[Tahití y sus islas]: El mito de los Mares del Sur

Tahití y sus islas atesora en el Pacífico 35 islas y 83 atolones repartidos en cinco archipiélagos.

Ya los primeros europeos que recalaron por estas islas se ocuparon al volver a casa de cargar las tintas con sus historias de buenos salvajes y complacientes vahines que se paseaban en cueros y se entregaban sin remilgos al amor libre en unos escenarios naturales que, sin necesidad de más, son pura sensualidad. Robert Louis Stevenson, con su tríada de viajes por los Mares del Sur, aportó una visión más profunda y más seria, en la que parecía quedar claro que no era todo tan ideal como lo pintaban. Aun enamorado de las islas y sus gentes, contó del canibalismo, de las guerras entre clanes y los estragos que causaban tanto las enfermedades traídas por los barcos como las costumbres que imponían los misioneros que no acababan en la cazuela. Pero de poco sirvió. La Polinesia sobrevuela aún hoy por el imaginario colectivo como un territorio más próximo a la fantasía que a la realidad.

Tahití y sus islas, el patio trasero que Francia conserva como Colectividad de Ultramar en el reverso del mundo, atesora nada menos que 35 islas y 83 atolones arracimados por el Pacífico Sur en cinco archipiélagos que se dispersan por unos cuatro millones de kilómetros cuadrados de inmensidad acuática. Remoto, desde luego lo es, y para avalarlo vaya por delante el día entero de vuelo, con su noche de rigor, que exige plantarse en la isla principal de Tahití, por la que habrá obligatoriamente que pasar para llegar a cualquier otra. Recalar siquiera por sólo las islas más bellas de sus tres archipiélagos más visitados –el de la Sociedad, las Tuamotu y las Marquesas– será misión imposible en un único viaje, a menos que se disponga de todo el tiempo y el dinero del mundo. Habrá pues que elegir, y elegir a conciencia.

El archipiélago de la Sociedad

Es el más fácilmente accesible y, también, el más visitado, con sus islas volcánicas presididas por montañas tapizadas de vegetación hasta la cima y sus bellísimas playas, encerradas entre empalizadas de palmeras y la transparencia turquesa de las lagunas que un arrecife de coral separa de mar abierto. Tahití, la isla más grande y poblada de toda la Polinesia Francesa, es, a pesar de su nombre con regusto a mito, la más real de todas. En su destartalada capital, Papeete, incluso hay atascos, aunque en los dos días que como mínimo se suele pasar en ella, al aterrizar y al regresar a Europa, se hará bien en alquilar un coche para circunvalarla entera  por su carreterita costera, con sus playas de arena negra y unos paisajes cada vez más agrestes a medida que uno se aleja de la capital y las zonas hoteleras. A Moorea, perfectamente visible desde Tahití, se puede llegar incluso en ferry y recorrerla en un único día de excursión desde ésta si no se dispone de más tiempo para admirar con el sosiego que merecen sus hechuras ajardinadas, presididas por sus bahías gemelas, entre picachos de basalto, de Opunohu y de Cook. Ya a 40 minutos de vuelo de Tahití, Raiatea fue la primera habitada. Es la cuna de la cultura polinesia, la isla sagrada en la que más abundan los marae de piedra en los que se investía a los príncipes locales. Y a pocos minutos de ella en lancha, Taháa, la más intacta, famosa por sus plantaciones de vainilla. Huahine, tan sensual, encarna también todos los tópicos del ideal polinesio, aunque Bora Bora, la última de las islas principales de la Sociedad, se lleve toda la fama. Su laguna, separada del mar abierto por una orla de idílicos motus o islotes coralinos, presume de ser la más hermosa del archipiélago. Y ciertamente es espectacular, aunque quizá por lo sugerente de su nombre recibe más turismo que las otras y eso, inevitablemente, le quita un poco ese halo de paraíso perdido que hizo célebre a esta isla vigilada desde lo alto por los fantasmagóricos picachos del Monte Otemanu.

