Bahía de Halong [Vietnam]: Un laberinto de dos mil islas

Las barcazas de velas ocres y estriadas recorren la bahía, una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo.

La primera impresión del embarcadero de Baichay no le hace justicia a esta cautivadora joya que, además de la rendida admiración de propios y extraños, atesora entre otros méritos el título de Patrimonio de la Humanidad o el haber sido elegida el año pasado como una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo. El hormigueo de turistas de toda nacionalidad abordando las decenas de juncos que aguardan por el muelle para salir a descubrir la bahía le resta un tanto de misticismo al asunto. Pero solo hay que saber esperar, y ni siquiera demasiado. En cuanto arranca la navegación a bordo de estas encantadoras barcazas de velas ocres y estriadas, el gentío se va dispersando y comienza a desvelarse, entonces sí, este universo onírico de paz infinita por el que demorarse apenas unas horas o, con mucho más acierto, incluso un buen puñado de días para, instalados en los camarotes de sus mejores barcos, explorar a fondo hasta la última de sus esquinas. Lo más frecuente es compartir con otros viajeros estos pequeños barcos-hotel en los que la tripulación se ocupa de la ruta a seguir, de las comidas y, en realidad, de hasta el menor de los detalles. Sin embargo, siempre puede barajarse la opción de reservarlas con un reducido grupo de amigos o de disfrutarlas estrictamente en pareja.

Un destino de fábula

Cuenta la leyenda que mucho tiempo atrás, cuando sus gentes luchaban una vez más contra el peligroso vecino chino que tantas veces intentó conquistarles, los dioses enviaron en su ayuda a una benefactora familia de dragones que, con el fin de frenar al enemigo, en lugar de escupir fuego por la boca lanzaron joyas y jade. Y dicen que justo en eso, en una lámina de aguas verdosas como el jade salpicadas por cerca de dos mil islas o renegridos islotes de piedra caliza tapizados por completo de vegetación, acabó convirtiéndose este laberinto onírico de tierra y de mar que, al margen ya de toda fábula, en tantas ocasiones absolutamente reales ayudaron a sus habitantes a dificultarle el paso a los invasores.

Universo de islas e islotes

Al parecer, apenas 989 de estas islas y afilados pináculos formados hace unos 250 millones de años atrás tienen nombre; algunos tan curiosos como los que hacen alusión a las formas improbables de sus geometrías o a las de sus montañas, como Voi Islet o Elefante, Ga Choi Islet o El gallo de pelea, Mai Nha Islet o El tejado, Hon Dau Nguoi o La cabeza humana… En la superficie de este tropical entramado insular moran iguanas, monos y antílopes, así como una barbaridad de aves, mientras que bajo sus aguas abundan más de doscientas especies de peces y más de cuatrocientas de moluscos que, al margen de asegurarle la supervivencia a sus vecinos –aunque el turismo vaya ganando terreno, todavía hoy viven en gran medida de la pesca–, le garantiza a sus viajeros una gastronomía casi a la altura de los paisajes por los que se están abriendo camino.

Además de no tener nombre, la mayoría de sus islas menores tampoco están habitadas, como si se conformaran con erguirse solitarias sobre esta esquinada bahía oriental por el mero placer de añadir belleza al mundo y disfrutar de ella desde su privilegiado enclave. Las entrañas de muchas de ellas esconden grutas preciosas, adornadas de agudas estalactitas y estalagmitas fruto de la erosión cárstica, con denominaciones en ocasiones también tan singulares como la de las Sorpresas o Sung Sot, la del Palacio Celestial o Thien Cung, o la de Los Tres Palacios o Tam Cung.

Navegar entre brumas

Interrumpir por unas horas la navegación para caminarse algunas de ellas –imprescindible sobre todo la de Hang Dau Go– es uno de los alicientes con los que ir aliñando los días de singladura. También, por supuesto, la delicia de ir admirando desde cubierta sus aldeítas flotantes, o de fondear junto a algunas de las pequeñas calas de arena que van posándose plácidamente sobre este recoveco del golfo de Tonkin y bañarse en total intimidad en sus aguas del color de las esmeraldas. Sin embargo, la mera navegación entre su dédalo de canales o entre archipiélagos tan imprescindibles como el de Van Don o las islas de Tuan Chau es ya un plato a degustar con emoción y respeto, deslizándose sobre el junco, sin urgencias ni necesidad de un rumbo fijo, hipnotizado por un hechizo irreal que se acentúa cuando esta conjunción perfecta de la naturaleza se atisba a primera hora de la mañana, envuelta toda ella entre las fantasmagóricas brumas de cada amanecer.

Fue en el siglo XIX cuando los primeros turistas franceses descubrieron esta maravilla natural. Incluso en una de sus cuevas más famosas pueden verse todavía los grafitis que dejaron pintados para la posteridad en las antiquísimas paredes de la cavidad. Hoy la bahía de Halong es uno de los rincones más turísticos de este país de amabilidad sin límites. Pero, milagrosamente, ello no le ha restado un ápice de embrujo a este territorio anfibio que, abarcando una extensión de 1.553 kilómetros cuadrados, aparece a tiro de piedra de Hanoi como un espejismo en la costa noreste de Vietnam.

Hoteles: Dormir en un junco

Habitualmente el punto de partida hacia Halong es la encantadora capital vietnamita, Hanoi, situada a 175 kilómetros de distancia que vienen a cubrirse en unas tres horas. Desde ella podría incluso hacerse una visita maratoniana de un día a la bahía, aunque limitándose a navegar por sus zonas más próximas y trilladas. Resulta en consecuencia mucho más tentador instalarse en un junco para explorar más a fondo esta maravilla natural. Los cruceros duran generalmente entre uno y tres días, si bien numerosas empresas pueden confeccionar rutas totalmente a la medida y duración que se desee. Estas características embarcaciones de vela, de las más antiguas que se conocen, proliferan en la bahía de Halong para adentrar a los viajeros por sus recovecos. Incluso las más básicas cuentan con camarotes, cocinero a bordo o una zona acondicionada para disfrutar cómodamente de los paisajes durante la singladura. Los mejores de estos barcos, que siempre son de pequeño tamaño, tienen sin embargo facilidades comparables a las de un hotel de primera. Entre estos últimos, el Halong Violet (www.halongviolet.com), botado en 2009 y decorado al estilo de la Indochina colonial de los años 30, cuenta con media docena de camarotes con jacuzzi y balcón privado, además de biblioteca y salón comunes más un pequeño gimnasio y Spa. También entre los más selectos, el todavía más actual The Paradise Peak (www.paradisepeakcruises.com), ultimado en enero de este año, cuenta con ocho camarotes y zonas comunes verdaderamente espectaculares, así como el Halong Ginger (www.cruisehalong.com), con una decena de cabinas entre las que destaca su categoría Deluxe, con dieciséis metros cuadrados de tamaño y tres ventanales panorámicos. Para quienes prefieran un barco más grande, aunque en un estilo parecido, una buena opción sería el Halong Jasmine (www.jasminecruises.com), con dos docenas de camarotes, mientras que también hay otros de alto nivel, como el Princess Junk (w www.princessjunk.com), que se puede alquilar en su totalidad para vivir la experiencia estrictamente en pareja.