Ginebra, el tiempo detenido

El Jet d'eau de Ginebra.

El Jet d’eau de Ginebra.

De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando y mereciendo en el decurso de los viajes, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad”. Cuando el escritor bonaerense Jorge Luis Borges, que vivió y murió aquí, pronunció estas palabras no estaban aún en auge los destinos slow, lugares saludables con una alta calidad de vida, en los que la Naturaleza le gana el pulso sin complejos a las prisas urbanas. Pero, a pesar de que en Ginebra, la ciudad con más metros cuadrados de áreas verdes por habitante de toda Suiza, es posible respirar a pleno pulmón casi en cualquier rincón, no deja de ser, en cierto modo, un lugar extraño. Cuesta lanzarse a sus brazos, acostumbrarse a su rigurosa exquisitez horaria, confesarse enamorado de su estilo de vida, a ratos terriblemente mundano, y otros lujoso y sofisticado. La zona de los edificios altos, donde tienen su sede instituciones como las Naciones Unidas y la Cruz Roja, pesa mucho, demasiado. Sólo cuando se logra alejar la vista de ellas es posible descubrir una ciudad sencilla en sus formas, con una fascinante historia que poco a poco se apodera del visitante. Diluidos en los reflejos del río Ródano, los sueños de escritores, poetas, pensadores y hasta princesas que no eran de cuento fluyen para aderezar cada paso que se da, tenga o no un rumbo fijo. Lord Byron se enamoró del lago Leman mucho antes de que los Deep Purple escribieran Smoke on the water después de ver cómo las llamas de un incendio devoraban el Teatro del Casino de la cercana Montreux, donde Frank Zappa daba un concierto. El lago Leman está lleno de musas. Y no es pequeño: 72 kilómetros de largo, 14 de ancho y 309 metros de profundidad. Ginebra se deshace entre sus limos, bajo un gran surtidor de agua, el famoso Jet d’eau, que no deja de acortar su distancia con el cielo.

Un lugar para todos

Ginebra no es la capital de Suiza, pero se sabe mucho más conocida y amada que Berna, a la que los turistas aún son esquivos. Pocas ciudades en el mundo pueden presumir de ser tan perfectamente cosmopolitas como ésta, con un altísimo número de habitantes extranjeros que un día llegaron hasta aquí de paso y se quedaron para siempre. Por las calles se escucha con total normalidad hablar francés, alemán, italiano, español… Un mestizaje muy a la europea que sustenta una agenda cultural al gusto de todos, con exposiciones siempre muy interesantes, como son las del Centro de Fotografía, conciertos, actividades en sus museos (la mayor parte de ellos son gratuitos) y partidas de ajedrez al aire libre. Un juego que se puede practicar en los tableros gigantes de la Promenade des Bastions, donde se alza el Muro de los Reformadores, con cuatro colosales estatuas que representan a las principales personalidades del calvinismo: el propio Calvino, Farel, De Bèze y Knox. Resulta obligado aquí repasar la historia y recordar que esta ciudad fue sede de un Obispado durante casi cuatrocientos años hasta el advenimiento de la Reforma, cuando pasó a ser uno de los centros más importantes del protestantismo europeo. La afluencia de refugiados religiosos de toda Europa contribuyó al auge económico y cultural de la ciudad, muy similar, pero tan diferente en su concepto, al que vive hoy gracias a la proximidad del CERN, el laboratorio de investigación física donde tienen lugar los experimentos del mayor acelerador de partículas del mundo.

