en la memoria con una cerveza en la mano en algún sótano donde programen un buen concierto de jazz.

Hoteles: con mucho estilo

Un recorrido por la historia. Esto es, en resumen, lo que ofrece el Four Seasons Hotel de Praga (www.1.fourseasons.com), que ocupa el lugar y el espacio de tres edificios de diferentes estilos –barroco, neoclásico y neorrenacentista– justo a orillas del río Moldava, a sólo unos pasos del puente de Carlos. Inmejorable situación pues la de este exclusivo alojamiento de 141 habitaciones y 20 suites, que pasan por ser las más grandes de la ciudad, decoradas todas con un cierto aire palaciego. Algo de lo que también hace gala el Hotel Boscolo (prague.boscolohotels.com), un lugar sin tiempo en el centro mismo de la ciudad. Un cinco estrellas que se ha convertido en único por la atmósfera refinada que emana en cada uno de sus salones, por el confort más estudiado, que seduce a los huéspedes de las habitaciones, que también tienen a su disposición el elegante Cigar Bar, que invita a redescubrir el ambiente de los típicos cafés de Praga. Cuenta con un restaurante, especializado en cocina italiana, y con un Spa en cuyas instalaciones destaca una magnífica piscina.

Sobre la orilla izquierda del río Moldava, oculto entre las tranquilas y pintorescas calles adoquinadas de Malá Strana, el Mandarin Oriental (www.mandarinoriental.es) encuentra acomodo en un edificio histórico perfectamente conservado, muy próximo al Castillo. Bajo los techos abovedados de una antigua capilla renacentista, la Suite Oriental destila serenidad. Su cuarto de baño es casi un auténtico Spa, aunque el hotel cuenta con un centro de belleza y relax que también tiene su propia historia. En él se pueden ver los cimientos iluminados de una antigua iglesia del siglo XIV, que se exponen debajo de un piso de vidrio en el vestíbulo. Para quienes quieran revivir el paso por la ciudad de un genio como Mozart, una dirección imprescindible: el Mamaison Suite Hotel Pachtuv Palace Prague (www.mamaison.com), en pleno centro histórico. Frecuentado en su día por el compositor, y antigua residencia de Earl Karel Pachta, el hotel comprende dos palacios, uno de estilo barroco del siglo XVIII con un impresionante patio, y otro del siglo XIX, de estilo clásico y con apartamentos con vistas al río y al castillo de Praga. Las suites conservan todo el esplendor de las estancias originales.