[Nueva Zelanda]: Espléndida y trepidante

El destino más alejado de España, nuestras antípodas, requiere un viaje de 19.600 km en línea recta.

El viaje es de por sí ya todo un viaje. Y es que no se puede ir más lejos de un tirón. Son casi 19.600 km en línea recta y muchos más en un vuelo normal, por ejemplo, vía Londres y con escala en Hong Kong. Una veintena de compañías aéreas vuelan de Madrid o Barcelona a Auckland, la ciudad más importante del país. En cualquier caso, hay que contar unas 25 horas de vuelo y la propina de los enlaces. Pero tanto trajín sale a cuenta, porque a nuestra llegada a Auckland nos esperan 4,5 millones de kiwis —así es como los neozelandeses se denominan a sí mismos— y más de 45 millones de ovejas. Además, como uno de cada diez neozelandeses se dedica al turismo, las atenciones al viajero en este país tan hospitalario están aseguradas.
Nueva Zelanda es naturaleza, cultura y acción. Todo a lo grande. Tanto en la Isla Norte como en la Isla Sur y en otras setecientas islas e islotes que agujerean ese retal del Océano Pacífico Sur. La naturaleza neozelandesa no se anda con minucias y se desparrama, al norte, en playas de arena dorada, bosques ancestrales y paisajes volcánicos; y, al sur, en cumbres de nieves perpetuas, glaciares, bosques exuberantes y fiordos. Y referente a la cultura, otro tanto. La mezcolanza entre los descendientes británicos y los indígenas maoríes, con un toque de cultura asiática, ha configurado una sociedad mestiza y multicultural, en la que nadie se siente extraño. Esto queda bien patente en tres deslumbrantes centros culturales: el Auckland Museum, situado en el gran parque Auckland Domain; el museo Te Papa, colosal, en Wellington, y el museo Canterbury, en Christchurch.

Tres… y acción

Nueva Zelanda es un país apasionado por el deporte, las actividades al aire libre y la acción trepidante. Todo lo que haga descargar adrenalina, aquí ya se ha inventado y se practica. Las propuestas son muy variadas, como, en la Isla Norte, el buceo en las aguas subtropicales de Poor Knights, la zambullida en una jaula metálica rodeada de tiburones al norte de Gilsborne o la caminata Tongariro Crossing entre los volcanes; y, ya en la Isla Sur, el avistamiento de ballenas en Kaikoura, la navegación entre icebergs en el lago Tasman o el sueño de todo senderista, la Milford Track, la más famosa de las caminatas (54 km, 4 etapas) entre el lago Te Anau y el fiordo de Milford, con los paisajes de belleza angustiosa de la región de Fiordland, en el extremo meridional. Y, entre otras opciones más conocidas, como el puenting, el paracaidismo o el rafting, hay que añadir el heliesquí (el esquiador vuela en helicóptero hasta dejarse caer en pistas de nieve virgen), el jetboating (piruetas con lancha rápida) o el zorbing (rodar ladera abajo dentro de una gran esfera de plástico). Quien no desee exigir tanto a su cuerpo, puede decantarse por una tranquila ruta por las bodegas neozelandesas (hay casi cuatrocientas), un trayecto en el ferrocarril TranzAlpine o un sorbo de la cultura maorí en Rotorua, donde podrá practicar el hongi (saludo nariz-nariz) entre músicas y danzas tradicionales.

El Gran Norte

Auckland, en la Isla Norte, es la puerta de entrada al país. No es la capital, pero sí la ciudad más poblada (1,4 millones de habitantes) y la más cosmopolita. El Explorer Bus (billete: 20 €/día) es una manera cómoda  de ver la ciudad y su magnífico puerto deportivo. Tiene catorce paradas en puntos turísticos estratégicos, como el paseo marítimo Mission Bay, el jardín botánico o el mercado Victoria Park. También merece la pena subir (en ascensor de paredes de cristal) a la Sky Tower (entrada: 16 €), de 328 metros, con tres terrazas de observación, suelos transparentes y un restaurante giratorio con panorámicas magníficas. Además, los más osados pueden practicar sky walk (andar sobre una plataforma suspendida, sujetado por un arnés) o sky jump (puenting) a 192 metros. Por su parte, Wellington, la capital, con 170.000 habitantes, asomada al Estrecho de Cook, que separa la Isla Norte de la Isla Sur, posee una exquisita oferta cultural y lúdica. Súbase al funicular rojo, símbolo de la ciudad, y goce de vistas fabulosas, visite el jardín botánico y efectúe un recorrido guiado por la sede del Parlamento.

