[Lisboa]: Donde todo es luz

Lisboa es la ciudad de los miradores.

Todos los caminos en Lisboa comienzan en el Chiado, cuyo nombre hace alusión a un adjetivo portugués que quiere decir ladino, astuto. Un término por el que era conocido uno de sus vecinos, el poeta António Ribeiro, pensativo en la escultura que vigila la plaza principal del barrio. En la rua Garret podemos comenzar a cumplir los primeros tópicos de la mañana: el libro, de poemas a ser posible, hay que comprarlo en la Librería Bertrand, y la bica, el café, tomarlo en la terraza de A Brasileira, junto a la escultura sedente de Fernando Pessoa. El Chiado es la continuación natural de la Baixa pombalina por la que merece la pena perderse. Hay que caminar despacio para saborear cada rincón que nos brinda, como la Praça do Rossio, con su Teatro Nacional, su exuberante estación de Metro, sus quioscos de flores y sus dos cafés, la Pastelaria Suíça y el Nicola, ambos de principios del siglo XX. El elevador de Santa Justa (horario: de 7 a 21 horas; precio: 1,40 € por trayecto) queda sólo a unos pasos. El ascensor, con pretensiones de Torre Eiffel, fue construido todo en hierro en 1900 y mide 45 metros. Una vez en lo más alto, dos opciones: cruzar la pasarela que conduce a las ruinas de la Iglesia do Carmo o subir a su idílica terraza para tomar algo y disfrutar de las vistas.

De mirador en mirador

Son tantos los miradores con que cuenta la ciudad que, de estar todos unidos, podríamos recorrerla sin poner un pie en el suelo. Desde el del Padrão dos Descubrimentos (Avda. de Brasilia. Entrada: 2,50 €) se divisa una enorme rosa de los vientos sobre el pavimento que recuerda el continuo anhelo de mar de sus habitantes; desde el de Santa Luzia, en Alfama, el río Tajo y los barrios ribereños; desde el castelo de São Jorge (Rua do Santa Cruz do Castelo. Entrada: 7 €) que corona la ciudad, la ciudad toda. Hay más, muchos más, como el de São Pedro de Alcántara, en Príncipe Real, o el de Graça, en el barrio del mismo nombre, con la Baixa a nuestros pies.

En tranvía hacia Alfama

El eléctrico número 28, de color amarillo, pasa por ser el tranvía más famoso del mundo, que recorre lugares esenciales de la ciudad, como Alfama, el barrio más antiguo y popular. Sus laberínticas calles comienzan en torno a la Sé, la Catedral, y se retuercen hacia arriba hasta llegar al castelo de São Jorge, en lo alto de la colina más alta. Visitas obligadas son el palacio Azurara, construido sobre el trazado de las antiguas murallas, y el Museo del Fado (Largo Chafariz de Dentro, 1. Entrada: 2,50 €), que nos pone en la pista de lo que debemos hacer en Alfama cuando llegue la noche: buscar un lugar donde escuchar la música por excelencia de la ciudad. Quizá ese sitio sea el Clube do Fado (Rua de São João da Praça, 94) o la Casa de Linhares (Beco dos Armazéns do Linho, 2), donde descubrieron el fado los Rolling Stones.

Arte e historia

Más allá de la maravillosa colección de arte –máscaras de oro chinas, tapices persas…– de la Fundaçao Gulbenkian (Avda. de Berna, 45. Entrada: 7 €), Lisboa existe. Nuevos aires corren en la ciudad tras la inauguración del Museu Berardo (Praça do Imperio. Entrada gratuita), con 800 obras de unos 500 artistas del siglo XX. Entre ellos, Picasso, Miró, Magritte y Andy Warhol. El museo está en el Centro Cultural de Belém, muy cerca de la Torre de Belém (Avda. de Brasilia. Entrada: 4 €), un fortín del siglo XVI sobre el mismo Tajo, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Misma distinción tiene el Mosteiro dos Jerónimos (Praça do Imperio. Entrada: 6 €), de estilo manuelino, en el que descansan el descubridor Vasco de Gama y los escritores Luís de Camões y Fernando Pessoa.

