[Venecia]: La gran seducción

La Basílica de San Marcos se remonta al año 828 y se construyó para guardar el cuerpo del evangelista.

Puede parecer una obviedad, pero la mejor manera de llegar a Venecia es por agua. Y, a ser posible, en calma, sin más gente a nuestro alrededor que la de la compañía escogida para el viaje. Así pues, tras bajarse del avión en el aeropuerto de Marco Polo hay que olvidarse de autobuses y vaporettos y empezar a dejarse llevar por esos pequeños excesos que marcan la diferencia. Recorrer los 12 kilómetros en taxi acuático hasta la ciudad de los canales puede salir por unos 60 €, pero, sin duda, el trayecto merecerá la pena. El Gran Canal aguarda para sentir esa primera punzada en el estómago, que se hace aún más fuerte al pisar por primera vez la Plaza de San Marcos. Porque por muchas veces que se haya estado en Venecia uno siempre tiene la sensación de que es la primera vez que visita esta piazza presidida por su imponente basílica bizantina (entrada gratuita) y su campanile (entrada: 8 €), con esos carísimos cafés (el Florian, el Quadri) del siglo XVII que de noche vivirán una particular guerra de orquestas para mayor deleite de los turistas.

Hay que madrugar mucho para evitar las colas y disfrutar sin prisas de todo cuanto nos rodea. El Palacio Ducal es una obra de arte de la arquitectura gótica civil, que fue sede del gobierno y residencia de los Dux. Un edificio con historia en el que uno se puede adentrar como lo haría cualquier mortal (entrada: 13 €) o apuntándose a una visita guiada que desvela sus itinerarios secretos (todos los días, entre 9.30 y 12.00 h, en inglés, francés e italiano. Precio: 18 €), como el que siguió Casanova tras huir de su celda. El Puente de los Suspiros siempre está lleno de gente, pero, ¿alguien se resiste a hacerse una foto delante de él? Otro puente célebre es el Rialto, con un mercado en sus inmediaciones donde comprar fruta fresca cada mañana para acompañar el paseo. O, si ya es la hora del aperitivo, tomar un ombre con cihetti (un vino y una tapa) en cualquiera de los restaurantes cercanos, como en el Naranzaria o en el Campo San Giacometo, uno de los lugares más animados del sestiere San Polo. Perfecto para tomarse un spritz (bebida a base de vino blanco, Aperol y agua con gas) con vistas.

Con estrellas

Charles Chaplin, Orson Welles, Onassis, Woody Allen… y, por supuesto, Ernest Hemigway, que ocupaba siempre la mesa de la esquina. La clientela del Harry’s Bar (Valleresso, 132) es tan extensa como la propia leyenda que acompaña el local. Su primer propietario, Giuseppe Cipriani, fue el inventor del carpaccio (ternera laminada para que la pudiera comer mejor una dama con anemia) y del bellini, un cóctel con vino espumoso y zumo de melocotón blanco. Dos especialidades que se siguen sirviendo aquí por mucho que los tiempos en Venecia también hayan cambiado. Si las estrellas de Hollywood siempre se han dejado caer por este mítico lugar, otro tipo de estrellas son las que han hecho famoso al restaurante Met (Riva degli Schiavoni, 4149), con dos macarrones Michelin en su particular currículum. En la carta, un despliegue de colores, texturas y emociones a cargo de Corrado Fasolato, aventajado discípulo de Ferran Adrià. ¿Y eso en qué se traduce? En una espectacular cocina fusión donde las recetas propias del Véneto combinan a la perfección con especias y productos llegados de Oriente.

