Islas Vírgenes Británicas [Reino Unido]: Las bahías de la discreción

Los piratas Francis Drake y “Barbanegra” usaban estas islas como refugio. En la foto, Necker Island.

Como unas vertiginosas jorobas cubiertas de vegetación en formación elíptica, las British Virgin Islands –más conocidas por el acrónimo BVI, en inglés– parecen dar la espalda al mundo. Viven sobre la sombra de sí mismas, en la que alojan, con celo casi enfermizo, algunas de las bahías más tranquilas del Caribe. Estas razones por las que se convirtieron en favoritas de piratas y bucaneros como Francis Drake o Edward Teach Barbanegra en el siglo XVIII las hacen triunfar hoy como uno de los rincones estrella entre los aficionados al buceo y la navegación de gran calado.

Casi desde cualquier punto, las BVI se divisan entre ellas con tal cercanía que casi parece que se puede nadar de una a otra de un chapuzón. Su circuito de 60 cayos, islas e islotes, con cientos de puntos de amarre, se cotiza como una de las mecas del turismo náutico. En especial subyuga a propietarios de yates y veleros que prefieren agasajar a sus invitados realizando mínimas travesías de encanto panorámico y aguas calmas. Bastantes islas son propiedad privada, aunque la estancia está garantizada en núcleos habitados principales: las islas de Tórtola, Virgen Gorda, Anegada y Jost Van Dyke.

En sus 22 kilómetros cuadrados, la montañosa Tórtola, con casi 24.000 habitantes, reúne el 80 por ciento de la población total de las BVI, así como centraliza comunicaciones y servicios. Ubicada en medio del archipiélago, se enarbola como el punto donde organizarse para planificar un circuito o alquilar alguna embarcación para recorrer el resto de las islas. De su docena de bahías donde zambullirse en aguas cristalinas con fondos coralinos y temperatura perfecta tienen merecida fama Nanny Cay y Road Town Harbor. El lugar clave donde toparse con el ambiente marinero propio de las islas es Soper’s Hole, donde se congregan los barcos de mayor eslora y equipamiento. El muelle semeja un desfile listo para una regata.

Una jornada típica incluye realizar alguna actividad como un eco-tour –paseo en kayak o esnórquel como el de Tortola Kayak (www.tortolakayaktours.com)– y luego tomar un batido de frutas en las terrazas de la capital, plagada de casas con techos de madera y árboles frutales, de cierto ambiente colonial. También es posible alquilar un velero para un par de días (como el White Squall II, http://whitesquall2.com) y reservar para cenar en un restaurante –con jazz en vivo– muy popular: The Dove, en la Main Street de Road Town, ubicado en un antiguo almacén de 1912.

Inmersión a sotavento

Al noroeste, Jost Van Dyke, con apenas 225 habitantes, contrasta con su vecina como un remanso. Se imponen las inmersiones a sotavento –en la zona de arrecifes de Green Cay– y la observación de las colonias de pelícanos cerca de Diamond Bay, uno de sus santuarios de aves más visitados. Hay que hacer la parada de rigor en el reconocido Soggy Dollar Bar (www.soggydollar.com) para probar su cóctel Painkiller –matapenas–, un must desde los años 70 con ingredientes secretos, ron de caña y leche de coco.

La segunda isla en tamaño, Virgin Gorda, también lo es en población –3.500 residentes–, la mayoría empleados en los distinguidos resorts y villas que la convierten en la estancia première para estancias vacacionales. Uno de sus enclaves panorámicos, The Baths, situado al suroeste y accesible en un paseo en bicicleta o a pie, está catalogado como uno de los monumentos clave. Las gigantescas formaciones de granito medio sumergidas esconden grutas, túneles y arcos; un increíble espacio para bucear y explorar, rodeado de playas de arena blanca y cocoteros: un escenario de película. El restaurante y lounge donde almorzar, comprar en boutiques y gozar de las vistas es Top of the Baths (http://topofthebaths.com/).

Un pecio de película

En torno al Canal de Sir Francis Drake se reúnen otras opciones que imponen saltar de una isla a otra de modo indiscriminado. Norman Island –más conocida como Treasure Island, La Isla del Tesoro– cuenta con un rincón estrella, Treasure Point, que conduce a cuatro cuevas submarinas famosas entre los aficionados; desde allí suelen ir a comer al premiado restaurante Pusser’s (www.pussers.com) de Marina Cay Beach, en un hotel con increíbles puntos de amarre. Esta es sólo una de las veinte localizaciones para inmersión que los amantes del buceo experimentados apreciarán en todo su valor. Las British Virgin Islands figuran en el top de los destinos del género; su pecio Wreck of the Rhone –una nave hundida frente a Salt Island en 1867– se hizo mundialmente famoso tras su aparición en la película The Deep (1977), dirigida por Peter Yates. La zona se puede recorrer a bordo del bar flotante Willie T’s (www.bareboatsbvi.com).

El recorrido por BVI no está completo sin una parada en la distante Anegada. Con sus once kilómetros de playas vírgenes, un pequeño hotel y su colonia de langostas, ocupa un lugar muy especial entre los que buscan la inmersión total. Si se dispone de tiempo y presupuesto, quedan a voluntad descubrir espacios privados como Peter Island –ocupada por un mega-exclusivo resort– para tomarse algo en su bar submarino –el viejo Baltic Schooner– o disfrutar de sus más de treinta puntos de buceo.

Hoteles: Iconos del bienestar caribeño

La planta hotelera por la que son conocidas las BVI no tiene pérdida: grandes resorts de lujo con dramáticas vistas de sus recogidas bahías, un servicio entrenado para molestar lo menos posible –expertos en escapadas románticas- y muchas opciones para bucear, navegar o simplemente relajarse en sus cuidados jardines. Sobre esa base, en las principales islas destacan iconos del bienestar cuya fama causa estragos entre los caribeadictos. Acaso el más conocido sea el Biras Creek Resort (www.biras.com. Desde 504 €), en Virgin Gorda, un retiro de 31 villas con estilo propio, escondido entre bahías al norte de la isla: Berchers Bay -apropiada para dar paseos, leer y tomar el sol– y Deep Bay, mejor para estancias activas. Ofrece cursos de buceo semanales y bicicletas para desplazarse por la propiedad. Su Arawak Pavillion está pensado para disfrutar del atardecer. Otro clásico de la Isla es el Rosewood Little Dix Bay (www.rosewoodhotels.com. Desde 452 €), que fue propiedad de los Rockefeller; sus 100 villas están destinadas a un público igualmente exigente. Le acompaña en nivel el Bitter End Yacht Club (www.beyc.com. Desde 414 €), punto de encuentro de los fanáticos de la navegación.

El segundo en fama pone el punto de mira en el sur de Tórtola. El Peter Island Resort & Spa (www.peterisland.com. Desde 664 €) suele recibir a muchos clientes en su helipuerto. Con 55 villas, cinco playas, restaurantes y canchas de tenis, se localiza justo enfrente de la isla donde el pirata Barbanegra solía abandonar a sus hombres. Cuenta con uno de los mayores Spas del Caribe y actividades como cursos de horticultura; el personal prepara bolsas de picnic para pasar el día en la desierta White Bay Beach.

El tercer icono se localiza en la isla privada Necker Island (www.neckerisland.virgin.com. Una semana, desde 20.399 €), que ya se ha recuperado del incendio que sufrió el año pasado. Sus contados huéspedes se convierten en invitados de su excéntrico propietario: el millonario británico Richard Branson. Los huéspedes pueden darse un paseo en la futurista nave subacuática llamada Necker Nymph.