[El Cairo, Giza y el Valle de los Reyes]: Un lugar en la memoria

La visita a Giza es básica para ver de cerca la Esfinge y las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos.

Cada mañana los cairotas regalan a los turistas el mismo saludo: “Que tengas un día con olor a jazmín”.  Un cumplido que suena especialmente romántico, pues estamos en uno de los lugares más caóticos del mundo. Resulta difícil cruzar de acera en la capital de Egipto, con carreteras por las que los coches van y vienen sin orden ni concierto, al menos desde el punto de vista occidental. El Cairo es sinónimo de ruido, es cierto. Pero bastan unas horas deambulando por aquí y por allá para creerse parte de ese desorden universal que reina casi en cada rincón y sentirse a gusto.

Hasta aquí se llega con el pasaporte en regla, un visado expedido en la embajada en España y muchas ganas de conocer parte de esa cultura mítica. Pero antes de nada, hay que aprender a moverse con soltura. ¿Lo mejor? Caminar y, cuando las distancias se hagan largas, subirse a un taxi, previo regateo del precio. Para los trayectos cortos, puede bastar con 10 libras egipcias (algo más de un euro), y 25 si nos desplazamos a las afueras. Los taxistas no hablan inglés, así que conviene llevar anotada la dirección en árabe, así como el nombre de algún monumento cercano. Una mañana en Khan El Khalili, el gran bazar, será suficiente para aprender a desenvolverse sin complejos… aunque, ya que estamos, mucho mejor si la visita la hacemos de noche. Después de las compras (pañuelos, especias…), nada como sentarse en el café El Fishawi donde escribía Nadjib Mahfuz y tomar un té a la menta.

Grandes tesoros

La mejor panorámica sobre El Cairo se consigue desde el mirador de La Ciudadela (de 8 a 17 horas. Entrada, 20 libras), junto a la espectacular Mezquita de Alabastro que ilustra las monedas. Tintinean sus lámparas de cristal y, bajo ellas, los adultos rezan y los más jóvenes repasan la lección. Todo en silencio. Nada que ver con la algarabía que inunda la explanada que hay ante la puerta de la de Sidna El Hussein un viernes a las doce en punto de la mañana. Suena la voz del almuecín y El Cairo se hace humano, abarcable a pesar de su inmensidad. Perdidos en el barrio copto, el de los cristianos, asistiendo a una danza sufí, intentando comprender por qué la gente vive en un cementerio, los días transcurren en una ciudad que resulta muy difícil de olvidar. Hay que contemplar siempre el atardecer sobre el Nilo y, por qué no, recorrerlo en falúa. Pero, sobre todo, hay que visitar el Museo Arqueológico (horario, de 9 a 16.45 horas. Entrada, 60 libras), tan caótico como el mismo El Cairo. Los tesoros de la tumba de Tutankamon y la Sala de las Momias (entrada, 100 libras más) constituyen sus principales reclamos, aunque aquí cualquier pieza es, sencillamente, única.

Rumbo a Giza

Resulta imprescindible una excursión a Giza para ver de cerca la Esfinge y las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos. El recinto donde se encuentran (entrada, 60 libras) está a las afueras de El Cairo y hay que llegar hasta él bien en taxi (seamos generosos), o bien en autobús, en el número 357 que sale justo de detrás del Museo Arqueológico. Es necesario madrugar mucho para no quedarse sin la entrada que permite el paso al interior de las tumbas. Para acceder a la de Keops (otras 60 libras) reparten 150 entradas por la mañana (7.30 horas) y otras 150 por la tarde (13 horas). Que nadie espere encontrar nada dentro: están vacías, pero tienen magia.