Los atolones de las Tuamotu

Si las islas de la Sociedad son volcánicas y abruptas, las de las Tuamotu son coralinas y lisas como un plato. Aquí sí, en todas, es inevitable esa sensación de paraíso perdido, de estar en el rincón más recóndito del Pacífico para jugar unos días a ser el más feliz de los náufragos. Sus atolones son apenas lenguas de arena blanca en forma de anillo alrededor de lagunas absolutamente deslumbrantes. Salvo escaparse a visitar alguna granja de perlas negras, no hay nada que visitar. No hay más –¡ni menos!– que hacer que relajarse, dejar pasar las horas al sol, y salir a bucear o a explorar en lancha o en bici las geografías salvajes y lujuriantes de sus playas más apartadas, totalmente vírgenes entre los bosques de palmeras. De las 76 islas y atolones que integran las Tuamotu, los de Rangiroa, Manihi, Tikehau y Fakarava son los más visitados, mejor comunicados y dotados de servicios. En la mayoría de las otras, no habrá siquiera un hotel.

Las Marquesas

Mucho más allá aún de las Tuamotu, este agreste archipiélago a tres horas de vuelo de Tahití viene a romper los tópicos polinesios. Aquí no hay plácidas lagunas turquesa, ni playas blancas, ni hedonistas bungalós levantados sobre las aguas, sino un mar bravío y oscuro al que se asoman los imponentes acantilados que se descuelgan desde sus torturados picachos. Salvo un par de hoteles de nivel en las islas principales de Hiva Oa y Nuku Hiva, en las otras –Fatu Hiva, Tahuata, Ua Huka y Ua Pou– sólo habrá alguna pensión familiar en sus mínimos pueblos. Y no en todos. No es fácil viajar entre ellas y desde luego no es un destino mayoritario, pero quienes busquen escenarios sin trillar, sobre todo si les gusta el trekking –porque sus poderosas montañas despachan caminatas absolutamente sublimes–, tienen aquí, tan lejos, todo un filón.

Hoteles: Las villas más deseadas

En el archipiélago de la Sociedad, el St. Regis Bora Bora Resort (www.stregisborabora.com), cuyas villas más modestas rondan los 150 metros y la más grande, la friolera de 1.208. Inaugurado hace cuatro años en el motu Ome’e, se trata de un exclusivo complejo con casi un centenar de villas dispuestas sobre la playa, la piscina, o sobre las aguas de la laguna sin más. Otra delicia, como todo lo que pertenece a esta cadena, es el Four Seasons Resort Bora Bora (www.fourseasons.com), que se levanta en el motu Tetotu permitiendo unas vistas de pecado sobre el monte Otemanu desde la mayoría de sus 121 villas y bungalós, de los cuales un centenar flota sobre la laguna. Le Taha’a Private Island & Spa (www.letahaa.com), apenas a unos minutos en lancha desde la isla del mismo nombre, es el único Relais & Châteaux de toda la Polinesia francesa y goza de tal privacidad que, al parecer, fue el elegido por los Príncipes de Asturias para disfrutar parte de su luna de miel. Otra opción nada desdeñable es navegar por este archipiélago, y no hay aquí yates más glamurosos y radicalmente distintos a los cruceros convencionales que los gemelos Tia y Tua Moana (www.boraboracruises.com), a cuyos huéspedes –que como máximo serán 50– les aguarda una semana de desayunos con champán en la playa, mundanas copas en su cubierta de teca a la hora bruja del atardecer y excentricidades como asistir a la proyección de una vieja película rodada en la Polinesia tumbado sobre las arenas de un motu alquilado sólo para ellos. Diseño y lujo, pero sin encorsetamientos; con ese estilo tan casual que impera en el trópico.

En el archipiélago de las Tuamotu y en las Marquesas, los Pearl Resort (www.pearlresorts.com) de las islas de Tikehau y Manihi, en el primer archipiélago, y Nuku Hiva e Hiva Oa, en el segundo, son las mejores opciones. Habría además que añadir, junto al atolón de Rangiroa, la exclusiva isla privada de Motu Teta (www.yourdreamisland.com), en un islote desierto cuya residencia, así como las casi cuatro hectáreas abarrotadas de palmeras de sus geografías, serán por unos días única y exclusivamente de sus huéspedes.

Más información sobre las islas y sus hoteles en www.tahiti-tourisme.es y www.franceguide.com.