Lanzarote [Canarias]: Moldeada por el fuego

La isla canaria de Lanzarote cuenta con espectaculares arenales, como Las Conchas.

Un hombre echa un cubo de agua en una oquedad abierta en la tierra y sale despedida una nube de vapor. Un poco más allá, sobre una parrilla se asan pescados y pinchos gracias al calor existente bajo la superficie. A solo 15 metros de profundidad, la temperatura supera los 600 grados centígrados. Estas dos imágenes reúnen los dos emblemas de Lanzarote: el vulcanismo y César Manrique. No son independientes. Ambos se entrelazan gracias al amor del artista por su tierra y sus paisajes. Una pasión que convirtió a este célebre arquitecto, pintor y escultor en un acérrimo defensor del respeto por el medio ambiente. Para ello elaboró un nuevo ideario estético al que denominó “Arte-naturaleza/Naturaleza-arte”, que se tradujo en las numerosas obras paisajísticas que le han hecho famoso. Y aquí llega su relación con la imagen de la barbacoa volcánica. El restaurante El Diablo, donde se encuentra la llamada Vulkan-grill, lleva la firma del artista. Es un edificio circular de una sola planta en cuya fachada principal se abre una amplia cristalera con asombrosas vistas a los campos de lava. Los visitantes comprueban aquí mejor que en ningún otro sitio que Lanzarote es tierra de fuego. Están en el Islote del Hilario, una de las puertas de entrada al Parque Nacional de Timanfaya, la joya de esta bella isla canaria bien comunicada con la península y sus hermanas insulares tanto por aire como por mar.

Belleza inhóspita y remota

El viajero llega al Parque Nacional e intenta expresar lo que ve. Difícil cuestión. Ya lo dijo el propio José Saramago en sus Cuadernos de Lanzarote: “Timanfaya es el único lugar del mundo, entre los que conozco, donde cobra pleno sentido el cansado dicho de que una imagen vale más que mil palabras”. La belleza de las 5.107 hectáreas de cráteres, conos, hornitos y mares de lava es impactante por inhóspita y remota. Los colores, variables. Rojos, pardos, negros… Para llenarse los ojos de este espectáculo de la naturaleza, hay que recorrer la Ruta de los Volcanes. No hay opción para los senderistas. La visita se ha de hacer obligatoriamente en autobús, partiendo desde el Islote del Hilario. En sus 14 kilómetros de recorrido aparecen los principales edificios volcánicos de Timanfaya, como la Montaña Rajada, la caldera del Corazoncillo y el Volcán Nuevo del Fuego. Si sabe a poco, existen dos senderos al sur y el oeste del parque: la Ruta de Termesana (salidas en grupos guiados) y la Ruta del Litoral (por libre o en grupo guiado).

Vinos surgidos de la piedra pómez

Pero las lecciones de vulcanología no terminan en Timanfaya. Un poco más al sur, cerca de Yaiza, se encuentra el espectacular paisaje costero de Los Hervideros y el Lago de los Clicos, una laguna de un verde intenso que contrasta con las negras arenas que la rodean. Tras comer pescado en los restaurantes especializados del vecino pueblecito de El Golfo, el interior de la isla enseña cómo los lanzaroteños  tuvieron que adaptarse al entorno volcánico de la isla para poder sobrevivir. En la negruzca tierra de piedra pómez que se abre al norte de Yaiza, miles de hoyos excavados protegen las cepas de las que salen los mejores caldos del archipiélago canario. Este método de explotación, la geria, es único en el mundo y con el tiempo acabó dando su nombre a la comarca. Además de admirar este particular paisaje, se pueden visitar bodegas como la Stratvs, con recorridos diarios previa reserva.

No lejos de la capital, Arrecife, con su Castillo de San José dominando la bahía de Naos, se encuentran los pueblos de San Bartolomé y Teguise. El paseo por sus calles es obligado, sobre todo en el segundo, el más hermoso y de mayor valor histórico de la isla.

La huella de César Manrique

De camino a este municipio hay que visitar la Fundación César Manrique, en Taro de Tahiche. La que fuera su residencia acoge hoy una colección representativa del trabajo del artista, además de una muestra de arte contemporáneo. Su huella sigue ruta hacia el norte, en los famosos Jameos del Agua, en el Jardín de Cactus y en el Mirador del Río. En lo alto del llamado risco de Famara se encuentra esta antigua posición de artillería, reconstruida por César Manrique.

La panorámica desde el mirador más visitado de la isla es espectacular. Desde él se admiran las Salinas del Río y el Parque Natural del Archipiélago Chinijo, formado por las islas de Graciosa y Alegranza y por los islotes de Montaña Clara, Roque del Oeste y Roque del Este. Otra perspectiva de este conjunto insular se tiene desde la Playa de Famara, enmarcada por el macizo homónimo y con casi tres kilómetros de longitud. Es uno de los principales destinos españoles para los aficionados al surf y el kite surf. Otros arenales para apuntar son Caletón Blanco, en las cercanías de Orzola, el pueblo desde el que parten los ferrys en dirección a la isla de La Graciosa; la playa del Papagayo, situada en la Reserva Natural de Los Ajaches, y la de Mujeres, también en Yaiza. Tanto aquí, en el sur, como en el este de la isla, hay playas de ambiente familiar en torno a los centros turísticos de Playa Blanca y Puerto del Carmen.

Hoteles: Perdidos de lujo

El viajero que llega a Lanzarote encuentra tanto estancias de categoría superior como refugios perdidos por el interior de la isla. Para el primer tipo de estancia nada mejor que el Gran Meliá Salinas (www.solmelia.com), el único cinco estrellas Gran Lujo de la isla. Se localiza en la llamada Costa Teguise, a orillas de la bonita playa de las Cucharas. Con enormes camas y decoración clásica, el hotel cuenta con un total de 277 habitaciones, incluyendo 46 suites y nueve villas estándar perfectas para parejas –no aceptan niños–. La cadena tiene también otro establecimiento de cuatro estrellas, Sol Lanzarote, en la playa de Matagorda de Puerto del Carmen. Otro de los clásicos en la categoría cinco estrellas es el Princesa Yaiza Blanca (www.princesayaiza.com), en Playa Blanca. Con un estilo inspirado en la arquitectura tradicional isleña, el hotel ofrece un total de 385 habitaciones, la mayoría suites –con una superficie mínima de 77 metros cuadrados–. Tiene acceso directo al arenal de Playa Dorada y vistas a las vecinas Isla Lobos y Fuerteventura, además de seis piscinas, un centro de talasoterapia con 50 cabinas de tratamientos y una completa oferta de restaurantes, entre los que destaca Isla de Lobos, pionero en Lanzarote en la implantación de la filosofía slow food. También localizado al sur y de la misma categoría que el anterior –cinco estrellas Lujo– es el Hesperia Lanzarote (www.hesperia.es), de líneas más contemporáneas. Cambiando de tercio y horizontes, en el interior de la isla existen propuestas encantadoras. Como el Caserío de Mozaga (www.caseriodemozaga.com), una casa de campo de finales del siglo XVIII, incluida en el Catálogo de Patrimonio Histórico de San Bartolomé. Sus seis habitaciones y dos suites tienen una encantadora decoración que retrotrae en el tiempo. La Finca de las Salinas (www.fincasalinas.com), una antigua mansión reconvertida en un hotelito de 19 habitaciones, tiene entre sus puntos fuertes la proximidad al Parque Nacional de Timanfaya, su spa y la cocina gourmet de su restaurante Mariateresa.