Entre reyes

Las aguas del río Nilo fluyen en dirección a Luxor, la última parada en el trayecto para quienes se hayan subido a bordo de un crucero. Los más recomendables son los que realizan las cadenas Sonesta (www.sonesta.com), Presidencial (www.pnccruises.com) y Movenpick (http://movenpick-nilecruises.com). Aunque también se puede llegar hasta aquí por carretera (un taxi, 300 libras) o en avión, ya que las comunicaciones con El Cairo son bastante buenas. Luxor ocupa el emplazamiento de la antigua Tebas, capital de Egipto durante cinco siglos hasta el final del Imperio Nuevo. Es obligado visitar el templo de Karnak (entrada, 65 libras) y contemplar esas esfinges que flanquean la espectacular avenida hasta el templo de Luxor (entrada, 50 libras), en el centro de la población. Éste es el mejor enclave para descubrir la verdadera dimensión de la cultura faraónica, antes de cruzar en transbordador el Nilo con el fin de alcanzar su margen occidental. Allí está el Valle de los Reyes (entrada, 80 libras), donde hombres cuyos nombres encierran tantos enigmas encontraron el descanso final a sus días, al cobijo de un paisaje único que, en ocasiones, recuerda a un paraje lunar. La tumba de Ramsés IV es la más interesante, aunque la de Tutankamon (suplemento, 40 libras) es siempre la que más admiradores concentra. Muy llamativas, por su decoración, son las tumbas de Ramsés III y Tutmosis III, con dibujos en rojo y negro y jeroglíficos en sus paredes. En Dei El Bahari hay que asomarse, al menos, al templo de Hatshepsut, al pie mismo de un precipicio.

Aroma a especias

Simple y de sabores suaves, así es la gastronomía egipcia, que está  aderezada siempre con especias, sobre todo cilantro y perejil. Son muy típicas las sopas (de verdura, lentejas, pescado…) y las ensaladas, como la baladí, con tomate, cebolla y pepino. Como entrantes hay que pedir siempre lo mismo: humus, crema de garbanzos y baba ganuj de berenjenas con sésamo. Kebab (carne asada), shawarma (rodajas de carne o pollo asadas a fuego lento) y moza (guiso casero con arroz y pan) son algunos de los platos habituales en cualquier mesa.

Hoteles: Cuando llega el ocaso

El primer asunto que hay que resolver antes de viajar a Egipto es el del alojamiento. Para llevar a cabo una incursión perfecta en El Cairo, lo mejor es hospedarse en la ciudad y no a las afueras de la ciudad. La mayor parte de los hoteles de categoría cinco estrellas tienen cierto regusto clásico, algo que, en cualquier caso, le sienta especialmente bien a la capital egipcia. Más atrevido que ninguno es el Kempinski Nile Hotel (www.kempinski.com), que arriesga con una decoración más moderna de lo habitual, firmada por el interiorista Pierre-Yves Rochon. El pasado 1 de noviembre inauguró un estupendo spa que viene a completar sus cuidadas instalaciones, en las que destacan su Chocolate Bar, su restaurante Osmanly –de cocina turca– y su Bar Floor 10, desde donde contemplar el horizonte. Aunque si lo que se quiere es disfrutar de una buena panorámica, hay que asomarse a la terraza del Ramses Hilton (www.hilton.com), la Windows of the World, en la planta 36. El hotel tiene una ubicación excelente, a orillas del río, y una piscina al aire libre que se agradece mucho cuando suben las temperaturas.

Construido en 1869 al más puro estilo oriental, el Hotel Mena House Oberoi (www.oberoihotels.com) cuenta con un aliciente añadido: sus espléndidas vistas a las pirámides desde las habitaciones que ocupan el lado histórico del edificio. También en Giza está el Four Seasons Cairo (www.fourseasons.com), con un magnífico spa donde encontrar el relax absoluto después de un agotador día de visitas. También es posible descansar y olvidarse del mundo en el jardín del Winter Palace Hotel (www.sofitel.com), ya en Luxor. Inaugurado a finales del siglo XIX, aún conserva su impronta decimonónica. ¿Lo mejor? Observar la puesta de sol desde la Nile Terrace y dejarse seducir por los sabores de una auténtica cocina local en su restaurante, El Tarboush, amenizado con música en directo. El Sheraton Luxor Resort (www.starwoodhotels.com) brinda a sus clientes la posibilidad de navegar a vela en el río Nilo y jugar al golf en los clubes cercanos.