En cuerpo y espíritu

En nuestro diario de viaje por Venecia siempre hay que dejar sitio para apuntar esas osterias, enotecas y bacari (restaurantes de barrio) a los que uno llega solo, sin proponérselo y sin que nadie los recomiende, guiado únicamente por las sensaciones. Y es que en la bella ciudad de los canales manda la intuición. Perderse por sus calles es facilísimo, aunque al final siempre se encuentra uno de bruces con los monumentos principales, como la Gallerie dell’Accademia (Campo della Carità. Entrada: 6,50 €), donde conviven obras de Veronese, Tintoretto y Tiziano, o el Palazzo Grassi (Campo San Samuele), un palacio del siglo XVIII que acoge exposiciones temporales. Se pueden pagar los 15 € que vale la entrada o, por cinco euros más, sacar un ticket combinado que también permite el acceso a la Punta della Dogana, inaugurado en 2009 junto a la iglesia de Santa Maria della Salute. Se trata de un nuevo museo que recoge buena parte de la colección del multimillonario Françoise Pinault, la que no cabía en el Palazzo. La restauración de este espacio ha corrido a cargo del arquitecto japonés Tadao Ando y en su interior se pueden ver trabajos de artistas como Cy Twombly, Takashi Murakami, Richard Prince y Charles Ray. Otra colección por la que hay que interesarse es la de Peggy Guggenheim (Dorsoduro, I-30123. Entrada: 13,50 €) en un precioso palacio renacentista. Bonito por fuera y por dentro: para disfrutar ante un picasso o un pollock.

Muchos secretos

Los sestieri de Venecia esconden mil secretos. El Dorsuro, el campo de san Barnaba; el Canareggio, su Ghetto Vecchio; el Castello, la iglesia de San Francesco della Vigna… Más allá quedan las islas de Murano, Burano, San Michele, Torcello y siempre el Lido, un fino banco de arena de 12 kilómetros que forma una barrera natural entre Venecia y el mar abierto. Sí, también hay que comprar cristal, máscaras y abrir bien los ojos para que todo aquello cuanto es hermoso permanezca siempre en el recuerdo. Una ópera en La Fenice (www.teatrolafenice.it) y un paseo en góndola entre canales harán el resto.

Hoteles: Clásicos y modernos

Con más de 50 años de historia, el Hotel Cipriani (www.hotelcipriani.com) es el más peculiar de los grandes hoteles de Venecia. Situado en la isla de Giudecca, sólo es posible acceder por barco. Tranquilo, elegante, íntimo. Éstas son las cualidades que más valoran sus huéspedes, entre los que se encuentran aristócratas y estrellas del celuloide, a salvo aquí de fotógrafos indiscretos. El Cip’s Club, uno de sus restaurantes, ofrece no sólo pasta –elaborada todos los días en el hotel– sino también las mejores vistas de toda Venecia. Otro de sus restaurantes, el Fortuny, cuenta con una terraza ubicada en un jardín donde sólo se escucha el rumor del agua de la fuente que lo preside. Su Casanova Spa proporciona todavía un poco más de felicidad. Otro hotel de élite es el Danieli (http://danieli.hotelinvenice.com), que distribuye sus estancias en tres espléndidos palacios de los siglos XIV, XIX y XX. Sus lámparas de cristal de Murano y sus muebles de época invitan a viajar. También ayuda la panorámica que brinda su restaurante Terrazza Danieli: la misma vista desde la que los nobles vigilaban la llegada de los barcos cargados de mercancías orientales. Lejos quedan ya los tiempos en los que el Hotel Luna Baglioni (www.baglionihotels.com) era conocido como La Taberna de la Luna. El hotel más antiguo del centro de Venecia, levantado hace ocho siglos, conserva todo el encanto de entonces. El salón, con mobiliario del siglo XVIII, es punto de encuentro habitual, como lo es también el Marco Polo Lounge, que acoge conciertos de música clásica. Pero como no todo tiene por qué ser antiguo en Venecia, una sorpresa. Oculto detrás de una puerta señalada por la cabeza de un toro se abre un mundo mágico de espejos, libros y objetos de época. Es el Palazzina Grassi (www.palazzinagrassi.com), primer hotel en Italia de Philippe Starck. Un imaginativo establecimiento de categoría cinco estrellas que encuentra acomodo en una residencia del siglo XVI sobre el Gran Canal. El diseño es aquí el gran protagonista, con pasillos multicolor que van del rojo intenso al verde y habitaciones en acero y cristal.