Boracay [Filipinas]: Cena a la luz de la Luna

Doce playas perfectas y una tupida vegetación tropical configuran la pequeña isla de Boracay.

Hasta hace poco, los habitantes de Boracay tenían la costumbre de cenar a la luz de las velas. Y no precisamente por motivos románticos sino porque, todavía en la década de los 80, el suministro eléctrico de la isla iba y venía sin avisar. Tres décadas después, con el problema de los vatios y los voltios ya completamente resuelto, los candelabros, o mejor la Luna llena, siguen siendo la única iluminación de muchas de las veladas de la isla. La diferencia está en que ahora éstas tienen lugar en los restaurantes de sus elegantes resorts y sus coquetos hoteles boutique, y los que las disfrutan son las parejas de recién casados en su luna de miel.

El maná del turismo

Entre candela y candela, entre cena y cena y entre luna y luna de miel, esta islita de las Visayas filipinas, a una hora de avión desde Manila, vio cómo la vida le cambió de forma radical en los años 70 con la llegada del turismo. Hasta entonces, sus pobladores, los atis, habían vivido de la pesca y de la plantación de coco, cuya carne seca usaban como moneda de cambio por otros objetos en los territorios cercanos. Pero, como sucede con casi todos los tesoros, la isla fue descubierta, y entonces su economía dio un giro de timón y comenzó a hacerse famosa. La culpa de ello, en gran parte, fue del escritor alemán Jens Peters, que en 1978 publicó una de las primeras guías turísticas de Filipinas (que luego se traduciría a varios idiomas) e incluyó el nombre de Boracay.

Bosques tropicales

Poco más de 10 kilómetros cuadrados de superficie y forma de Y son los dos aspectos que definen en un primer golpe de vista a Boracay. Su población, 20.000 personas, vive en tres pequeñas comunidades: Yapak, al norte, Balabag, en el centro, y Manoc-manoc, al sur. Su envoltorio son doce playas de arenas níveas, y su interior, una maraña de caminos que conducen a bosques y selvas tropicales.

La White Beach, en el oeste, es su playa más famosa; tanto, que puede que sea también la más conocida de todo el país. De aguas poco profundas y protegida del viento, la White Beach es perfecta para tomar el sol y bañarse en pareja o en familia. Sus cuatro kilómetros de longitud se dividen en sectores y concentran casi toda la infraestructura turística de la isla. Aquí sucede todo: están la mayoría de los hoteles y los restaurantes de pescado fresco, donde cenar tras un largo día de hamaca y bronceador. También los bares donde tomar una copa después, y hasta un pequeño centro comercial para comprar piezas de artesanía local o ropa de conocidas marcas internacionales.

La playa de Bulabog Beach, en la costa este, no es tan concurrida como la White Beach, ni tan ideal para darse un chapuzón. Sí lo es, sin embargo, para desplegar la vela o lanzar la cometa y bailar sobre las olas. El momento ideal para hacerlo son los primeros meses del año, cuando los vientos del noreste soplan fuertes y poderosos y, en especial, coincidiendo con la Boracay International Funboard Cup, el acontecimiento más divertido de la temporada. Durante una semana la rutina es la misma: por el día, la playa se llena de deportistas de aquí y de allá que compiten en distintas pruebas acuáticas; por la noche, toda la isla se viste de fiesta, se sacan puestos de comida local y de cócteles en la playa, se organizan paseos en barco y todos los bares abren hasta el amanecer.

Bailes guerreros y máscaras

En las mismas fechas se celebra también el Ati-Atihan, un festival dedicado al niño Jesús donde se mezclan los ritos paganos de los atis con la religión cristiana traída por los misioneros españoles en la época colonial. Además de emotivas misas y procesiones por las calles, es también un desfile de coloridas tradiciones indígenas, de bailes guerreros, de música y máscaras.

El resto del año la vida cultural de la isla es más tranquila, pero no por ello inexistente. Al norte de la White Beach, la familia Tirol, una de los clanes más emblemáticos de Boracay, abrió un pequeño museo privado que conserva antigüedades chinas y malayas y objetos de la vida popula,; mientras que una visita al museo Kat tir puede significar el primer acercamiento a las tradiciones y costumbres filipinas.

En bici o a caballo

A pesar de que la oferta de actividades lúdicas es tan numerosa como apetecible –desde practicar cualquier deporte náutico o alquilar un paraw, el típico barquito (con o sin tripulación por unos 10 dólares/hora), a dar unas bolas en el campo de golf Fairways & Bluewaterm (18 hoyos y par 72, diseñado por el australiano Graham Vivian Marsh)–, sería imperdonable no dedicar un tiempo a conocer la isla a fondo. Basta con seguir cualquiera de los caminitos que surgen de la carretera principal para encontrar una vegetación salvaje de selvas tropicales, zonas de manglares y ciénagas, e incluso formaciones volcánicas como la Willy Rock, coronada por una estatua de la Virgen María. El caballo o la bici son dos formas geniales para ello, aunque, si se quiere hacer cumbre en el pico más alto de la isla, el monte Luho (100 metros), para contemplar toda la isla, es mejor ir a pie. Acompañado de un guía, la caminata nocturna que va por la playa hasta la cueva de los murciélagos de Yapak es el mejor espectáculo para despedirse del día. A la luz de las velas, o mejor, de la Luna llena.

Hoteles: Piña, aloe y algas marinas

De todos los resorts y hoteles de Boracay, hay uno que destaca por encima de todos los demás. Es el Shangri La (www.shangri-la.com). Lo hace tanto por su situación, en un suave promontorio junto al mar que está declarado área protegida (tiene dos playas semiprivadas), como por su categoría (y no solo por sus instalaciones sino también por su servicio, que es lo más valorado por sus visitantes). Alojarse en él es una auténtica experiencia, sobre todo si uno puede pagar una de las villas de más de 200 metros con piscina privada, cocina y varias habitaciones, y organizar una fiesta privada bajo su pérgola.

La oferta gastronómica está también en consonancia tanto si come el pescado fresco en el restaurante Vintana como si se cena una deliciosa pasta al dente en el italiano Rima, más romántico y con espléndidas vistas al bahía.

En su Spa se pueden probar tratamientos corporales y faciales con flores y hierbas medicinales autóctonas y masajes hechos con técnicas asiáticas, en especial filipinas y chinas, como el Balance, que busca poner a tono y equilibrar el ying y el yang del cliente. Para los que su prioridad sea volver renovados, están diseñados los programas de wellness que duran varios días, y combinan, mediante terapias y alimentación, descanso y vigorización. El súmmun de este lujoso establecimiento es la villa Spa privada, que puede alquilarse por horas.

Miembro de Small Luxury Hotels of the World, el hotel Discovery Shores (www.discovery-shores-boracay.com) busca la diferenciación a través de la intimidad: solo tiene 88 habitaciones, y todas son suites. Blanco y resplandeciente, su decoración es contemporánea con algunos toques asiáticos y muy, muy cálida.

El punto ecológico lo pone en la isla el Mandala Spa and Villas (mandalaspa.com), comprometido con el medio ambiente y que apuesta por los productos naturales. Además de su Spa, uno de los mejores de Asia, con un gran historial de premios, tiene varias villas, casi camufladas entre jardines frondosos de flores tropicales, a pocos minutos de la White Beach. Son agradables y cómodas y, por supuesto, con todos los complementos eco friendly (por ejemplo, incluye un bufé libre de mangos, que uno mismo coge de los árboles). Lo mejor de su Spa son sus tratamientos de envolturas en papaya y piña, algas marinas o aloe.