Por la ciudad antigua

Pese a la leyenda popular, los suizos no inventaron el reloj de cuco, fueron los alemanes. Pero sí legaron durante la Segunda Guerra Mundial refugios para la paz que fueron creando esa particular manera de vivir, tan calmada y diferente que se siente de forma especial en Ginebra, con un casco antiguo en cuyas plazas siempre hay terrazas en las que disfrutar del sol de la mañana. Así ocurre en la Place Bourg-de-Four y en la Place de la Taconnerie, que da paso a la Cathédrale Saint-Pierre, un compendio de estilos –románico, gótico y clasicista– y creencias. Es protestante desde 1536, por tanto sobria y sencilla, aunque en su interior queda un reducto sin conquistar: la Chapelle des Maccabées, que desde 1456 mantiene sus vidrieras de color. Ciento cincuenta peldaños conducen hasta lo alto de la torre norte y a un fabuloso panorama sobre el centro histórico y el lago, tras el que se intuye la colina conocida como Beverly Hills, por haber recibido a estrellas de la talla de Voltaire y Lord Byron, atraídos por la belleza serena de la ciudad. El lago ocupa casi toda la perspectiva, aunque es posible adivinar a la izquierda el animado barrio de Les Pâquis, con su playita y restaurantes de cocina exótica.

Silenciosa y bohemia

En Ginebra nació Jean-Jacques Rousseau, en una maison de la Grand’ Rue, la preciosa calle principal de la Vielle Ville, y en Ginebra murió la emperatriz Isabel de Austria, Sissi para todos, junto al embarcadero, frente al Hotel Beau Rivage, donde exhiben aún hoy con orgullo la cama de la habitación que ocupaba durante sus visitas a la ciudad. Entonces desde sus ventanas no se escuchaba la algarabía del mercadillo que tiene lugar aquí mismo cada domingo por la mañana. Un alegre bullicio que se transforma en silencio casi místico en lugares tan evocadores en Ginebra como el Arsenal, con sus viejos cañones, y tan bohemios, como Carouge, el barrio que, protegido por el Monte Saléve, parece uno de esos reductos de paz tan eternamente anhelados. Quizás como el que soñó Borges o como el que interpretó Miquel Barceló al pintar la cúpula de la sala de los Derechos Humanos en la sede de Naciones Unidas.

Hoteles: Sueños que son eternos

Si la tranquilidad es una de las palabras que mejor definen a la ciudad de Ginebra, los huéspedes del Mandarin Oriental (www.mandarinoriental.es) pueden estar seguros de que eso es lo que van a encontrar nada más cruzar la puerta del que es uno de los alojamientos más exclusivos de toda Suiza. Situado en la orilla derecha del Ródano y a la misma distancia de la Vielle Ville que de la zona de las grandes boutiques y joyerías de lujo, este exquisito hotel es como un sueño hecho realidad. Sus suites panorámicas, con vistas a sus idílicos jardines, al río, al casco histórico y a los Alpes, son a la vez elegantes y discretas, con todo tipo de detalles –chimenea, terraza privada– que invitan a no querer salir de ellas. Algo imposible si tenemos en cuenta la ciudad en la que estamos y el resto de instalaciones del hotel, entre las que destaca el área de salud y belleza y el restaurante Rasoi by Vineet, especializado en gastronomía india y galardonado con una estrella Michelin. Un gran horno tandoori con acabado en granito es la imponente pieza central de la sala, decorada toda en negro y rojo.

El rojo es, precisamente, el color que domina en el restaurante Le Jardin, otro de los imprescindibles de la ciudad, ubicado en Le Richemond (www.lerichemond.com), un cinco estrellas en el que impera el gusto por lo clásico. Algo que ocurre también en el Hotel de La Paix (geneva.concorde-hotels.es), a orillas del lago Leman, y en el Hotel Beau Rivage (www.beau-rivage.ch), que permite revivir épocas pasadas, con salones y habitaciones en las que parece que en cualquier momento pudiesen aparecer la emperatriz Sissi, el compositor Richard Wagner o el poeta Jean Cocteau, sus más ilustres huéspedes. Los modernos de espíritu siempre pueden decantarse por el East West Hotel (www.eastwesthotel.ch), con un sofisticado diseño y en pleno centro de la ciudad. Un lugar especialmente íntimo y acogedor, con un patio al aire libre que pasa por ser el rincón preferido de los clientes a cualquier hora del día. Ideal para parejas.