…y las ciudades más bellas de España

Teatro romano de Mérica.

Teatro romano de Mérica.

Por Jesús Torbado

Quiérase o no, en España existe y crece aproximadamente un centenar largo de ciudades, grandes, medianas y pequeñas, fundadas por campesinos, por soldados, por obispos o por nobles, nacidas cada cual en su tiempo, razón y circunstancia. Que la mitad de ellas ostenten el grado de capital de provincia, o de sede episcopal, no significa gran cosa, salvo que en ellas resida un obispo y un delegado del Gobierno (antes, señor gobernador civil), lo mismo que posean el título oficial de ciudad o carezcan de él, títulos estos tradicionales o administrativos o resultado de dádivas y enjuagues o caprichos del poder. Por lo mismo, existe un millar de razones, más o menos, para colocar a cualquiera de ellas en un listado de preferencia estética o afectuosa.

Los habitantes propios consiguen enseguida acostumbrarse a su ciudad, hasta el punto de desocuparse moralmente de ella. Saben que su ciudad está allí, envolviéndolos, sosteniéndolos, pero ignoran su significado e incluso sus gracias. No sus problemas cotidianos, claro. Probablemente miles de valencianos no se han parado jamás a contemplar la fachada del Palacio del Marqués de Dos Aguas ni han entrado a guarecerse bajo la bóveda de la Lonja de los Mercaderes. No obstante, ellos, como el resto de los ciudadanos, estarán encantados de vivir donde viven y ponderarán las bellezas y el tronío de su albergue vital. Aunque sepan que en realidad no es para tanto, empeñarán todo lo empeñable para garantizar que su ciudad es la mejor: al menos, la más chula, la más limpia, la más divertida, donde mejor se come y se ríe, la más simpática. Y cuando en el tablero de la discusión aparecen dos ciudades opuestas por razones de vecindad, de historia, de competencia, qué decir: ¿Madrid o Barcelona? Hombre, ni que decir tiene el asunto. ¿Oviedo o Gijón? Vale, a quién se le ocurre discutir eso… ¿Valladolid o León? Es que ni se pueden comparar…

¿Qué es lo bello?

Pero solo recurriendo a comparaciones mostrencas se puede llegar a alguna luz. Mas habría que sentar los cimientos de lo que se persigue. ¿Qué es lo bello, lo grato, lo incomparable en una ciudad? Ahí está el quid. Si ponemos juntas las arboledas palentinas del río Carrión junto a los arenales de Almería, habría que llamar a un juez muy loco para que ajustase sentencia. Lo mismo que si emparejamos las dulzuras de Lugo con los lujos de Lieja, válido ejemplo para buscar un apunte fonético.

No hay baremo lógico porque España, que tiene tantas gracias como desidias y agitación bélica e histórica mantuvo, es un país multiforme, variopinto y revuelto. Sería incluso injusto colocarlo al lado de vecinos como Italia y Francia. Escasean las ciudades perfectas, pero abundan las de buen o mediano pasar. Hubo poca gente, incluso pocos reyes, que dedicaran su afán y sus caudales a engrandecer la tierra de la que brotaron o que gobernaban. Ni siquiera los regresados de América con el bolsón repleto tuvieron la delicadeza de gastar mucho en beneficio visual de los suyos. Hay mucho palacio suelto, aislado en el secarral, del tipo del de don Álvaro de Bazán: El marqués de Santa Cruz se hizo un palacio en El Viso, porque pudo y porque quiso. Quedémonos en Trujillo, en Cáceres, en Ciudad Rodrigo, en Infantes, para recoger ejemplos de los pocos que hubo. Muchos palacios notables, espléndidos, suntuosos, aquí y allá, pero poco entusiasmo en la reforma y en el engrandecimiento de las ciudades.

Por otro lado, aparece un doloroso hándicap frente a Europa. Por ser territorio seco, en la Península Ibérica hay pocos ríos, y pobres. Pocas ciudades disfrutan de ellos, como en Europa, y lo que es peor, casi ninguna de las que poseen río le prestan atención y lo cuidan, aunque sea el río un elemento básico para el bienestar y la belleza de una población. Viven al margen, ladeados, ajenos a la ciudad: Salamanca, Zamora, León, Córdoba, Soria, Cuenca…, lo mismo que otras ciudades han dado de lado a su costa marítima (Barcelona hasta hace poco, Tarragona, Málaga…). Por miedo a las avenidas o a las invasiones del enemigo, los fundadores de ciudades prefirieron construirlas apartadas de los cauces de agua.

A ese descuido, visto con ojos de hoy, se unió la desdicha de no tener en absoluto una corriente de agua que llevarse a la estampa o tenerla tan pobre como para que todo el mundo se burlase de ella, caso ejemplar el de Madrid y su aprendiz de río, el Manzanares. ¿Podría codearse sin vergüenza con el Sena, el Támesis, el Tíber, el Liffey dublinés, el joven Ródano de Ginebra, el Neva de San Petersburgo, al menos el Tajo lisboeta? Los grandes ríos domados engendran avenidas fastuosas y, en consecuencia, hileras de grandes edificios de todo género, además de una forma de vida muy rica y particular. A España no se le concedió esa gracia, ni tampoco los españoles del pasado prestaron atención a ese detalle, salvo –pero incompleta– en algunos lugares excepcionales, como Zaragoza, Sevilla y Logroño.

