Salzburgo, la buena vida con Mozart

El castillo de Hohenwerfen, del siglo XI, se alza sobre un promontorio.

El castillo de Hohenwerfen, del siglo XI, se alza sobre un promontorio.

Salzburgo, la Roma de los Alpes, “una de las más bellas ciudades del mundo”, según Alejandro de Humboldt, gran viajero, era, hasta la gran conmoción de las guerras napoleónicas, la capital de un principado autónomo donde sobrevivían las artes bajo la protección de mecenas. A finales del siglo XVI, el obispo Wolf Dietrich von Raitenau demolió una buena parte de la ciudad medieval y, con la ayuda del urbanista veneciano Vicenzo Scamozzi, diseñó las plazas amplias e “íntimas” de la “ciudad ideal”.

Salzburgo se levanta en el centro de una región verde y rica en agua. Al noreste hay una corona de lagos en torno a la cual se levanta una serie de pequeñas ciudades llenas de residencias de verano, como Gmundsen, junto al lago Traunsee, la más frecuentada en otro tiempo por un turismo señorial del tipo Ville d´Eux (Ciudad Termal). Lugares tranquilos donde los propietarios de residencias de recreo podían llegar en pocos minutos a los tupidos bosques que lo circundan para respirar un aire puro y dedicarse a los placeres de la caza.

También los arzobispos gozaban de los efectos indirectos de esta maravillosa región. Hoy lo hacemos los turistas, los amantes de las ciudades bellas, de la buena música, de Mozart, el rey. El clima, siempre un poco húmedo y lluvioso, contribuye a mantener la auténtica faja de verdor que ciñe la ciudad austriaca.

El soberano del Estado teocrático se encontraba, pues, en el centro de una serie de delicias en un perímetro tan limitado que, en tiempos de Marcus Sitticus –el arzobispo sucesor de Wolf Dietrich von Raitenau–, Salzburgo debía producir la impresión de ser una especie de jardín a la inglesa en el que los caprichos de la naturaleza, las fantásticas modulaciones y las variaciones del paisaje se convertían en arte gracias al talento de los arquitectos. En las dos orillas del Salzach, la marca de estos curiosos personajes –el arzobispo Wolf Dietrich, padre de doce hijos, acabó sus días en prisión– se encuentra casi como un sello.

Castillos y jardines

No estamos en una ciudad que se caracterice precisamente por sus grandes dimensiones. Esto, de entrada, es ya una gran ventaja. La ciudad parece haber sido concebida a la medida del ser humano. De hecho, todos los lugares y edificios importantes están muy próximos los unos de los otros. El castiillo de Hellbrun, por ejemplo, está a cinco kilómetros de distancia. Era la residencia de verano construida por el arzobispo Marcos Sitticus, un hombre de gustos italianizantes que vivía como un príncipe renacentista y gastaba sumas ingentes de dinero. Otro palacio de verano, el castillo de Mirabell, dista de la residencia unos centenares de metros. Pero los príncipes-obispos los recorrían en carroza, como si fueran de viaje, a pesar de que a pie se necesitan apenas diez minutos. Mirabell está rodeado de jardines por tres de sus cuatro lados y están muy bien conservados. La imagen de control y regularidad que produce el jardín italiano es una de las caras de la ciudad. A pocos centenares de metros está la otra: la naturaleza selvática, adorable. Por dos de sus lados, la ciudad está rodeada de colinas boscosas, de un bosque espeso, aunque atravesado por numerosos senderos, lo que facilita los paseos. Pero hay otra colina con bosques densos, espacios amplios, prados y salientes que dan a la ciudad, y que también tiene su fortaleza, la Hohenslazburg (siglo XI). Hasta el siglo XIX, este castillo representó la capital de un estado independiente, donde cada uno de sus 24 príncipes-arzobispos dejarían su impronta.

Hacia el casco antiguo

El camino que baja del castillo llega hasta la catedral, de estilo barroco. Es el auténtico símbolo de la iglesia triunfante. Los habitantes de Salzburgo tienen que agradecérselo al delirio de grandeza y a la costumbre de vivir por encima de sus posibilidades que tenían sus antiguos soberanos. Cuatro grandes plazas, casi contiguas, dominan el casco antiguo de la ciudad. La de la Catedral es el punto de encuentro más popular entre los habitantes. Otra, la de la Residencia, está presidida por dos palacios arzobispales. El más grandioso es el Residenz (1596-1619), hogar de los príncipes-arzobispos. Por cierto, muchos de los edificios relacionados con sus poderosos gobernantes son ahora sedes del famoso Festival de Verano de Salzburgo.

