Fiordos [Noruega]: el paisaje soñado

La navegación es una de las mejores formas de apreciar la magnitud de los fiordos, como éste de Naeroy.

Hace no tanto, antes de que los noruegos descubrieran en el Mar del Norte esa bolsa de petróleo que los hizo inmensamente ricos, su población se las veía y se las deseaba para sobrevivir a los rigores de estas latitudes. Perder por accidente una vaca podía conllevar serias penurias, de ahí que a los habitantes de los fiordos no les quedara otra que atarlas con cuerdas a los árboles para evitar que en un despiste pudieran caer al abismo de estos desmesurados precipicios que recortan entera la costa de Noruega. Hoy en día basta con echarle un vistazo al mapa del país para relamerse con el festín de naturaleza que prometen sus lagos, sus ríos salmoneros o sus cumbres, por las que caminar o esquiar casi en cualquier época del año. Pero su singularidad definitiva aflora, sin embargo, por su enrevesado perfil oceánico, donde el laberinto de los fiordos dibuja una auténtica anarquía de entrantes y salientes de roca y de mar. Toda esta región estuvo antaño ocupada por glaciares. Sus masas de nieve compactada fueron erosionando las montañas hasta acabar horadando estas profundísimas heridas por las que, al derretirse los hielos, acabó colándose el mar, que llega en ocasiones a penetrar hasta un par de centenares de kilómetros tierra adentro. Los cruceros son pues una de las formas más habituales de asomarse a las geografías de los fiordos, aunque también es posible hacerlo a pie, en bici o en coche, gracias al entramado de carreteras impecables, de túneles y ferrys que hoy hacen sorprendentemente accesibles estos antaño infranqueables territorios por los que solo aprendieron a campar a sus anchas los veloces drakkars de los vikingos.

Aunque los fiordos resquebrajan casi toda la costa occidental de Noruega, hay una cierta unanimidad al afirmar que los más espectaculares quedan por las proximidades de las fotogénicas ciudades de Bergen y Ålesund: dos trampolines a esta región de superlativos, a la que añaden un contrapunto urbano con los edificios de colores del muelle de Bryggen de la primera o el estilo art nouveau que define a la segunda. Sin embargo, a pesar de los coquetos cascos históricos de ambas ciudades, de los puñados de viejas iglesias de madera que pueden visitarse por sus comarcas o de aldeítas del encanto de Solvorn, Balestrand, Fjaerland, Laerdalsøyri o Aurlandsvagen, la naturaleza de los fiordos es por estos pagos la que se erige en absoluta dueña y señora de la atención.

Fiordos con personalidad

Eso sí, no habrá dos fiordos iguales. Aunque todos ellos respondan a un denominador común de empinadísimas laderas que se alzan sobre sus brazos de agua dando paso a una dramática amalgama de barrancos y praderas entre el mar y las cumbres nevadas, cada fiordo es tan irrepetible que los que los conocen bien llegan incluso a atribuirles una personalidad propia. Despuntan entre los más famosos los inscritos en 2005 como Patrimonio de la Humanidad: Geiranger, escenario de espectaculares panorámicas y cascadas, y el angosto Naerøy, con sus aguas esmeralda y sus colinas salpicadas por esas cabañas que se alquilan (sobre todo en verano) a quienes buscan paladear la paz infinita de estos parajes. También entre los imprescindibles, el de Sogne –que con sus 204 kilómetros es el más largo de todos– es célebre por los primorosos pueblitos e iglesias de regusto vikingo que se encajonan entre sus macizos, por las sendas montunas a emprender por sus dominios y por el famoso recorrido en el tren panorámico de Flåmsbana, así como por sus ramales más embrujadores de Fjaerlandsfjorden, Aurlandsfjorden y el mencionado Naerøy. Pero también hay decenas de ellos mucho más anónimos, como el de Innvik, a lo largo de cuyos recovecos van cobrando alturas escénicas carreteras de montaña que regalan unas vistas de infarto al doblar de cada curva; o el de Lyse, donde se alza la impactante plataforma rocosa de El Púlpito, un desnudo saliente de base plana y paredes de más de 600 metros a la vertical hasta el que llegar tras unas horas de trekking.

Sendas con sorpresa

Y es que, si decantarse por una ruta convencional entre los fiordos más célebres es todo un privilegio, abandonarla lo es a menudo aún más. Casi cualquier carreterita tomada al azar desemboca en unos paisajes impactantes, y cuanto más estrecha y más curvas tenga, mejor. Por ejemplo, la llegada a Stalheim desde Bergen por la E16, sobre la que en los meses del deshielo la cascada de Tvinde se desploma casi sobre el asfalto; el bucle de fieros panoramas que jalonan la senda entre Borgund y Laerdal; la impagable vía secundaria entre Laerdal y Aurland; el descenso por el valle desde Stalheim hasta Gudvangen serpenteando entre las cataratas que se vierten en caída libre desde las cimas de las rasgaduras; la ascensión desde Songdal hasta Briksdal con los hielos azulados del glaciar de Jostedal a la vista; el despampanante universo congelado de Dalsniba; los parques nacionales de Jotunheimen y Jostedalsbreen o la famosa ruta senderista de Aurlandsdalen… Se diría que la región de los fiordos parece empeñada en corroborar la máxima que asegura que el mejor viaje aparece en los desvíos.

Hoteles: Leyendas de madera

Rodeado de montañas y con vistas al fiordo de Sogne, el Walaker Hotel (www.walaker.com) no solo es el hotel más antiguo de toda Noruega sino que además está en manos de la misma familia desde 1690, lo que le confiere un encanto único. El edificio principal, todo de madera y fiel al estilo de los años 30, salvo en las comodidades imaginables en un hotel actual de categoría, alberga siete habitaciones históricas entre las que destacan la 20 y la 23, que son las más grandes y las que mejores vistas despachan a sus preciosos jardines y al fiordo. También puede optarse por las habitaciones, ya más modernas, que se añadieron en el edificio contiguo The Annex. A una treintena de kilómetros de Bergen, justo a orillas del fiordo de Bjørne, se levanta otro histórico, el Solstrand Hotel & Bad (www.solstrand.com), cuyo encantador edificio de madera amarillo albero viene abriendo las puertas de sus 135 habitaciones a los visitantes desde 1896. Entre las mejores opciones del fiordo de Geiranger destacaría el tradicional edificio de estilo cuasi alpino del Hotel Union (www.hotelunion.no), mientras que su gemelo, el Union Øye (www.unionoye.no), lo sería para instalarse junto al fiordo de Hjørund. Mucho más sosegada y sobre todo más insólita es la propuesta del Storfjord Hotel (www.storfjordhotel.com), aislado en mitad de un bosque ante los Alpes de Sunnmøre y el fiordo de Stor, que conecta con el protegido por la Unesco de Geiranger. Sus 23 habitaciones emulan el ambiente de una típica cabaña noruega, pero con un estilo y una decoración exquisita en la que presiden la madera, el cuero y los inmensos ventanales a la naturaleza que cerca este hotelito, construido a mano por artesanos locales. Menos convencional si cabe es el Juvet Landscape Hotel (www.juvet.com), cuyas cabañas, de puro diseño nórdico en su interior y con un frente totalmente acristalado, son un auténtico mirador al bosque y al río Valldøla, que desemboca en el fiordo de Stor, a poco más de un centenar de kilómetros de Ålesund.

www.visitnorway.es y www.fjordnorway.com