Bacalao y algo más

El bacalhau sigue siendo el plato principal en algunos restaurantes con solera, como Martinho da Arcada (Praça do Comércio, 3), el preferido de Pessoa, o Casa da Comida (Travessa das Amoreiras, 1). Mucho más actual es la cocina del Eleven (Avda. Marquês da Fronteira), con una estrella Michelin, que ostenta también Tavares (Rua da Misericórdia, 35). A pesar de abrir sus puertas en 1784, este último pasa por ser uno de los más creativos de Lisboa, gracias al chef José Avillez, que sorprende con propuestas como la paloma asada con ferrero rocher. De vanguardia son Alma (Marquês de Abrantes, 92-94) y el Bica do Sapato (Avda. do Infante Dom Henrique. Armazém B. Caisa da Pedra), ese lugar donde ver y ser visto a orillas del Tajo, al lado del local de moda de la noche lisboeta, el Lux, uno de cuyos propietarios es el actor John Malkovich. En las docas de Santo Amaro, antiguos almacenes de pescadores, están las discotecas donde prolongar la velada hasta altas horas.

El barrio de moda

El Bairro Alto, con tiendas alternativas cada dos pasos, extiende su filosofía más allá de sus límites, rumbo al norte, en la zona de Príncipe Real, nombre de uno de los jardines más acogedores de la ciudad. Desayunar en el quiosco de la plaza y leer el periódico son las actividades preferidas de quienes recalan aquí. Gente que busca algo diferente y lo encuentra en tiendas como recién sacadas de París o Nueva York. Direcciones imprescindibles son Cool de Sac (Rua Dom Pedro V, 56), de ropa y complementos, y Fabrico Infinito (Rua Dom Pedro V, 74), que es galería de arte, moda y café.

Hoteles: Glamour y nostalgia

Se abren las puertas del ascensor y aparece Catherine Deneuve. No es un sueño. Es algo que sencillamente puede ocurrir si se está alojado en el Ritz Four Seasons Hotel (www.fourseasons.com), un lugar concebido en los años 50 para “poder quedar inmortalizado dentro de él”. Y eso que, por aquel entonces, aún no existía su spa, considerado como el mejor de todo Portugal. Puro lujo. Aunque en Lisboa un lujo puede ser casi cualquier cosa, siempre y cuando se sepa disfrutar de los pequeños momentos. Por ejemplo, el de contemplar el atardecer sobre el río Tajo desde la azotea del Bairro Alto Hotel (www.bairroaltohotel.com) con un copo do vinho en la mano. Sus habitaciones, con las paredes pintadas en azul, rojo, blanco y amarillo, tienen esos aires románticos propios de la ciudad decadente y nostálgica en la que nos encontramos. La capital portuguesa ama la luz y se entrega a ella, pero también puede vivir a oscuras. Desde el jardín de la Casa do Castelo (www.c-c-castelo.com), en el barrio de Alfama, resulta evocador ver cómo la tarde cae y comienzan a encenderse a lo lejos los faroles que alumbran la noche.

Conseguir unas buenas vistas de la ciudad es algo que tiene valor añadido si estamos buscando un sitio especial para dormir. También el pasado noble del edificio, como el que sirve de acomodo al Pestana Palace Hotel (www.hotelpestanapalace.com), un impresionante palacio del siglo XIX en el Alto de Santo Amaro, declarado Monumento Nacional. Su preciosa escalera da paso a salones y suites con una decoración digna de reyes. No en vano es, junto al Olissipo Lapa Palace (www.olisippolapapalacehotel.com), el preferido de las casas reales cuando visitan Lisboa. Los más modernos, de espíritu cosmopolita, quizás prefieran el Jerónimos 8 (www.jeronimos8.com), en el Santos Design District, con habitaciones con terrazas tapizadas de bambú y un bar todo en rojo de lo más trendy. Aunque este concepto le siente todavía mejor al Internacional Design Hotel (www.internacional-design-hotel.com), con estancias diseñadas en diferentes estilos: urban, tribu, zen y pop. Todo un capricho muy del siglo XXI.