Cataratas Victoria [Zambia y Zimbabue]: El humo que truena

Las cataratas Victoria, entre Zambia y Zimbabue, pueden derramar hasta medio millón de litros por minuto.

Pasaron a la posteridad con el pomposo nombre que el explorador y misionero David Livingstone, en honor a su graciosa majestad la reina Victoria, le dio a esta atronadora cortina de agua al toparse con su furia mientras navegaba por el Zambeze. Para las tribus locales, sin embargo, estas cataratas habían sido de siempre las Mosi oa Tunya, algo así como “la humareda que ruge”. Y eso es precisamente lo que hacen, rugir, y de qué manera, además de calar hasta los huesos a quienes las contemplan desde los miradores que hay a sus orillas en las temporadas en las que el río baja tan crecido que por ellas puede llegar a derramarse hasta medio millón de litros por minuto. Desde que el hombre blanco dibujara a tiralíneas el mapa político de África, este tajo de basalto de casi dos kilómetros de largo y un centenar de metros de caída en picado separa Zambia de Zimbabue. Será difícil encontrar por las esquinas del mundo un escenario más dramático para una frontera. Dato que no ignoró la Unesco al incluir las cataratas, en 1989, en su lista de Patrimonio de la Humanidad.

Durante veinte millones de años, la fuerza del agua ha esculpido este prodigio que hoy atrae como un imán tanto a mochileros ávidos por empaparse también de la autenticidad de sus gentes como a sibaritas que prefieren vivirlas desde el esplendor de sus mejores hoteles. Unos y otros se entregan a las actividades más dispares en los días, generalmente dos o tres, que suelen demorarse por estos territorios. Desde un rafting por los rápidos de sus inmediaciones hasta salir a pescar peces tigre por sus aguas infestadas de cocodrilos e hipopótamos, o navegar al atardecer por los tramos más sosegados de su cauce a bordo de una barcaza al más puro estilo La Reina de África. También, participar en un safari en todoterreno para avistar jirafas o rinocerontes por los vecinos parques nacionales de Mosi-oa-Tunya y Zambezi o el algo más alejado Hwange National Park; auparse a lomos de un elefante para adentrarse por sus suaves colinas alfombradas de mopanes y baobabs; acercarse a conocer las costumbres de la tribu leya o los poblados de chozas tan varados en el tiempo como el de Mukuni; curiosear por los desvencijados edificios coloniales de la adormilada ciudad zambiana de Livingstone; jugar al golf no lejos de donde triscan las cebras, o incluso cenar una noche a bordo del Royal Livingstone Express, desde cuyos vagones de los años 20 se puede seguir avistando fauna salvaje, mientras su locomotora de vapor se abre paso a jadeos por la selva al ir cayendo la noche. Para viajar a las cataratas Victoria existen mil y una excusas, más allá de la contemplación de sus maravillosas caídas de agua.

Sobrevolar las cataratas

Las cataratas ofician como hilo conductor de toda la acción por esta suculenta porción del África más anfibia, de la que indudablemente son el verdadero plato fuerte. Sobrevolarlas en helicóptero o ultraligero es una de las experiencias que pocos osan pederse a pesar de que el llamado Vuelo de los Ángeles, de menos de un cuarto de hora, ronda la friolera de unos 130 dólares por pasajero. Desde las alturas es como mejor se observan sus poderosas hechuras, sobre todo en los meses en los que el río arrastra más caudal –habitualmente febrero y marzo– y la rociada de agua que queda en suspensión tras la fuerza de su caída llega a hacer que, caminando a sus orillas, apenas logren verse aunque se las tenga a dos palmos. No aptos para cardiacos, los saltos en bungee desde el precioso puente de hierro, que a la altura de su segunda garganta Cecil Rhodes mandó construir a comienzos del XX para que pudiera atravesarla la línea férrea con la que pretendía unir los 8.000 kilómetros que separan Ciudad del Cabo y El Cairo, son una actividad menos practicada. “Construid el puente sobre el Zambeze donde el spray de la catarata alcance a rociar los vagones”, fueron las órdenes que al parecer recibieron sus ingenieros. Para su desgracia, este defensor a ultranza del imperialismo británico no vivió lo suficiente para comprobar lo obedientemente que las acataron.

Miradores y arcoiris lunares

El eterno debate de si contemplar las cataratas desde los miradores que se asoman a sus orillas desde la parte de Zambia o la de Zimbabue merece una solución salomónica. Lo mejor: hacerlo desde ambos países tanto si se viaja al lugar cuando el río va cargado hasta los topes como en los meses más secos en los que, aunque sin esa bárbara cortina de agua, su escarpadura pétrea luce en todo su esplendor. Mientras que el lado de Zimbabue presume de despachar mejores vistas, el de Zambia lo hace de permitir sentir las cataratas más de cerca e incluso, cuando el Zambeze arrastra un caudal modesto, de conceder a sus visitantes el privilegio de asomarse al filo mismo del abismo mientras se bañan en Devil’s Pool. En esta piscina natural en lo más alto de la cascada, situada junto a la isla Livingstone, el misionero pudo haber pronunciado su famosa frase de “hasta los ángeles en su vuelo deberían detenerse a contemplar un espectáculo como éste”. La impresión es sólo superable por las caminatas que se organizan por sus miradores en las noches de luna llena, en las que salir al encuentro de ese espectro etéreo que son los arcoiris lunares y que parecen jugar al escondite entre los saltos de agua.

Hoteles: Renovado estilo colonial

En la orilla de Zimbabue, a diez minutos de las cataratas por un camino privado, se levanta uno de los grandes hoteles coloniales de África, el Victoria Falls Hotel (www.africansunhotels.com), un precioso edificio de estilo eduardiano inaugurado en 1904. Su construcción corrió paralela a la de la vía férrea con la que Cecil Rhodes soñó enlazar Ciudad del Cabo y El Cairo, lo cual ya en sus primeros años permitió a las élites del momento llegarse hasta aquí cómodamente en tren. A los dos primeros miembros de la realeza británica –dos hijas, por cierto, de la reina Victoria– le fueron sucediendo a lo largo de las décadas otros nobles, políticos, estrellas de la gran pantalla y, por supuesto también, muchos viajeros de buen gusto ávidos por aspirar el sabor de otros tiempos que inunda sus nostálgicos salones o sus verandas asomadas a unos jardines deliciosos. Esta vieja dama ha sufrido en sus carnes las dificultades del país. Hoy, sin embargo, es un cinco estrellas avalado por el sello de The Leading Hotels of the World que, incluso aunque no se estuviera alojado en él, habría de visitarse para por lo menos disfrutar con toda pompa de la inamovible hora del té. La parte de Zambia no contó con un gran hotel hasta la inauguración, hace poco más de una década, del cinco estrellas Gran Lujo Royal Livingstone (www.suninternational.com), aislado río arriba con su encantador edificio que emula el estilo colonial y sus lujosos bungalós esparcidos por los jardines. Su terraza a orillas del Zambeze es absolutamente insuperable para acercarse a tomar una copa, a ser posible coincidiendo con el atardecer. Mucho más íntimos y coquetos, con entre siete y apenas una decena de habitaciones al estilo boutique, además de excelente gastronomía, los exquisitos lodges de lujo abiertos a la naturaleza The River Club, The Islands of Siankaba Lodge y Tongabezi Lodge, todos ellos ubicados junto al río Zambeze en Zambia e integrados en la prestigiosa Kiwi Collection (www.kiwicollection.com).