Islas Maldivas [Maldivas]: Más que lunas de miel

Los hoteles son los protagonistas del viaje a las Maldivas. En esta imagen, el exclusivo Cocoa Island Resort.

Son exactamente 1.190 islitas en su mayoría desiertas a unos seiscientos kilómetros al suroeste de Sri Lanka, desparramadas a uno y otro lado del Ecuador en la inmensidad del Índico. Muchas vienen a ser poco más que una sutilísima duna de talco recostada sobre el océano y a la que podría dársele la vuelta completa en unos minutos. Otras, nunca mucho más grandes, atesoran una ecuación perfecta de círculos casi concéntricos donde el cogollo central de cocoteros y vegetación tropical queda orlado por la arena cegadoramente blanca de la playa, y ésta, a su vez, por la laguna de transparencias turquesas que una muralla submarina de arrecifes protege de los peligros de mar abierto.

Cien islas, cien hoteles

Solo por la minúscula capital del archipiélago, Malé, podrá deambularse a voluntad durante el par de horas escaso que conlleva verla entera. Porque las 201 islas habitadas de este puzzle de anillos de coral están tan protegidas por las autoridades locales de las excentricidades del turismo, que para poder desembarcar en ellas habrá que contar con un permiso especial. Otras cien de las islitas del archipiélago están pobladas solamente por los empleados del único hotel que se posa sobre cada una y, por supuesto, por los afortunados que se instalan en ellos durante una y hasta dos semanas.

No news, no shoes

En los añs 70 comenzaron a llegar hasta las Maldivas los primeros turistas en busca de un exótico retiro al sol y unos fondos de escándalo para el buceo. A partir de entonces empezaron a desarrollarse estas islas-resort donde la principal norma a seguir es el ya célebre no news, no shoes, o lo que es lo mismo, “ni noticias, ni zapatos”. Porque este escondite a unas diez horas de avión de la oficina es uno de esos rincones en los que descalzarse nada más llegar… y olvidarse del resto del mundo. Lo que sí resultará vital será acertar con la elección de la isla, ya que muy probablemente no se saldrá de ella durante toda la estancia salvo para hacer excursiones de buceo o, con suerte, visitar alguna aldea de pescadores cercana. Y es que aquí el hotel no será simplemente el lugar al que regresar cada noche sino uno de los grandes protagonistas del viaje. En todo este centenar de islas-resort el denominador común que pone a disposición la misma naturaleza son las horas de sol en la playa, los casi siempre mínimos senderos entre la vegetación o, cuando no se esté participando en las inmersiones con botella que se organizan a diario desde el centro de buceo de cada una, la posibilidad de pertrecharse de unas aletas y unas gafas con tubo para hacer esnórquel sobre el auténtico documental de vida marina que tiene lugar a escasos metros de la orilla. Todo ello queda al alcance de la mano en cualquiera de ellas.

Elegir bien la isla

El factor humano es, sin embargo, el que marca la gran diferencia. Así, hay islas de ambiente más juvenil –con cabañas en ocasiones incluso espartanas esparcidas sobre la arena y una discreta animación nocturna– y algunas que resultan más idóneas para familias o para auténticos apasionados del buceo. Otras están consagradas a servir en bandeja unos días verdaderamente especiales para vivirse en pareja: hedonistas bungalós que flotan sobre las resplandecientes lagunas en las que darse a solas el primer chapuzón de la mañana, cocina al más alto nivel y hasta un Spa oriental, o la posibilidad de organizar una cena para dos a la luz de las velas dispuesta sobre la playa o en algún un islote desierto de las inmediaciones. Podrá optarse, en consecuencia, por islitas con capacidad para poquísimos huéspedes en busca de una soledad casi absoluta, y también por hoteles de mayores dimensiones para quienes prefieran tener varios restaurantes donde elegir, incluso discoteca a la noche, y un menú de actividades más amplio que puede incluir hasta esquí acuático, clases de gimnasia o partidos de voleyball sobre la arena. Las islas-hotel más pequeñas, al margen del mayor o menor nivel de sus servicios, suelen sin embargo decantarse por la tranquilidad y la privacidad. Son éstas las favoritas de quienes identifican el lujo con el silencio, con los paisajes más vírgenes y con la intimidad que despachan estos esquinados milagros en los que recogerse a saborear un buen libro o disfrurtar de un atardecer con la mejor compañía.

Romance y buceo

No es casualidad que una importante tajada de los cerca de 600.000 visitantes que ponen rumbo cada año a las Maldivas sean parejas en luna de miel, que en ocasiones incluso eligen casarse allí mismo o que simplemente se cruzan medio mundo en busca de un escenario romántico. Sus otros principales incondicionales son los buceadores. A pesar de los estragos que el fenómeno de El Niño y el calentamiento global han causado en los antaño vivísimos colores de sus corales, su apabullante fauna marina sigue siendo un imán para submarinistas de cualquier nivel. Flotar entre mil y una especies de peces de colores, junto a tortugas, mantarrayas enormes y hasta varios tipos de tiburón –incluido el descomunal pero inofensivo tiburón ballena– sigue siendo un motivo de peso para decidirse por este archipiélago de postal que el viajero Marco Polo bautizara como la flor de las Indias.

Hoteles: Soñar en el paraíso

La oferta de hoteles exclusivos en las islas Maldivas es realmente amplia y por lo que se ha convertido en destino favorito de las parejas en viaje de luna de miel. Entre los resorts más exquisitos, el One & Only Reethi Rah (www.oneandonlyresorts.com), con sus estilosísimas 130 villas dispuestas con total privacidad a lo largo del atolón al norte de Malé; el Four Seasons Landaa Giraavaru (www.fourseasons.com), con un centenar de inmensas villas y la posibilidad de viajar hasta la otra propiedad de la cadena, el Kuda Huraa, a bordo de un catamarán privado que se detiene en fondos increíbles para el buceo y en algún islote desierto; así como los tres Anantara (www.anantara.com) que se reparten por distintos atolones del archipiélago y los dos Taj (www.tajhotels.com), el W Retreat & Spa (www.starwoodhotels.com), de diseño y con un club nocturno subterráneo, o los tres Hilton (www.hilton.com), entre los que sobresale el Conrad Maldives Rangali Island, posado sobre dos islas y con tantos servicios que hasta cuenta con un restaurante emplazado totalmente bajo el agua, el famoso Ithaa Undersea, donde se puede cenar, literalmente, dentro de un acuario.

Para quienes prefieran el lujo más absoluto pero en una isla casi entera para uno, existen hoteles mucho más íntimos como el Banyan Tree Madivaru (www.banyantree.com), con únicamente media docena de lujosas villas dotadas de hasta piscina privada; el Naladhu (www.naladhu.com), con 19 casas privadas auténticas; el también boutique hotel Cocoa Island Resort (www.cocoaisland.como.bz) del prestigioso grupo Como Hotels y con solo 33 villas, o el Soneva Gili by Six Senses (www.sixsenses.com), con 44 villas de madera levantadas directamente sobre la laguna –en las que hasta el salón y el cuarto de baño quedan al aire libre–, además de disponer de siete Crusoe Residences accesibles únicamente en el barco privado de cada una.

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