Montecarlo, la roca del glamour

Terraza del Métropole.

Terraza del Métropole.

Bañada por las aguas azules del Mar Mediterráneo y bendecida por el sol, Montecarlo, en sus apenas dos kilómetros cuadrados de superficie, destaca tanto por lo edificado como por todo lo que se mueve. Siempre con un común denominador: el lujo, que resulta fácilmente apreciable en los coches, yates, hoteles y joyas que millonarios y famosos integran como un elemento más del paisaje. Sin olvidar tampoco la historia reciente de su familia real, un verdadero cuento de princesas desde la boda del príncipe Rainiero III con la actriz Grace Kelly y prolongada hasta la actualidad entre el glamour y lo folletinesco. Recorrer los escenarios de alegrías y desdichas de sus príncipes constituye otro aliciente más para los visitantes, casi tanto como apostar en el Casino o presenciar por sus calles el Gran Premio de Fórmula 1 o el Rally de Montecarlo.

Tentar a la diosa fortuna

Pese a que se suele creer que Montecarlo es la capital del Principado de Mónaco, en realidad no es más que uno de sus distritos, si bien el más conocido, pequeño y articulado alrededor del mítico Casino, un elegante edificio belle époque diseñado por el arquitecto Charles Garnier –el mismo que realizó el proyecto de la Ópera de París–. Vestirse elegantemente al caer la noche, subir la escalinata de entrada y fundirse en esa atmósfera algo decadente es una de las visitas obligadas en Montecarlo. Tanto da si se arriesga en las máquinas tragaperras o en otros juegos de mesa. Se puede incluso tentar a la fortuna en la terraza-azotea, donde mesas de juego y plantas tropicales adornan este mirador hacia el Mediterráneo que solo abre si la meteorología resulta favorable.

El Círculo de Oro

Quienes detestan el ambiente de juego, pueden visitarlo por las mañanas. Es imprescindible contemplar el espectacular atrio, la sala con 28 columnas y revestida de mármol que da acceso al Salón de la Ópera, un espacio suntuoso decorado en tonos rojo y oro y con profusión de bajorrelieves. En el exterior, jardines, fuentes, y desde hace poco una escultura del indio Anish Kapoor, las coquetas terrazas de los cafés, los hoteles de lujo y los siempre brillantes coches exclusivos aparcados a la entrada componen otra de las postales más fotografiadas.

La avenida des Beaux Arts y el Casino delimitan el Círculo de Oro de Montecarlo, un área pequeña pero con una elevada concentración de joyerías y tiendas de moda cara. Los escaparates inasequibles forman parte del paisaje habitual. Descendiendo hacia el mar se llega hasta el Jardín Japonés, un espacio verde que destila serenidad con aroma a azaleas, rododendros y camelias que antecede a la playa de Larvotto, de arenas claras y con palmeras. Frente a ella, la avenida Princesa Gracia, una de las más caras del mundo.

Puerto de la “beautiful people”

No todos los coches que circulan por Mónaco son de lujo. Sus habitantes prefieren utilitarios más sencillos. Muchos son eléctricos o híbridos gracias a las bonificaciones para lograr un parque móvil más ecológico. Esto reduce notablemente el ruido y la contaminación, favoreciendo esa imagen idílica del Principado. A esa sensación de ocio acaudalado contribuyen también los yates y barcos deportivos amarrados en los dos puertos monegascos: el de Hércules, en el distrito de La Condamine, con capacidad para buques de mayor calado, y el de Fontvieille, el favorito de los yates de recreo.