Aventuras por tierra, mar y aire

En la Isla Sur, destacan Christchurch y Queenstown. Christchurch es la ciudad neozelandesa con más apego a la herencia británica. Dése cuenta de ello montando en el tranvía de madera que recorre el centro o pasee tranquilamente por su jardín botánico o hasta el Arts Centre, con la galería Te Toi Mana de arte maorí contemporáneo. Luego, reserve mesa en Logan Brown, considerado el mejor restaurante de la ciudad, instalado en un antiguo banco. Sirve un excelente bistro menu, que es el menú de la casa al alcance de todos los bolsillos (con al menos 25 €).

Queenstown, a orillas del lago Wakatipu y rodeada de soberbias montañas, es la capital de la aventura. Aquí los límites los marca uno mismo. Puede conocer la región sobrevolándola a bordo de un helicóptero o una avioneta, embarcado en una travesía por el lago o en un todoterreno que le llevará hasta los fiordos Milford Sound o Doubtful Sound, o le acercará a los escenarios de la película El Señor de los Anillos. Ya en la ciudad, un corto trayecto en teleférico le encumbrará al Bob’s Peak, donde disfrutará de vistas fenomenales. Luego, descienda sin miedo en luge (trineo ligero, con ruedas) por endiabladas pendientes (billete combinado teleférico y luge: 19 €).

Hoteles: Azoteas, caserones y jacuzzis

En Auckland, a 300 metros del mar y a cinco minutos del distrito comercial, se alza el hotel Hilton Auckland (www.hilton.com). Las suites Bow tienen dos paredes de cristal, dispuestas en ángulo, que parecen la proa de un navío varado. Desde la cama, la panorámica es soberbia. En la azotea se ha dispuesto una piscina climatizada con una ventana subacuática con vistas a la ciudad. El restaurante White, de interior níveo, propone una carta estacional con productos locales y un interesante menú degustación. Otro hotel recomendable es el Heritage Auckland (www.heritagehotels.co.nz/auckland), que, de hecho, vienen a ser dos hoteles en uno. El ala The Hotel es un edificio art decó, fiel reflejo de la tradición, mientras que el ala The Tower es de diseño contemporáneo. Cada ala posee restaurante, bar y gimnasio propios.

En Wellington destaca el hotel InterContinental (www.ichotelsgroup.com), en pleno centro político, comercial y empresarial de la ciudad. Merecen especial atención sus cuartos de baño con grandes jacuzzis, en los que es posible tomar un “ecobaño”, ya que el hotel recicla el agua y apuesta por el ahorro de energía. Su restaurante Chameleon presenta una carta con toques de cocina neozelandesa actual.

En la Isla Sur, en Christchurch despunta The Worcester (www.worcester.co.nz), un bed and breakfast muy especial. Es un precioso caserón victoriano con muebles y decoración original, que posee su propia galería de arte. El desayuno estilo inglés se sirve en un elegante comedor.

Finalmente, llegados ya a Queenstown, brilla el Eichardt’s Private Hotel (www.eichardtshotel.co.nz), en el centro de la ciudad, en un edificio que destila glamour. Sus cuatro suites Lakefront Cottage tienen estupendas vistas al lago Wakatipu y a las cordilleras cercanas. Su servicio de restaurante es igualmente famoso. También merece mención especial Blanket Bay (www.blanketbay.com), en Glenorchy, a media hora en coche de Queenstown, un lujo integrado en un paisaje que puede contemplarse con todo detalle en la oscarizada trilogía de El Señor de los Anillos. Situado en las puertas de dos parques nacionales, puede ser el punto de partida (o de llegada) de un sinfín de paseos y excursiones.