[Nápoles y la Costa Amalfitana]: El sabor de la dolce vita

La Costa Amalfitana ofrece paisajes únicos.

La treintena de kilómetros que media entre Positano y Vietri sul Mare se basta y se sobra para haber colocado el nombre de la Costa Amalfitana –la costiera para los amigos– en un puesto de honor en el olimpo de los escenarios mimados del planeta. La naturaleza aportó los acantilados, los viñedos, los generosos huertos de limones y el mar espléndido que, orlado de calas, la engalanan de arriba abajo. Cosa ya del hombre fue salpimentar toda esta maravilla con una miríada de pueblitos a rebosar de historia y, cómo no, de las villas y hoteles con pedigrí que se abren al Mediterráneo desde lo alto de los cerros. No hace tanto tiempo atrás, en ellos se vivieron algunas de las anécdotas más sonadas de los años locos de la dolce vita, cuando la jet de Hollywood y Cinecittà se venía aquí a celebrar sus fiestas y esconder sus amores secretos.

La Strada Statale 163, conocida como el Nastro Azzurro o Cinta Azul, es, amén de una de las carreteritas más sublimes de la vieja Europa, la tira de asfalto que hilvana de principio a fin este tramo de costa, regalando al doblar cada curva unas vistas de impresión al asomarse sin recato a los miradores al filo de unos acantilados no aptos para cardiacos. Fue Fernando II de Borbón, rey de las Dos Sicilias, quien mandó construir este sinuoso camino para comunicar con el resto del mundo sus pueblos, a los que hasta entonces, de puro abrupto, prácticamente sólo se llegaba por mar. Desde entonces se multiplicó la legión de artistas, ricos y famosos que ya de antes se atraían sus geografías. Léase Turner o Wagner, D.H. Lawrence o Lord Byron, Goethe, Virginia Woolf, André Gide, Jonhn Steinbeck, Graham Greene, Truman Capote, Miró, Picasso y todo un ejército de estrellas del cine de ayer y hoy. Ese poso de glamour le sigue chorreando a raudales a este bendito escondite a tiro de piedra de la imprescindible Nápoles –y de Pompeya y Herculano, y de las encandiladoras islitas de Ischia, Procida y Capri–, que, para disfrutarlo como se merece, el viajero hará bien en tener en cuenta las siguientes recomendaciones.

Huir del verano

La afluencia de visitantes se vuelve entonces tan excesiva que la Strada Statale 163 se convierte en un exasperante atasco. Además, sus pueblos se ven literalmente invadidos de turistas. Por el contrario, en invierno está casi todo cerrado, de ahí que la primavera y el otoño sean los momentos idóneos.

Alquilarse un descapotable

La costiera no está hecha para ser visitada en los clásicos viajes organizados en grupo, aunque en verano haya muchísimos. Más apetecible resulta recorrerla por libre. Para ello será casi indispensable alquilarse un coche y, a ser posible, un descapotable, aunque sea un Smart, que también los hay, por el puro placer de conducir por semejantes paisajes sintiendo el aire en la cara.

Paladear sus pueblos más embrujadores

El recorrido puede hacerse a la inversa, pero siguiendo este itinerario se irá de menos a más, que siempre es mejor. Tras Vietri sul Mare, famoso por sus cerámicas, habrá que regalarse un sosegado paseo por el puertito anchoero de Cetara y, poco más allá, por la playa de Erchie y el saliente de Capo di Orso. Enseguida, los adorables pueblos de Minori y Atrani y, en lo alto, el obligado y aristocrático nido de águilas de Ravello, con sus callejas, piazzas y villas floridas asomándose a los acantilados, amén de algunos de los hoteles y restaurantes más celebrados. De nuevo a orillas del mar, el precioso pueblo de Amalfi, una antigua República Marítima que llegó a rivalizar con las de Venecia, Génova y Pisa, y por cuyas empinadas hechuras aparece todo un muestrario de palazzos, mansiones e iglesias presididas por su fenomenal Duomo renacentista. Muy cerca, las villas pescadoras de Conca dei Marini y Praiano, por las que sería un pecado no hacer un alto en alguno de sus coquetos restaurantes frente al Mediterráneo para reponer fuerzas con una pasta casera con mejillones o con una ensalada caprese con los sabrosos tomates y las aún más gloriosas mozzarellas que da esta tierra, regadas con vino de Furore y con un limoncello de postre. Y, como guinda, regalarse un atardecer de escándalo en Positano, cuyas casitas de color pastel se convirtieron por méritos propios en una de las mecas de los años locos de la dolce vita.