La Condamine y la zona portuaria cuentan con más de doscientas tiendas en las calles aledañas, pero el sabor tradicional se encuentra en el mercado de la plaza d’Armes. Bajo las sombrillas rojas y amarillas se venden productos frescos de la región, mientras que en los soportales que lo rodean se puede saborear un café en alguna terraza. El pasado año además se inauguró un nuevo mercado bajo techo con delicatessen y otros productos de calidad. A pocos metros puede tomarse la Rampe Major, un paseo escalonado con dos puertas del siglo XVI que asciende hacia el Peñón, el casco antiguo también conocido como Monaco Ville o La Roca, por hallarse sobre un gran monolito elevado de 141 metros de altura. Las avenidas lujosas ceden paso a callejones medievales, peatonales, empedrados y algo empinados, pero con innegable alma mediterránea. Un paseo entre casas de tonos pastel que guía por la plaza de Saint Nicolas, la capilla de la Misericordia, el Palacio de Justicia y la catedral hasta el palacio. Para salvar ese desnivel sin esfuerzo hay doce ascensores públicos, a veces tan camuflados que cuesta localizarlos. El resto de rincones de cuento queda para el distrito de Fontvieille: la rosaleda Princesa Gracia en forma de corazón con más de cuatro mil rosales y el Camino de las Esculturas, con obras de Arman, Blake y Botero.

Catedral neobizantina

La familia real es casi otro atractivo de la ciudad. Por supuesto, también su palacio. Conviene no perderse el relevo de la Guardia de Carabineros del Príncipe, todos los días a las 11.55 del mediodía. De origen medieval, aunque con algunas ampliaciones posteriores, el palacio tiene estructura de fortaleza, si bien el uso de piedra clara le confiere, una vez más, aspecto de castillo de cuento. Con su fachada blanca, la catedral neobizantina da eterno descanso a los restos de los príncipes monesgascos. Y como en un cuento de hadas, cubiertas de flores pueden verse las de la princesa Gracia y Rainiero III.

Hoteles: Excelencia en dos kilómetros cuadrados

El aeropuerto más cercano –Niza– se encuentra a 30 minutos por autopista, aunque muchos acceden en siete minutos en helicóptero. No es de extrañar, por tanto, que en tan poco terreno haya 15 hoteles. Cuatro de ellos de cinco estrellas. El Hotel de Paris (www.hoteldeparismontecarlo.com), en la Plaza del Casino, es el epítome del lujo refinado para quienes buscan elegancia y tradición. Ofrece alta gastronomía en Louis XV, bastión mediterráneo del chef Alain Ducasse. Tiene acceso directo a las Termas Marinas. Lujo belle époque también en el Hotel Hermitage (www.hotelhermitagemontecarlo.com), con su invernadero con cúpula de Eiffel. El tercer hotel de máxima categoría es el Hotel Métropole Monte-Carlo (www.metropole.com). Situado en el Círculo de Oro y actualizado hace menos de una década, cuenta con una soberbia oferta gastronómica, con varios restaurantes de calidad de Joel Rubouchon y un competo Spa. Todo el espíritu que engrandece a la época dorada de la Riviera se concentra en el Hotel Montecarlo Beach (www.monte-carlo-beach.com). Está rodeado de un club náutico con piscina de agua de mar climatizada y una filosofía de ingredientes orgánicos en su cocina dirigida por el chef Paolo Sari. Aunque quienes busquen mar tal vez prefieran renunciar a una estrella a cambio de una playa privada. Es el caso de Le Méridien Beach Plaza (www.lemeridienmontecarlo.com), en Larvotto. Su interior destila aires contemporáneos mientras que la balaustrada de la piscina frente al mar sigue hablando de tiempos gloriosos y refinamiento. Si se viaja con vehículo propio, hay que tener en cuenta que solo pueden acceder a La Roca los coches matriculados en Mónaco o en los Alpes Marítimos. El resto deben estacionarse en el aparcamiento de Les Pêcheurs, con acceso peatonal al centro del casco urbano. Buscar hotel en Niza y acercarse a Mónaco en tren es otra opción más asequible. El Noctambus N100 es un autobús nocturno que comunica Niza con Mónaco, por si el juego en el Casino se alarga hasta tarde.