La Digue [Seychelles]: La belleza absoluta

Las singulares rocas que afloran en la selva y las playas de la isla tienen 650 millones de años.

Islas tropicales rodeadas de aguas de color turquesa, con playas de arenas blancas y palmeras, hay muchas en el mundo y siempre es difícil elegir la más hermosa. También, a veces, es difícil distinguir una de otra, porque los atributos son casi los mismos. Sin embargo, nadie confunde a las Seychelles con otras islas. Cumplen con la descripción anterior tan bien como cualquier otra, pero se añade ese elemento mineral único, esas formaciones de rocas de granito tan características del archipiélago. Y este paisaje especial alcanza su máxima belleza en La Digue.

La Digue forma la imagen emblemática de este conjunto de 115 islas desperdigadas por el Índico, a 4º de latitud sur y que, curiosamente, deben su nombre a un alto funcionario del tesoro de Luis XV que nunca tuvo ocasión de navegar por estas aguas. El camino a La Digue pasa por Mahé, donde se encuentran el aeropuerto internacional y Victoria, la capital. Ésta debe ser una de las más pequeñas del mundo y buena parte de los edificios son todavía más bajos que las palmeras y los árboles circundantes. La mayor curiosidad de la ciudad es una reproducción en miniatura del Big Ben, el famoso reloj londinense.

En Victoria, los pasos conducen siempre al mercado, un estupendo muestrario de los productos de las islas. Allí se exhiben los pescados y frutas de colores intensos, y el aire se inunda de una mezcla perfecta de aromas de especias: nuez moscada, clavo, cardamomo, vainilla, mostaza, pimienta, canela y tantos otros. Algunos comerciantes venden cocos de mar, la semilla más grande del mundo, que alcanza precios altísimos y sólo se puede exportar con un certificado oficial. En Mahé hay muchas playas excelentes. Igual que en Praslin, donde, además, hay otra joya de la naturaleza, de valor incalculable: el valle de Mai. Esta reserva natural es un valle primigenio que cobija en su interior uno de los porcentajes más altos de especies endémicas del mundo. Es, también, el santuario del cocotero de mar, la especie más extraordinaria de las Seychelles. Internarse por los caminos que recorren este bosque es adentrarse en un tiempo anterior al hombre, donde la naturaleza bulle inalterada. Las palmeras sobrepasan los 30 metros de altura, se pasa debajo de hojas de seis o siete metros de largo y los rayos de sol se cuelan entre las ramas. Oculto en este jardín sobrevive el loro negro, que encuentra aquí su único refugio en el mundo. El general Gordon, que acabó luchando en Sudán, escribió diciendo que éste era el verdadero Jardín del Edén.

Una travesía feliz

Desde el muelle de Praslin salen los barcos hacia La Digue, la isla que ha dado la imagen que se conoce de las Seychelles. La travesía es corta y feliz, de apenas media hora. En cubierta se siente en la cara el aire húmedo y cálido. A medida que se llega a La Digue se aprecia el verdor casi insultante que lo cubre todo, todo menos esos peñascos redondeados que dan a las islas esa apariencia densa y profunda, que parece sacada de otras eras, como un inmenso fósil que flotara en las aguas. Los libros luego dan el dato exacto a lo que primero era una intuición. Esas rocas que afloran en la selva y en las playas tienen 650 millones de años, y pueden ser unas de las más antiguas que quepa contemplar sobre la superficie del planeta.

En algún momento se entenderá a aquel marinero que creyó haber encontrado el Paraíso cuando su barco llegó a estas playas. Después de una larga travesía por mares desconocidos, la visión de las islas surgiendo del horizonte le debieron de parecer un hallazgo sólo comparable con el del Edén. Incluso hoy el viajero más escéptico y menos dado a comentarios tan superlativos deberá reconocer que ha encontrado un lugar de belleza excepcional. La llegada a esta isla le parecerá el encuentro con todo lo que andaba buscando. No será el Jardín del Edén del que hablaba Gordon, pero La Digue —como ejemplo máximo de las Seychelles– sí es un verdadero jardín en el mar.

Jardín de rocas

La Digue es una isla pequeña, de solo cinco kilómetros de longitud y apenas tres de anchura, y representa para muchos la belleza absoluta. Muchos visitantes llegan desde Mahé o Praslin solo para pasar el día, por lo que La Digue adquiere su verdadera dimensión cuando se ha marchado el último barco de turistas y entonces recobra la calma absoluta. En este pequeño refugio la vida sigue un paso lento, el mismo que el de las bicicletas o los bueyes que tiran de las carretas que son el medio de transporte más habitual en la isla. Se recorre la isla por caminos flanqueados de hibiscos, flamboyanes y takamakas. En medio de los palmerales o al borde del mar surgen unas inmensas formaciones de granito, redondeadas y moldeadas durante milenios por el viento y el mar. Por varios lugares merodean las tranquilas tortugas gigantes, y es fácil comparar las rocas redondeadas y lisas con los caparazones de estos grandes reptiles de apariencia prehistórica. Las playas de Cocos, Patates, Caïman, Fourmis, Grand Anse…, iluminan el litoral, pero todos quieren conocer Source d’Argent. Aquí, el caos negro y mineral se sobrepone al polvo fino y resplandeciente de la arena. Un perfecto jardín de rocas frente al mar.

Hoteles: Villas en armonía

Si La Digue es un verdadero jardín de rocas frente al mar, es razonable encontrarse con que Le Domaine de l’Orangerie (www.orangeraie.sc) es una versión de arquitectura local en madera en la que se nota la armonía del estilo zen. El océano está presente desde cualquier rincón del Domaine, pero está enmarcado siempre por la exuberancia de la vegetación tropical. Allí están disimuladas 45 villas, ocultas en el verdor pero a pocos pasos de la playa de Anse Severe. Hay cuatro categorías diferentes: 10 Garden Villas, 31 Villas de Charme, 3 Villas de Charme Élégance y 1 Villa Présidentielle. Esta última dispone de un espacio de casi 500 metros cuadrados (con capacidad para seis personas) y ofrece una de las mejores vistas de La Digue y de las islas cercanas. El Spa está situado sobre una altura, rodeado de grandes rocas, y desde allí se divisa un impresionante panorama.

En Anse Patates, en el extremo septentrional de La Digue, surge el Hotel L’Océan (www.hotelocean.info), desde donde la vista se extiende hacia las cercanas islas de Félicité, Grand Soeur, Petite Soeur and Marianne. Es un hotel pequeño, perfecto para disfrutar de la tranquilidad de esta pequeña isla. El restaurante, especializado en cocina criolla, está abierto a todas las brisas del océano, desde donde a veces se pueden ver delfines y tortugas.

Otra opción es La Digue Lodge (www.ladigue.sc), situado en Anse la Réunion, muy cerca de la población de la isla. Ha sabido conciliar la autenticidad local con el estándar internacional, por lo que hace falta reservar con una cierta antelación. Se puede elegir entre diferentes niveles de confort en chalés individuales, la Casa de la Playa, la Casa Amarilla y la Petit Village. De camino a la playa Source d’Argent se encuentra L’Union Beach Chalets (www.ladigue.sc), enclavado en una antigua plantación de copra, por la que pasean tortugas gigantes. Los chalés tienen dos dormitorios y cocina totalmente equipada.