[Cartagena de Indias]: Ecos del Caribe colonial

Don Pedro de Heredia fundó la ciudad en el año 1533.

Claro que en la Avenida de Santander se alinean largas playas y torres de hoteles donde trenzarse el pelo y comer papayas y mangos que venden las zumbonas palanqueras. Pero no es esa la visión de Cartagena de Indias que a tantos hace soñar. Hay que ir al corazón colonial casi intacto, detenido en el tiempo, el que va a ejercer en el ánimo una fascinación instantánea, irremediable. La imaginación cede al encanto de la muy noble villa fundada por Don Pedro de Heredia en el año 1533, protegida por la Bahía de las Ánimas, y la obra defensiva ideada por el ingeniero italiano Bautista de Antonelli, responsable de parte de sus murallas encadenadas por 21 baluartes. Esta acorazada llegó a ser el puerto más importante del Virreinato, el mayor centro del comercio negro, a pesar de los asaltos tanto de piratas como de tropas inglesas y holandesas. Protegida por la Unesco desde el año 1991, su estado de conservación es la envidia de quien la visita.

Escenario de numerosas películas, Cartagena ha inspirado a novelistas y poetas. Sus cuatro barrios –Centro, San Diego, Matuna y Getsemaní– se reparten la vida turística y local. El Centro reúne la mayor cantidad de casonas con patios tropicales transformados en tiendas, hoteles y restaurantes donde disfrutar de la noche al son de una guitarra y un frescor centenario lleno de románticos misterios.

Leyendas coloniales

La Plaza de los Coches, donde zarpan las chivas o buses turísticos pintorescos, y en cuyos soportales se venden dulces de cajeta y coco, es el mejor punto de partida para dar un paseo a pie por las plazas de la Aduana, San Pedro y Bolívar, entre los gritos de los vendedores callejeros de tintos de café y carretas de granizados bajos las sombrillas de poliéster multicolores y el sonido de vallenatos y champetas. Al paso salen monumentos como el Convento de San Pedro Claver y el Palacio de la Inquisición, que en su interior guarda lo que en su momento fueron cárceles y cámaras de tortura. La Catedral o Basílica Menor, de 1575, se considera una de las más antiguas de América, y su altar está ricamente decorado. Un extra es alquilar una calesa en la vecina Puerta del Reloj (lo habitual es realizar el recorrido al atardecer –una hora cuesta alrededor de 12 €, conviene regatear–). El conductor siempre se anima a contar algunas leyendas cartageneras de las calles y lugares. Como la de la Calle La Mantilla –llamada así en homenaje al objeto con que una chica se ahorcó ante la marcha de su novio por traslado imprevisto y de fuerza mayor, sabiéndose embarazada y expuesta al escándalo–, o la de Tumbamuertos, debida al bache que volcaba todo los ataúdes de los coches de caballos.

Museos de interés

Junto a las construcciones civiles, con su típica estructura en torno a patios excelsos y humectantes que recuerdan a las grandes mansiones canarias, no hay que perderse visitas de interés como el de Museo de Arte Moderno (de 9 a 12 y de 15 a 19 horas. 1 €), el Museo Naval del Caribe (1,32 €) y el Museo del Oro y Arqueología (Plaza Bolívar, entrada libre), con piezas de la cultura Sinú. La iglesia de Santo Domingo es un punto de encuentro curioso, donde lo colonial se emplasta con una escultura de Botero.

Suspiros y esmeraldas

Para comprar, las artesanías resultan numerosas y de calidad. Las Bóvedas o antiguos calabozos acogen un surtido de tejidos y piezas de madera o paja. Desde allí, hay que apuntarse a un paseo por la parte superior de las murallas, con vistas del Caribe, los tejados y los baluartes. Las esmeraldas son una compra seria, ya que no son baratas (desde 42 € el quilate). En Colombian Mines Emeralds (Calle San Pedro Claver Cra 4) se venden con certificado de autenticidad y se admite cierto regateo. Las calles de Baloco, La Inquisición, La Mantilla, Santo Domingo y Santa Teresa incluyen algunos anticuarios donde suspirar por alguna talla o un detalle.

Cena y baile

Para comer, hay que probar las tentaciones del Café del Santísimo (Calle del Santísimo, 8) y acompañarse de un cóctel en el Restaurante San Pedro (Plaza de San Pedro Claver). Por la noche, la música internacional recoge el relevo en los baluartes al aire libre, donde se instalan la Tasca Bar El Baluarte (San Francisco), con música en vivo, y el Café del Mar (Santo Domingo). Para bailar, los clásicos locales se llaman Tu Candela y Mister Babilla (Getsemaní).

Ciudad fortificada

Fuera de las murallas, hay que pasear por el complejo fortificado del castillo de San Felipe de Barajas (2,64 €), subir al Convento de la Popa, desde donde se tienen unas vistas del Corralito estupendas, y, ya más lejos, acercarse hasta los fuertes de San Sebastián del Pastelillo y San Fernando. En el barrio de La Manga abundan los hoteles más asequibles, junto a algunos palacetes de los siglos XIX y XX. Como complemento, muchos viajeros realizan una excursión de un día en lancha rápida al archipiélago de las islas del Rosario (www.islasdelrosario.info. Desde 14 €), a una hora y media de distancia; allí se puede comer arroz con coco y pescado, tumbarse en una hamaca o ver el oceanario de San Martín. La visita garantiza olvidarse de todo.

Hoteles: Del amor arquitectónico y otros tesoros coloniales

Como en un repaso al singular mundo del realismo mágico, la opción de poder dormir dentro del recinto amurallado resulta menos apropiada para quienes prefieran dormir en primera línea de playa –Bocagrande, El Laguito– y aprovechar el sol caribeño, aunque, a cambio, pueden vivir sensaciones únicas y novelescas. De hecho, el Hotel Sofitel Santa Clara (Calle Del Torno 39-29 , Barrio San Diego) está relacionado con el arranque de una de las novelas del Premio Nobel de Literatura  Gabriel García Márquez –cuya casa cartagenera está a la vuelta de la esquina– y es uno de esos ejemplos perfectos para los románticos empedernidos y los amantes de las historias de piratas. Combinando los lienzos de un convento de 1621, este cinco estrellas ampliado con instalaciones modernas combina una parte colonial con otra de vanguardia en un mestizaje lleno de delicadeza y detalles. Los sujeta-puertas son balines de cañón, y las hornacinas con imágenes de época y piezas precolombinas lo confirman como el cinco estrellas más delicioso del centro colonial.

Otra manera recogida de paladear el recinto amurallado es reservar en alguna de las casas de próceres y personajes ilustres, transformadas en hoteles boutique con rincones mágicos. Así ocurre con Casa Pestagua Hotel Boutique Spa, que rodea a un típico patio interior. Y con el Hotel Casa del Arzobispado (www.hotelcasadelarzobispado.com), casa privada del siglo XVII, con una terraza mirador con vistas a los tejados y el atardecer. El Hotel La Merced (calle Don Sancho. www.lamercedhotel.com), frente al teatro Heredia y el convento homónimo, mira hacia el lienzo amurallado más antiguo del Corralito. La casona, del siglo XVIII, incorpora elementos republicanos y coloniales; desde el mirador se observan los barcos entrando en el puerto. Fuera del recinto, el Hotel Hilton Cartagena (El Laguito Cra. 1 No. 4. www1.hilton.com) tiene playa privada y muchos huéspedes valoran su sabroso desayuno inspirado en los platillos típicos cartageneros.