[Lhasa]: El techo del mundo

Monje tibetano.

Al llegar a Lhasa, el viajero desprevenido se quedará sin aliento. Seguramente no será por el magnetismo del templo de Potala. Ni siquiera por sus vistas privilegiadas de la cordillera del Himalaya. El motivo será más terrenal: su ubicación a 3.650 metros de altitud, con la consecuente reducción del oxígeno, le impedirá respirar con normalidad. Puede que los primeros días tenga un ligero dolor de cabeza. Incluso es posible que tras subir un par de escalones se sienta como si hubiera corrido un maratón. No obstante, una vez superado este transitorio malestar, volverá a quedarse sin aliento. Y esta vez por motivos mucho más espirituales.

La ciudad prohibida

Lhasa significa literalmente “lugar de los dioses”. Sin embargo, documentos históricos demuestran que hacia el siglo VII de nuestra era la ciudad era conocida como Rasa, que significa “lugar de las cabras”. Más allá del romanticismo o no de cada definición, ambas tienen algo de verdad. Hasta bien avanzado el siglo XX, Lhasa se mantuvo prácticamente virgen frente a la influencia exterior. Los historiadores consideran al antropólogo y periodista William Montgomery McGovern como el primer occidental en entrar en la ciudad. En 1912, tras hacer oídos sordos a las prohibiciones locales, McGovern llegó a la ciudad prohibida. Fue detenido inmediatamente. Para muchos, este aventurero profesor de Harvard, que hablaba 17 lenguas, es el verdadero padre de Indiana Jones. Otro de los personajes tradicionalmente vinculados a la capital tibetana es Heinrich Harrer, recuperado en los últimos años gracias al largometraje Siete años en el Tíbet. Miembro de las SS, montañero y escritor, Harrer se convirtió en mentor y amigo del decimocuarto Dalai Lama durante su estancia en Potala. A pesar de estas increíbles aventuras, la figura de Alexandra David-Néel no tiene parangón. Adelantada a su tiempo, esta belga llegó a Lhasa en 1924 disfrazada de peregrina local. David-Néel no sólo transgredió la prohibición de entrar en Lhasa. Su vida fue una constante lucha contra las convenciones. Exploradora, budista, anarquista, escritora, modelo para la generación beat… esta gran mujer murió en 1969 a los 101 años y sus cenizas fueron lanzadas al Ganges en Benarés.

El palacio de Potala

La imagen más conocida de Lhasa es el majestuoso palacio de Potala. Actualmente poco queda del edificio original construido por el rey Songsten Gampo en el año 637. En el siglo XVII, tras un ínterin de 900 años, Lhasa recobró la capitalidad del país. Motivo por el que el quinto Dalai Lama decidió la reconstrucción de este símbolo nacional que se erige en la montaña Marpori. Hasta 1959, Potala fue la residencia oficial del Dalai Lama. Sin embargo, los enfrentamientos con China provocaron el exilio del gobierno tibetano a Dharamsala, en India. El viajero contemporáneo apenas encontrará unos cientos de monjes en el palacio, un número insignificante teniendo en cuenta sus dimensiones: 130.000 metros cuadrados distribuidos en trece pisos que albergan mil habitaciones y cerca de 200.000 imágenes. Hoy los visitantes únicamente pueden acceder al palacio durante una hora y apenas se visita un 10 por ciento de su interior. Aun así, se trata de una experiencia inolvidable.

El templo de Jokhang

A pesar del atractivo de Potala, el principal foco de peregrinación de la región es el templo de Jokhang. Sito en pleno centro de la ciudad, cuyo casco urbano apenas llega a los 400.000 habitantes, este santuario se erigió en el 638 donde antes estuvo el lago Othang. Dice la leyenda que cientos de cabras transportaron la arena con la que se consolidó el terreno sobre el que se levantó este edificio en honor de la princesa nepalí Bhrikuti, que hermanó a los dos países tras su matrimonio con el rey Songtsen Gampo. Aún hoy, cientos de peregrinos recorren su exterior en el sentido de las agujas del reloj mientras recitan mantras o elevan plegarias. Resulta una experiencia sobrecogedora dejarse llevar por esa marea humana rebosante de devoción.

Viaje al Everest

Otras visitas ineludibles en la ciudad son los monasterios de Drepung y Sera. También merece la pena viajar hasta el Parque Natural del Everest y contemplar la montaña más alta del planeta (8.848 metros). Aunque el paisaje no tiene comparación con ningún otro del planeta, el recorrido dura al menos un par de días y las carreteras no son precisamente autovías. Quien algo quiere, algo le cuesta.

La relación entre Tíbet y China es compleja. Muchos son los que proclaman internacionalmente la independencia del Tíbet. Otros aseguran que China ha realizado una modernización que la población llevaba años reclamando. No es éste el lugar para dictar sentencias. Lo que resulta evidente es que China está dejando su impronta en la ciudad con un nuevo tipo de urbanismo, con una gran inversión en infraestructuras y con la importación de sus propias costumbres. Y no es menos evidente el hecho de que los tibetanos sienten que sus tradiciones corren riesgo de desaparecer bajo el empuje del gigante asiático. Uno de los regalos favoritos de los habitantes del Tíbet son las khatas, bufandas de seda blanca que se regalan a los conocidos como gesto de amistad y pureza de sentimientos. Un buen mensaje del que deberían aprender los representantes de ambos pueblos.

Hoteles: El concepto chino del lujo

Hay varios hoteles de cinco estrellas en la ciudad. La mayor parte de ellos pertenecen a empresas chinas. A la hora de definirlos, viene a la mente el término ostentóreo, palabro inventado por el ex alcalde de Marbella Jesús Gil y Gil que nace de la mezcla de ostentoso y estentóreo. Quizás los puristas prefieran palabras como abigarrado, recargado, estridente… Por regla general, en la ciudad de Lhasa el lujo se asocia con estos términos.

Entre los hoteles de mayor categoría merece la pena destacar el Brahmaputra Grand Hotel, que toma su nombre del río que transita la región. La decoración de este establecimiento toma fundamentalmente elementos tradicionales y sus instalaciones cuentan con gimnasio, sauna, centro de reuniones y una variada oferta de restauración. Se encuentra situado en un barrio tranquilo, a casi ocho kilómetros del centro.

Otra opción es el Jingcheng International Business Hotel, un cinco estrellas de 81 habitaciones construido en el año 2006 y sito en la calle principal de Lhasa. Su restaurante ofrece comida cantonesa y de Sichuan.

Como curiosidad cabe mencionar el Lhasa Manasarovar Hotel, publicitado como el primer establecimiento de cinco estrellas cien por cien tibetano. Se trata de un hotel moderno, alejado del bullicio del casco histórico y con detalles decorativos de la región.

Por último, el Four Points by Sheraton Lhasa (www.starwoodhotels.com) es un moderno hotel situado a sólo diez minutos andando de Jokhang. Sus 102 habitaciones cuentan con un diseño y una serie de comodidades de gusto occidental. No en vano, es el único alojamiento de la ciudad que pertenece a una compañía hotelera extranjera.

Obviamente, existe una amplia oferta de alojamientos de menor categoría. Una zona tranquila y magníficamente emplazada en la que los mochileros y excursionistas pueden buscar alojamiento es el barrio musulmán, que se distribuye alrededor de las callejuelas posteriores al Jokhang y alrededor de la mezquita de Lhasa.