[Myanmar]: El secreto del sureste asiático

Paseos en globo por Bagan.

De arrozales, junglas y sobre todo de pagodas anda entera sobrada Birmania, hoy rebautizada como Myanmar. Hasta hace unos 15 años dejarse caer por estos pagos era poco menos que una lucha contra los elementos. Sin embargo, el Visit Myanmar Year que decretaron en 1996 permitió por primera vez recorrer el país por libre y sin las restricciones del visado para unos pocos días de antaño. Desde entonces, Birmania se ha convertido para los viajeros en un secreto a voces. A sus paisajes rurales, su fecunda historia y sus conventos y monasterios, se suma el aliciente de permanecer todavía ajena al turismo de masas. Auténtica, y casi intacta.

Yangon, su capital de toda la vida –que ya no lo es por decisión de la Junta Militar, que trasladó ésta a un remoto lugar de acceso vetado–, será la puerta de entrada y salida al país, fácilmente conectado por avión a Bangkok. Un par de días bien aprovechados bastarán para regatear en sus mercados y recalar por la pagoda de Shwedagon, la más centenaria aún de Sule, la de Botataung o el descomunal Buda reclinado de Chaukhtatgyi. A menos que se tenga tiempo y ganas de lidiar con sus destartaladas carreteras, un vuelo a Mandalay desembocará cómodamente en el universo cada vez más influido por la vecina China de esta ciudad a orillas del río Ayeyarwady. O, en Bagan, en uno de los recintos arqueológicos más extensos e impactantes del Sureste asiático. O en el lago Inle, donde los inthas, con habilidad de funambulistas, han aprendido a remar con una pierna para dejar libres las manos al lanzar sus redes cónicas en estas aguas por las que germinan poblados de palafitos y hasta huertos acuáticos.

No obstante, conviene elegir bien el momento de visitar el país. Si viajar en marzo o abril puede suponer más de 40º de bochorno tropical, entre mayo y septiembre las lluvias del monzón provocan inundaciones. Por tanto, lo más aconsejable para ir a Myanmar es durante el periodo entre noviembre y febrero, con un clima más favorable.

Las antiguas capitales

Además de Mandalay, con su viejo palacio, el monasterio de Shwenandaw o las pagodas de Kuthodaw y Mahamuni, en sus inmediaciones aparece un ramillete de poblaciones que, en algún momento, oficiaron también como capitales de antiguos reinos. Todas ellas, Ava, Mingun, Amarapura o Sagain, atesoran monasterios y conventos en los que el visitante puede pasearse por hasta la más íntima de sus dependencias.

El espectáculo de Bagan

Una cantidad desconcertante de estupas y templos se esparcen a una treintena de kilómetros a la redonda de esta pequeña ciudad a orillas del Ayeyarwady. Si se tiene el acierto de arrimarse a Bagan por el río, mucho antes de llegar ya irán aflorando solitarias estupas en mitad de la jungla, amén de pueblitos ribereños en los que la vida discurre igual que siglos atrás. Pero el asombro va en aumento al entrar en el recinto arqueológico de Bagan. No hay guía que se atreva a sentenciar cuántas son exactamente las pagodas, estupas y templos que se levantan sobre su inmensidad. Se estima que sumen más de 2.800 entre los reconstruidos y los aún en ruinas, aunque en la Edad Media, desde que el primer rey Anawratha eligiera esta planicie cobriza como el lugar desde el que expandir el budismo theravada, se cree que llegaron a erigirse más del doble. Como mínimo habrá que dedicarle dos días, y lo ideal será visitar el recinto por partes aprovechando la primera hora de la mañana y la última de la tarde. Convendrá también agenciarse un transporte para visitar el recinto arqueológico: carromatos tirados por caballos o búfalos, en bicicleta…

Palafitos y huertos flotantes en el lago Inle

Este lugar simplemente enamora. Ya sólo el viaje por carretera desde el aeropuerto de Heho es digno de un documental, con sus paisajes de arrozales y sus escenas de vida rural. Por el universo anfibio del lago aparecen pueblos enteros levantados sobre palafitos, monasterios y mercados flotantes. Hasta los huertos ondean sobre las aguas gracias a una vieja técnica que desprende la tierra cultivada de las orillas y la arrastra hacia el centro del lago. Su clima suave y su serenidad –sólo alterada por los ruidosos motores de algunas barcas– lo convierten en el escondite perfecto para relajarse unos días al final del viaje. Muchos turistas se instalan en el pueblito de Nyaung Swe, aunque para llegar a las aldeas y los templos del fondo del lago sería más interesante optar por un hotel en su parte central o, para empaparse de su serenidad, en algún hotelito levantado directamente sobre sus aguas.

Las mejores compras

Los mercados de esta zona del país representan toda una tentación por la calidad, la belleza y los precios insuperables de sus tejidos de seda, sus piezas de laca, jade, madreperla o pan de oro, sus tallas de madera o mármol y sus preciosas e inmensas marionetas tradicionales.

Y como colofón, la pagoda de Shwedagon. Ya se habrá recalado por Yangon al comienzo del viaje, pero como para tomar el avión de vuelta es probable que haya que pasar en la ciudad al menos unas horas, conviene dejar para entonces el encuentro con la espectacular pagoda de Shwedagon y, así, ir de menos a más. Cualquier otra, en comparación, acabaría desmereciendo. Atestada de fieles incluso al anochecer,  sus salas y sus patios impregnados de espiritualidad serán la mejor despedida del país.

Hoteles: Al gusto colonial

El Governor’s Residence (www.governorsresidence.com), del grupo Orient Express, es el más romántico boutique hotel de la ciudad de Yangon, con estilosos bungalós de teca dispersos entre los jardines y la piscina, y rincones de regusto colonial del encanto del Kipling Bar o el Midoun Lounge, en los que tomar una copa antes o después de saborear la cocina francesa con toques orientales de su Mandalay Restaurant, en el emplazamiento original de la mansión de los años 20 en la que viviera un gobernador local. Más céntrico, el Hotel Strand (www.ghmhotels.com), construido en el año 1901, es el gran clásico de Yangon, famoso entre los aventureros y viajeros de principios del siglo XX y con los mejores cócteles de la ciudad, amén de jazz cada viernes en su no menos célebre Strand Bar. En Bagan destacan el Thiripyitsaya Sanctuary Resort (www.thiripyitsaya-resort.com), en la mansión de otro antiguo regente local, entre jardines tropicales a la vera del río; o el igualmente lujoso Aureum Palace (www.aureumpalacehotel.com), con vistas a algunas de las pagodas del recinto arqueológico. En Mandalay, sobresalen los modernos complejos del Sedona (www.sedonahotels.com.sg) y el Mandalay Hill Resort (www.mandalayhillresorthotel.com) y, en el lago Inle, el Inle Princess Resort y el boutique Inle Lake View (www.inlelakeview.com). Y si el dinero no es problema, nada como embarcar a bordo del Road to Mandalay (www.orient-express.com) para disfrutar de uno de los cruceros fluviales por el Ayeyarwady que, entre Mandalay y Bagan, despacha un precioso y antiguo navío de regusto colonial, traído desde el Rhin por los propietarios del grupo hotelero Orient Express para servir en bandeja de plata un encuentro con la Birmania más ancestral sin renunciar al menor lujo.

Más información: www.myanmar-tourism.com