No obstante, sería necio pasar por alto las ciudades marineras o marítimas, varias de personalidad tan destacada y encanto como para imponerles medallas de oro entre las más hermosas de España. Anotemos sobre todo las septentrionales: San Sebastián, Santander, Avilés, La Coruña. Y añadamos las tan frecuentadas y castigadas Palma de Mallorca e Ibiza.

Hermosas y con parentesco

Sí que surgió un extraño paralelismo o fraternidad que logra hoy que muchas ciudades tengan una especie de réplica familiar. Por razones de historia y de geografía. Aunque el desarrollo ulterior hiciera aparecer diferencias y personalismos, algunas de las más hermosas ciudades de nuestro país tienen un parentesco singular. Pongamos Ávila y Segovia. O Salamanca y Zamora. O Lugo y Orense. O León y Burgos. O Sevilla y Córdoba. (Siempre se nos quedan descatalogadas, por su origen, por su historia personal, por su geografía, por su carácter, algunas de las más señeras: Toledo, Granada y Cáceres).

Mas aquí aparece un escollo de mucho relieve. Que no es lo mismo que una ciudad sea objetivamente hermosa –por su situación, por su encanto general, por su personal urbanismo– o que tenga hasta media docena de edificios singulares de especial galanura y ello le otorgue mucha categoría. Puede opinarse que la basílica de El Pilar y la Aljafería, palacio de los reyes moros –y hasta el río Ebro en sus buenos momentos– justifican la personalidad estética de Zaragoza, pero no es así. Como ocurre en la vecina Teruel y sus inmortales torres mudéjares. O en Murcia y su añoranza de la gran huerta árabe. Y en Guadalajara por la fachada del Palacio del Infantado. Incluso la misma ciudad de Madrid, rica, potente y palaciega, con su puñado de construcciones notabilísimas y de monumentos variados.

Efectivamente hay elementos que justifican por sí solos la belleza y el atractivo de una ciudad, y por eso esas ciudades figurarán siempre en los mejores catálogos del género. Para muchos, entre los que se encuentra este cronista de urgencia, el primero de ellos es la catedral. Sobre todo si es románica o gótica. Aquí la lista es muy larga y cuando se acompaña de otros edificios de valía, o de un conjunto urbanístico excepcional, esas ciudades deben figurar entre las más hermosas de Europa. Pongamos Santiago de Compostela y Toledo, que no precisan explicación alguna. Añadamos otras cuantas, castellanas y leonesas sobre todo, y todas, y Oviedo, y Barcelona (que se enriquece de manera notoria con las obras de Gaudí), y Gerona, y Vitoria, y Sevilla, y Jaca…

Ciudad y ciudad-capital

¿Jaca? Pues es hora de revisar el concepto, ya más publicitario que otra cosa, de ciudad y ciudad-capital. En Extremadura, sin ir más lejos, hay un puñado de ciudades pequeñas, o villas grandes, mucho más dignas de visita y de admiración que el lugar más poblado de la región, Badajoz. Hay que quedarse con Mérida, con Coria, con Jerez de los Caballeros, con Trujillo, con Olivenza, con Llerena y Zafra… Y no digamos en lo que hoy debemos llamar Castilla y León: citemos a Ciudad Rodrigo, a Astorga, a Medina de Rioseco, a Carrión de los Condes, a El Burgo de Osma y otro par de docenas al menos. Ciudades muy hermosas, aunque quizá ya pobres en fama, ya bastante desdeñadas.

Por toda la llanura manchega se despliegan unas cuantas ciudades pequeñas y maravillosas, superiores en belleza a sus capitales correspondientes, Albacete y Ciudad Real. Pongamos Almagro, Alcaraz y Villanueva de los Infantes como ejemplo no exclusivo. Y esta interpretación puede ampliarse a otras regiones, de Galicia a la Comunidad Valenciana, de Cataluña a Andalucía. ¿Cuántas pequeñas ciudades andaluzas no son maravillosas? Como Ronda, como Úbeda.

Mas todas estas divisiones y clasificaciones nos llevan a melancólicos equívocos. Para desgracia de todos, las diversas modernidades han ido arruinando la belleza clásica de las ciudades, aquellos refugios que eligieron nuestros antepasados. Sobre todo en España, hay que decirlo sin reparos, aunque de paso enriquecían y facilitaban la vida del habitante. La modernidad y el repoblamiento incluso ha dado alas a urbes feas y moribundas, como eran Jaén, Almería, Murcia, la misma Valencia, la misma Madrid…Pero cada día son más descarados los atropellos y las fealdades que se cuelgan en cualquier parte para mayor gloria de los arquitectos de postín y de los políticos codiciosos. Todo en pro de lo moderno, de lo llamativo, de lo publicitario. Y surgen edificios penosos como el Palacio de Congresos de Oviedo –artefacto que rinde culto a docenas de otros palacios paralelamente espantosos–, como el que se enfrenta a la modesta y honesta catedral de Murcia, como el apósito cultural a Santiago de Compostela y cientos de otras construcciones que no añaden, sino restan, belleza a nuestras viejas ciudades. Tal vez en el futuro aparezca gente con menos ansias de dinero y mejor gusto estético.