Atolones de las Tuamotu [Polinesia Francesa]: El jardín de los Mares del Sur

Los atolones menores de Manihi y Fakarava, Reserva de la Biosfera,
son las joyas de Tuamotu.

Ningún otro rincón del planeta enciende la imaginación como lo hace este lujuriante jardín que Francia conserva en el reverso del globo. Esta porción de la Polinesia está formada por 35 islas y 83 atolones arracimados en cinco archipiélagos que se dispersan por el Pacífico Sur a lo largo y ancho de una inmensidad acuática en la que podría caber casi toda Europa. Al de la Sociedad, el más famoso y visitado, pertenecen islas de nombres tan seductores como Tahití o Bora Bora, todas con encrespadas lomas volcánicas a reventar de vegetación tropical. El más agreste de las Marquesas rompe por completo con la imagen de postal de hedonistas lagunas escamoteadas por hoteles sobre palafitos con la que se viste el mito de los Mares del Sur; mientras que las Gambier y las Australes se reservan en un segundo plano como escenarios mucho menos trillados por los que solo se dejan caer los muy reincidentes en estas latitudes. El de las Tuamotu, que significa literalmente “muchas islas”, es el más radicalmente opuesto a los otros cuatro archipiélagos. Suma 78 atolones, es decir, volcanes hundidos hace muchos millones de años por cuyos flancos fue creciendo el coral hasta formar estas coronas de arena blanquísima que, lisas como un plato, se desparraman a lo largo de un arco de 1.500 kilómetros a caballo entre el archipiélago de la Sociedad y el de las Marquesas. Sus hechuras, casi siempre redondeadas, tienen su explicación en la forma del antiguo cráter sumergido, ocupado ahora en cada isla por una resplandeciente laguna que se diría un verdadero acuario natural.

Puzzle de islotes coralinos

Fernando de Magallanes, en su circunnavegación de la Tierra de 1521, fue el primero en avistar este laberinto de arrecifes tan peligroso entonces para las travesías náuticas. Un par de siglos más tarde, desde el capitán Cook hasta Louis Antoine de Bougainville se aventurarían también por el que hoy constituye uno de los mayores grupos de islas coralinas del mundo. Frente a la superficie marítima de las Tuamotu, que se extiende por una vastedad oceánica de 600.000 kilómetros cuadrados, el terreno de la suma de todas sus islas no alcanza ni los seiscientos. Hoy Rangiroa, el segundo atolón más grande del planeta, preside como el más poblado y visitado este puzzle de islotes coralinos. Es aquí adonde tienen que venir a estudiar los niños del archipiélago pasada la escuela primaria y, sin embargo, de sus setenta kilómetros de largo no hay más que una docena de ellos habitados. El dato se basta y se sobra para imaginar lo diminutas y todavía más olvidadas que resultan todas las demás.

Rangiroa: playas y esnórquel

La isla suma solo dos aldeas, arrimadas cada una a los canales de Avatoru y Tiputa, por los que las aguas de la laguna se comunican con mar abierto. Entre ambas, bajo esbeltas palmeras y un barullo de vegetación más rala a recorrer preferiblemente en bici, no se abre paso más que un minúsculo entramado de caminos de arena. Conducen al discreto número de hotelitos que alojan a los llegados hasta tan lejos, para disfrutar sobre todo de sus excepcionales fondos buceables y de alguna que otra excursión con la que complementar el dolce far niente que marca el día a día de estas islas. Entre las mejores, la que culmina en la espectacular playa salvaje de Les Sables Roses, la que pone rumbo a la Lagon Bleu en la que se filmara en los años 80 la almibarada película de Brooke Shields El Lago Azul, o L’Ìle aux Récifs, donde la erosión ha creado una empalizada de arrecifes cortantes como cuchillas que hacen las veces de piscinas naturales. En todas estas escapadas se reservará siempre un momento para hacer esnórquel sobre los arrecifes y hasta alimentar a las mantas raya y los distintos tipos de tiburón que campan por sus aguas… e incluso para nadar en su, aseguran, inofensiva compañía.

Fakarava y los atolones menores

Incluso en esta, digamos, isla mayor de Rangiroa, el saberse en uno de los rincones más recónditos del Pacífico invita a jugar por unos días a sentirse como el más afortunado de los náufragos. Y la sensación se acentúa más, si cabe, en los pocos atolones menores que cuentan con servicios mínimos para el turismo, pero que son absolutamente recomendables: Fakarava –el segundo en tamaño, con una superficie de 380 kilómetros cuadrados y una laguna de más de mil–, declarado Reserva de la Biosfera junto a un puñado de islas vecinas por la enorme biodiversidad y la pureza de sus aguas; Manihi, la isla famosa por sus granjas de perlas negras y su igualmente fabulosa laguna, que además pertenece al área cultural de Vahitu, y la todavía más diminuta Tikehau, junto a cuyo único paso, el de Tuheiva, es posible admirar la danza de las mantas raya y los tiburones grises o de aleta negra que se concentran por él.

A los demás atolones resulta bastante más complicado llegar. Apenas una cincuentena de ellos están poblados, aunque sea muy escasísimamente, y en el mejor de los casos contarán con alguna pensión familiar en la que alojar a sus visitantes. Los demás, a lo sumo, son frecuentados como base para expediciones de pesca o cuando sus habitantes, los paumotu, acuden a recolectar por ellos la copra de la que se extrae el aceite de coco.

Hoteles: Robinsones con clase

A pesar de contar con un tramo habitado de apenas una decena de kilómetros, Rangiroa es la isla principal de las Tuamotu y la que más servicios posee, incluidos hoteles. El mejor, el Hotel Kia Ora Resort & Spa (www.hotelkiaora.com), completamente renovado el año pasado. Sus 63 preciosos bungalós de madera y techo de paja se disponen o bien sobre la playa o flotando a lo largo de un pantalán sobre las aguas de la laguna, e incluso cuentan con un puñado de villas todavía más exquisitas con hasta una pequeña piscina privada. Para quienes busquen una escapada más al estilo Robinson Crusoe –sin electricidad, sin Internet, pero con toda comodidad y con clase–, disponen de un islote privado al que llegar tras una hora en barco. En él se camuflan los cinco bungalós del Kia Ora Sauvage, donde tener la isla entera, o casi, para uno. Aunque si se quiere tener la certeza de disponer de un motu o islote en absoluta privacidad y sin compartir, la opción entonces es alquilar la exclusiva villa de lujo Motu Teta (www.yourdreamisland.com). El Maitai Rangiroa (www.hotelmaitai.com) sería el siguiente hotel en categoría, aunque entre las varias pensiones familiares que despachan alojamiento en la isla alguna lo supera y con mucho en encanto, como Les Rélais de Joséphine (relaisjosephine.free.fr), una auténtica delicia con sólo tres bungalós entre los jardines y otros tres al borde del agua, y la terraza-restaurante sin duda más romántica de toda la isla. En Manihi y Tikehau, los únicos hoteles de categoría son sus respectivos Pearl Beach Resort (www.pearlresorts.com), de cuatro estrellas, con entre una veintena y una treintena de bungalós flotantes o sobre la playa, todos construidos con materiales tradicionales, aunque con mucho estilo y dotados de todas las comodidades. Mientras, en Fakarava la mejor opción disponible sería el White Sand Beach (www.whitesand1.com), con treinta bungalós algo más modestos que los anteriores, aunque inmejorablemente situados frente a la laguna y la barrera de coral y decorados al estilo polinesio.