Cordillera Volcánica Central [Costa Rica]: La columna de Centroamérica

Costa Rica, a pesar de su corta extensión, alberga 28 parques nacionales y varias reservas biológicas.

Sin ejército, con un siglo largo de democracia a sus espaldas y unos servicios sociales equiparables a los de muchos países de Europa, Costa Rica es una especie de “trópico utópico” en la cintura de América, con todavía mucho más de lo que presumir. En primer lugar, de contar con nada menos que una cuarta parte de su territorio catalogada como parques nacionales o reservas naturales. Hay tantos de estos espacios protegidos, y con ecosistemas tan dispares, que no será fácil decidir por cuáles de sus selvas y bosques salir al encuentro de una biodiversidad –digna de figurar en el Libro Guinness de los Récords– que lo han convertido en un destino pionero para el ecoturismo a nivel mundial. Igualmente suman, cómo no, sus playas, asomadas, según se prefiera, al Mar Caribe o al Océano Pacífico, y desde luego también el exceso de volcanes que concentra esta porción del llamado Cinturón de Fuego del Pacífico. Algunos de ellos resultan aquí tan increíblemente accesibles, que resulta posible llegar a explorarlos sin apenas esfuerzo hasta plantarse en su mismísima cima.

De la tríada de cadenas montañosas que atraviesan Costa Rica, es por su Cordillera Volcánica Central donde late el alma de los ticos, que es como sus habitantes se denominan a sí mismos por, aseguran las malas lenguas, repetir tan a menudo aquello de “un momentico”. Los apenas ochenta kilómetros de largo de este espinazo que parte en dos el país concentran al grueso de su población gracias a la fertilidad del Valle Central. La propia capital, San José, queda a los pies de estas abruptas sierras, al igual que la cercana Cartago –que hizo las veces de capital hasta 1823– y las otras ciudades principales de Alajuela y Heredia. En todas ellas los terremotos hicieron de las suyas, por lo que, aunque algo queda de su traza colonial, la naturaleza impone mucho más por toda esta zona que cualquiera de sus legados históricos.

Irazú, el volcán más alto

Muy cerca de Cartago aguarda el primero de los colosos que hilvana esta región de fuego. Serpenteando por una deliciosa carreterita entre haciendas ganaderas y ordenados paisajes que se dirían casi alpinos aparece el Irazú, que con sus 3.432 metros de altura impera como el volcán activo más alto del país. Lo es tanto, que desde su cima alcanza a verse al tiempo el Pacífico y el Caribe en los raros días en los que las nubes no se empeñan en tapar su cima. Una senda de asfalto se lo pone fácil a sus muchos visitantes para trepar con total comodidad hasta uno de los cráteres de este gigante que abastece a un buen puñado de ríos como el Sarapiquí o el Reventazón, en los que incluso los menos expertos podrán entregarse no muy lejos a unas horas de rafting por sus rápidos. Un panorama pelado y lunar envuelve el parque nacional que lleva el nombre de este volcán, en cuyo inmenso cono se forma un lago de verdosas y remansadas aguas. La calma, sin embargo, es solo aparente. Aunque lo haga muy de cuando en cuando, al Irazú en ocasiones se le antoja dejar claro quién manda por estos pagos. Su majestad parecía haberse sosegado desde que a finales de los 60 su furia rebozara de ceniza las ciudades del Valle Central, manteniendo el estado de emergencia durante un buen par de años. Sin embargo, sus esporádicas fumarolas y el burbujeo a las orillas del cráter advierten que, en cuanto le viniera en gana, podría volver a entrar en acción sin previo aviso.

Un volcán, un parque nacional

A su gemelo, el volcán Turrialba, constituido igualmente en un parque nacional por cuyos senderos y miradores se puede caminar también a voluntad, se lo tomaba por bastante menos fiero. Desde finales del XIX no había registrado una erupción completa, pero hace un par de años el gigante se arrancó con unas bocanadas de ceniza y sedimentos que incluso obligaron a desalojar algunas de las muchas granjas lecheras que trepan por sus faldas. Abriéndose paso entre los ranchos ganaderos del escénico Valle de Orosí, con parada en pueblitos campesinos y pequeñas joyas como la iglesia de Orosí o las ruinas de la antiquísima de Ujarrás, del otro extremo de la Cordillera Central aguardan, entre cafetales y campos de papa y de fresa, sus otros dos grandes volcanes: el Poás, con su inmenso cráter principal y el bosque nuboso de sus laderas por las que han llegado a identificarse cerca de ochenta variedades de aves, y el Barva, dentro del Parque Nacional Braulio Carrillo, donde además de colibrís o quetzales también habitan, aunque sean casi imposibles de avistar, jaguares y pumas.

Patrimonio natural

El Monumento Nacional de Guayabo, que conserva los mejores rastros arqueológicos de las culturas prehispánicas de Costa Rica, las lagunas de origen volcánico del Refugio Nacional de Vida Silvestre Bosque Alegre, las reservas de Los Santos y Cerro Vueltas o el Parque Nacional Tapantí-Macizo de la Muerte continúan engrosando el patrimonio natural del Valle Central. Sin embargo, si lo que se quiere es seguir paladeando la fuerza de los elementos, no habrá que conducir demasiado para, ya en la Cordillera de Guanacaste, detenerse a admirar las continuas erupciones del volcán Arenal, que regala a quienes se instalan por los hotelitos campestres de sus inmediaciones los espectáculos de pirotecnia que despide su cráter en sus noches inspiradas.

Hoteles: Encanto natural

El sello Hoteles Distinguidos (www.distinctivehotels.com) reúne algunos de los alojamientos con más encanto del país, varios dispersos también a lo largo y ancho del Valle Central. Uno de ellos es el Hotel Grano de Oro, emplazado en una antigua mansión de estilo victoriano con cuarenta habitaciones y suites en una de las avenidas principales de San José, la capital. A menos de dos horas de ésta, en el corazón agrícola de la región de Turrialba, el Casa Turire se levanta como una hacienda en medio de una plantación que data de la época colonial con su docena de habitaciones y cuatro suites rodeadas por el lago La Angostura y el telón de fondo de las montañas de Turrialba.

En las proximidades del volcán Poás, integrado también en Hoteles Distinguidos, el Peace Lodge cuenta con chimenea y jacuzzi en cada habitación y además permite a sus huéspedes acceder antes o después que el resto del público a la reserva privada –de la misma propiedad– Parque Natural La Paz Waterfalls Gardens, con desde senderos y plataformas de avistamiento de aves hasta mariposario y serpentario.

Muy próximo también al Parque Nacional Volcán Poás destaca el multipremiado Silencio Lodge & Spa (www.elsilenciolodge.com), un estilosísimo y romántico escondite en plena naturaleza con apenas 16 casitas, todas con porche individual y hasta jacuzzi exterior para admirar en total privacidad las vistas que despacha al bosque nuboso de esta reserva privada de más de doscientas hectáreas. Igualmente en esta zona sería una excelente opción el también eco-sostenible Villa Blanca Cloud Forest Hotel (www.villablanca-costarica.com), otro lujoso hotel boutique inmerso en la naturaleza e integrado por coquetas casitas que forman una especie de aldea dentro de la Reserva Biológica Bosque Nuboso Los Ángeles, con preciosas panorámicas de sus paisajes selváticos envueltos bajo el manto de nieblas constantes.