El hijo predilecto

Sin embargo, en Salzburgo todo, absolutamente todo, huele y suena a Wolfgang Amadeus Mozart. Con lo amante de la música que es toda esta región, es fácil imaginar como debe serlo Salzburgo. Con Mozart se abre el capítulo hoy decididamente más importante de la ciudad. Seguir el rastro del genial compositor es fácil. Su casa natal se encuentra en el número 9 de Getreidegasse, la calle más famosa, donde todo es un homenaje a su figura. Desde los reclamos de los cafés a las marcas de chocolate, pasando por la peluquería o el sastre… Mozart nació allí el 27 de enero de 1756 y hoy es un museo dedicado a su persona, a su música.

Así pues, no hay mejor guía para descubrir muchos de los rincones más atractivos de la ciudad que siguiendo a Mozart. Sus huellas nos conducirán hasta la plaza que lleva su nombre, y luego a la Vieja Plaza del Mercado. Aquí está el café Tomaselli, del siglo XVIII, donde vivió durante muchos años Constanza, la viuda de Mozart, con su segundo esposo. Más allá, al otro lado del río, se llega a la iglesia de San Sebastián. En el cementerio contiguo están enterrados muchos miembros de la familia Mozart, incluido su padre Leopoldo y su esposa, Constanza. No es el caso de genial músico, cuyos restos descansan en una fosa común en un cementerio de Viena.

Hoteles: Gusto por el refinamiento

Los hay para todos los gustos y bolsillos. Un hotel que se ha convertido ya en un mito en Salzburgo desde que se levantó en 1407 es el Hotel Goldener Hirsch (Getreidegasse, 37. www.goldenerhirsch.com). Sus 70 habitaciones exhiben una decoración cuidadosamente elegida por la condesa Harriet Walderdoff. Muebles antiguos y alfombras impresionantes muestran opulencia y discreción al mismo tiempo. De élite, también, es el Sacher Salzburg (Schwarzstrasse, 5-7. www.sacher.com). Levantado en las orillas del río que divide la ciudad, el Salzach, desde las cálidas habitaciones se ofrecen magníficas vistas del casco antiguo. Su restaurante, con platos típicos, también está a la altura de los paladares más exigentes. Un clásico de siempre, el Hotel Bristol (Makartpltaz, 4. www.bristol-salzburg.at), se encuentra cerca del palacio Mirabell. Edificio de 1619, su aspecto actual empezó a gestarse a finales del XIX. Fue el primer hotel de la ciudad en disponer de electricidad. Hoy es propiedad de la familia Hübner. Con mucha tradición y estilo, ofrece 60 habitaciones magníficas, con un amplio repertorio de muebles antiguos. Lo mismo puede decirse del Hotel Radisson SAS Altstadt (Judengasse, 15-Rudolfskal, 28). Aunque respeta las líneas originales del año en que fue concebido, en 1376, muestra interiores majestuosos y renovados. La mayoría de las 62 habitaciones regalan la magnífica visión del Monasterio de los Capuchinos. El Hotel Schloss Monchstein (Moenchsberg Park, 26. www.monchstein.at) está situado en el corazón del barrio antiguo. De estilo arquitectónico gótico, tiene 24 habitaciones. Markus Mayr, maestro de la gastronomía, es el encargado de dirigir el estupendo restaurante, muy popular en la ciudad. Destacable, también, es el área de wellness. Más asequibles son el NH Salzburg City (Franz Josef Strasse, 26. www.nh-hotels.com), situado a pocos pasos de los jardines Mirabell y de los puentes que cruzan el río, en una zona tranquila justo en el límte del casco antiguo, y el Hotel Stein (Giselakai, 3-5. www.hotelstein.at), un cuatro estrellas con excelentes vistas. El Stein es famoso por su café-bar-lounge, ubicado en el ático y donde se puede cenar con el casco antiguo iluminado como telón de fondo.