Zanzíbar [Tanzania]: La isla de las especias

Zanzíbar fue el principal punto de partida de los grandes exploradores europeos del siglo XIX.

Al caer la tarde, el calor empieza a aflojar y se levanta un pequeño mercado en la Ciudad de Piedra de Zanzíbar, justo al borde del mar. Es la hora del paseo y las jovencitas, cubiertas completamente con un bui bui negro, que se juntan en apretados corrillos y se cuentan sus cosas; las madres se desviven por cuidar a sus pequeños, que disfrutan especialmente subiéndose a los árboles del parque, y los ancianos, vestidos con un kanzu de blanco impoluto y tocados con una cofia bordada, igualmente blanca, conversan y mascan buyo plácidamente. Los chavales se tiran una y otra vez al agua, como si quisieran alcanzar de un salto el sol que se acerca al horizonte. Igual que en todos los lugares cálidos del mundo, en Zanzíbar se sale a tomar el fresco, y la ciudad recobra la vida perdida en las horas de más calor.

Ha llegado el momento de acercarse a los tenderetes de comida del mercadillo. Aquí sirven brochetas con pedazos de carne y cebolla, allí tazones de sopa, y más allá dos jóvenes mueven la rueda de la prensa con la que sacan el jugo de la caña de azúcar.

Las escenas del día a día parecen coexistir con la historia fascinante de la isla. Zanzíbar es un nombre que siempre ha evocado todos los fastos del Africa misteriosa, con todas sus miserias y atrocidades. Es la isla de las especias, la de los campos perfumados con clavo y canela, y de la corte de los sultanes omaníes que hicieron de ella un lugar de leyenda y esplendor propio de Las mil y una noches. Pero la riqueza de los sultanes venía de una fuente muy concreta: primero fue el control de la producción de clavo y otras especias, pero después, durante un siglo, esta isla se transformó en el principal mercado de esclavos del mundo oriental, y también en el proveedor de madera de ébano de América y Arabia.

La Ciudad de Piedra

Zanzíbar ha sido, además, el principal punto de partida de los exploradores europeos que, en el siglo XIX, se adentraban en el corazón de las tinieblas. Livingstone, Burton, Speke, Grant y tantos otros iniciaron sus expediciones en esta isla, lo que sirvió para añadir más resonancias románticas a estas tres sílabas que, por sí solas, despiertan la imaginación de los viajeros.

La Ciudad de Piedra, como se conoce al barrio antiguo, constituye uno de los conjuntos urbanísticos más completos e interesantes de Africa, y en el año 2000 la Unesco lo inscribió en la lista del Patrimonio Mundial de la Humanidad. La riqueza del conjunto es excepcional, con más de 2.500 edificios de una incalculable importancia histórica o artística. Un recuerdo vivo del pasado esplendor.

La Ciudad de Piedra ocupa un triángulo que se adentra en el mar. Llegando en barco desde Dar es Salaam se contemplan los palacios y las fortalezas que dominan el puerto. En primera línea, sobresaliendo de esta peculiar línea del cielo plagada de alminares de mezquita y las torres de la iglesia, que parece transportada directamente del norte de Alemania, se destaca la blancura de Beit el Ajaib, la Casa de las Maravillas, que parece un poco desproporcionada en comparación con los demás edificios cercanos, incluso el fuerte árabe. Pero ya que era el palacio de recepciones del sultán, no podía ser de otra forma. La casa de Livingstone es el lugar desde el que iniciaron sus expediciones al interior de África muchos de los exploradores ingleses del siglo XIX.

Antiguas culturas

El pasado se convierte también en presente fuera de la ciudad. Los restos de las antiguas culturas que han pasado por Zanzíbar se aprecian a cada paso en cuanto se sale a la carretera. Como el palacio de Maruhubi, levantado por un sultán para cobijar a su harén. O los baños persas de Kidichi, que se encuentran en el punto más elevado de toda la isla. Otros recuerdos diferentes aparecen en la Cueva de los Esclavos de Mangapwani, que se utilizó como escondrijo después de la abolición teórica de la esclavitud. Cerca de la cueva se abre al mar una playa blanca y luminosa bajo el sol ecuatorial.

Baobabs gigantes

En el interior de la isla alternan los campos donde crece el cacao, la pimienta y el clavo, con los baobabs gigantes. Una visita a una plantación de especias es la puerta al pasado de la isla, a los productos que pusieron a la isla en el mapa. Los caminos serpentean bajo las ramas frondosas de los árboles, y a la sombra los hombres tejen cuerdas con fibras de coco. La costa es una sucesión de playas, y aunque muchas de ellas están ahora ocupadas por hoteles y están dedicadas al turismo internacional, todavía es posible encontrar pequeños reductos de la vida tradicional de los pescadores.

Allí, bajo las palmeras, al borde mismo de la playa, se levantan los poblados, y el pescado se extiende sobre las esteras de hoja de palma y se deja secar al sol vertical del mediodía. Una madre cubre con alheña la cara de su hija recién nacida para protegerla del mal de ojo y los niños salen a buscar caracoles durante la marea baja después de recitar de memoria las suras del Corán ante su maestro. Las piraguas se encallan en la arena y los hombres dedican la última hora de la tarde a quemar las algas que han quedado pegadas al fondo. Cae la noche tropical y la vida prosigue con su ritmo inmutable.

Hoteles: Palacios suajilis

Ubicado en un emplazamiento excepcional, en la orilla del mar, en la Ciudad de Piedra, el Zanzíbar Serena Inn (www.serenahotels.com) parece uno más de los palacios de la parte antigua de Zanzíbar. Sin embargo, el bullicio de la ciudad, de sus calles y mercados, queda atrás nada más traspasar sus puertas y entrar en un ambiente de paredes blancas, ventiladores en el techo, muebles de madera tallada, camas con dosel y mosquitera. El estilo suajili predomina en todos los detalles: maderas talladas, celosías a las que se añaden candelabros de cristal, alfombras persas y relojes antiguos, lo que genera un estilo de fusión y opulencia, que refleja la esencia de Zanzíbar. Además de spa, piscina y todas las comodidades imaginables, los huéspedes del Serena Inn tienen acceso a una playa privada a unos pocos kilómetros de distancia.

En un emplazamiento completamente distinto, en una playa aislada y privada, surge el hotel Meliá Zanzíbar (www.melia-hotels.com). Es un conjunto de habitaciones con terraza o jardín, suites y villas distribuidas en una extensa finca junto al océano. Más allá de sus restaurantes y actividades playeras, el hotel propone a sus huéspedes una excursión inolvidable en la que se puede interactuar con delfines salvajes en su medio natural en un enclave perdido de la costa nortes de la isla. Otro de los imprescindibles es The Residence (www.trheresidence.com), un resort de lujo en la playa que abrió sus puertas en abril de 2011 en la costa suroeste. Consta de 66 villas con piscina privada y atendidas por mayordomo personal. Para disfrutar de la vida.

En un islote a solo cuatro kilómetros de distancia de Zanzíbar, isla principal de este archipiélago, se encuentra el Mnemba Island Lodge (www.mnemba-island.com). El lodge está formado por solo 10 bandas, villas que reproducen la arquitectura tradicional de Zanzíbar. Mnemba es una isla privada, intacta, a la que acuden las tortugas a depositar sus huevos. El conjunto está rodeado por una barrera de coral que crea uno de los mejores lugares del mundo para bucear.