Ampliar la estancia con Pompeya, Nápoles y su archipiélago

La ciudad de Nápoles, a pesar de su fama –merecida, todo sea dicho– de canalla, es una ciudad espectacular que, eso sí, no admite medias tintas. O se odia o se ama. Pero, desde luego, sobran motivos para amarla, y con pasión. Lo bullanguero de su ambiente difícilmente puede encontrarse en la cada vez más estandarizada y aséptica Europa, y su monumentalidad, hasta en el más popular de sus barrios, es para quitarse el sombrero. Será de paso prácticamente obligado en la ruta hacia la costiera, pero convendría consagrarle el par de días que como mínimo merece. Igualmente sería un pecado perderse las emocionantes y cercanísimas ruinas de Pompeya y, si se dispone de tiempo suficiente, también las de Herculano. Otra excelente opción es prolongar la estancia por las algo menos conocidas pero bellísimas islitas de Procida e Ischia y, por supuesto, por otra favorita de las celebrities: Capri, con tanta fama e historia que necesita de poca presentación.

Hoteles: Las terrazas de las estrellas

En los años de la dolce vita la temporada de caza –para los paparazzi, se entiende– arrancaba cuando el primer astro de la pantalla se registraba en alguno de los hoteles señeros de la costiera. Le Sirenuse (www.sirenuse.it), en el corazón de Positano, es uno de los imprescindibles. Inaugurado en el año 1951, sus balconadas y terrazas sobre la bahía y sus aires mundanos ya fueron celebrados por John Steinbeck, que se decidió por él por recomendación directa de Alberto Moravia. El atardecer desde la terraza de su Champagne & Oyster Bar a lo sumo es superable cuando, después, este entorno mágico se ilumina con velas y a sus pies titilan las luces de las casitas pastel y las cúpulas de Positano. Sobre un promontorio a la entrada del pueblo, otro hotel mítico, avalado hoy por el sello de Relais & Châteaux: Il San Pietro (www.ilsanpietro.it), que abría en los años 70 y recibía en sus salones decorados con frescos desde a Gregory Peck hasta Rockefeller o François Miterrand. Dicen las malas lenguas que Humphrey Bogart, John Huston y Truman Capote se ganaron un puesto de honor en el bar del deliciosamente aristocrático Hotel Caruso de Ravello (www.hotelcaruso.com), levantado sobre un viejo palacio entre jardines presididos por una infinity pool en la que tomar el sol ante la vista más impactante del mar y los montes Lattari. En una residencia estilo liberty, el Santa Caterina (www.hotelsantacaterina.it), a las afueras de Amalfi, es otro de sus cinco estrellas históricos. Un ascensor por el interior de la roca salva el impresionante acantilado sobre el que se posa para trasladar a sus huéspedes hasta la playa. Aquí los más afortunados se alojan en su honeymoon suite, con jacuzzi con vistas y una cama en forma de concha, o en su chalet Giulietta e Romeo, con jardincito privado con piscina. Y más reciente como hotel, que no como edificio, el Grand Convento di Amalfi (www.ghconventodiamalfi.com) reabría como miembro de la NH Collection en el año 2009. De este antaño monasterio medieval se han conservado frescos originales además de joyas como su claustro árabe-normando, la loggia, una capilla con hasta un órgano del settecento o el delicioso paseo panorámico de la Passeggiata dei Monaci.

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