Djerba [Túnez]: Aquí siempre es primavera

Djerba es famosa por el “Ulises”, por sus mezquitas, su cerámica blanca y roja, y por sus playas.

Prohibido tirar nada. Es el dicho que las mujeres repiten casi a diario desde primera hora de la mañana, mientras secan sémola al sol y azotan con varas los olivos. “Si sabes cómo emplearlo, todo puede servir de provecho”. Los huesos de aceituna para hacer fuego, un ramo desnudo de palmera para barrer. Las tradiciones mandan en el gran sur amarillo, donde la arena del desierto parece seda y las dunas se convierten en montañas inexpugnables hoy, porque mañana el viento las habrá cambiado de forma y sitio. Situada en el golfo de Gabés y unida al continente africano por el puente de Alkantara, la isla de Djerba constituye el mejor punto de partida en cualquier ruta que tenga como objetivo conocer en profundidad la parte más meridional de Túnez. Es la isla de las cien mezquitas. Pero también la isla de la que Ulises tuvo que sacar a la fuerza a sus compañeros de Odisea, que sufrieron una feliz amnesia tras probar las flores de loto, dulces como la miel, que sus habitantes les ofrecieron como regalo. Uvas, higos, albaricoques, granadas y, sobre todo, dátiles son en la actualidad las frutas más preciadas de la zona.

Pero Djerba no es solo famosa gracias a Homero, sino también por su cerámica, blanca o roja según se haya empleado en su elaboración agua de pozo o de mar. Es posible adquirirla en los talleres artesanos del pueblo alfarero de Guerala o en la capital, Houmt-Souk, cuya traducción literal sería “barrio del zoco”, que es exactamente lo que era cuando fue fundada en el siglo XV, un gran centro comercial con founduks en los que hacían parada los mercaderes. Hoy, como entonces, merece la pena darse una vuelta sin prisas por el mercado cubierto y las plazas que en torno a él se abren a través de pasadizos estrechos. Aquí se vende de todo: babuchas, mantas de lana, telas, alfombras, joyas bereberes de plata…

En los dominios del pirata “Barbarroja”

Puestos y mercados brindan un espectáculo de aromas y color que encuentra su contrapunto sobrio en la Mezquita Turca, con su almenar circular, o en la de El Ghorba, la de los extranjeros, de rito malekita, el más extendido en todo el país. Para profundizar más sobre la cultura tunecina resulta imprescindible visitar el Museo de Artes y Tradiciones Populares, ubicado en una antigua zagüía, y El Borj el Kebir, una fortaleza construida a finales del siglo XIV a las afueras de la ciudad, junto al mar. Ese mar vigilado en sus tiempos por el mismísimo corsario Barbarroja, quien construyó en el fuerte una torre con calaveras, que, aunque hoy ya no existe, cualquiera cree contemplar alzándose sobre las azules aguas del Mediterráneo.

Junto al mar también se ubica la lonja, en la que tiene lugar, justo después del amanecer, la tradicional subasta, en la que los pescadores tratan de vender al mejor postor sus más valiosas mercancías, incluido algún tiburón, pulpos capturados en ánforas o calamares, que se podrán degustar después al natural o acompañados por verduras y especias.

Desde el puerto de Houmt-Souk resulta muy fácil llegar hasta la península de Ras Rmel, repleta de flamencos en invierno, que surge al inicio de la playa de Sidi Mehrez, o mejor dicho, las playas, separadas entre sí por resorts y tramos de rocas. Disfrutar del sol es uno de los alicientes que persiguen quienes eligen la isla de Djerba como destino, que no suele bajar de los 20 grados de temperatura media entre los meses de abril y noviembre. Así la definía Flauvert: “ésta es la isa de las arenas de oro”. La costa occidental, mucho menos turística, ofrece también unos preciosos paisajes, con pequeñas calas y palmeras que se mecen al viento casi besando las aguas.

Antiguas historias

Aunque en Djerba no hay ni un solo pueblo o rincón sin mezquita, es posible encontrar entre sus límites una sinagoga, la de La Ghriba, junto a la localidad de Er Riadh, a siete kilómetros al sur de la capital. Es la más importante de África y, si bien el edificio actual, decorado con azulejos y cristales de colores, es del siglo XX, es lugar sagrado desde el siglo VI a. C., puesto que hasta aquí llegó un grupo de judíos que huían de la destrucción de Jerusalén a manos de Nabucodonosor.

Su nombre hace referencia a una extranjera, que se instaló en la isla procedente de mares lejanos y construyó un templo en este mismo emplazamiento. El templo se quemó con ella dentro, pero su cuerpo quedó intacto. Judíos y musulmanes, sobre todo mujeres, veneran hoy a la santa en este enclave realmente pintoresco, de obligada visita, como lo es también Midoun, el segundo gran núcleo de población en la isla. Entre sus tesoros, una mezquita blanca y radiante y un molino subterráneo.

Un verde horizonte

Los amantes de las civilizaciones antiguas disfrutarán imaginando cómo era la vida en el siglo III a. C. en la ciudad cartaginesa de Meninx, con ruinas de un gran valor arqueológico. Los más deportistas también pueden practicar  senderismo o apuntarse a alguna de las muchas rutas que se pueden hacer en bicicleta por las pistas y carreteras en torno a Mahboubine, no demasiado lejos del oasis de Sedghiane. Los caminos del interior, salpicados de casas blancas, siempre encierran alguna sorpresa. Quizás ésta llegue en forma de una invitación para tomar el té.

Hoteles: Las bondades del mar

Los algo más de 120 kilómetros de costa con los que cuenta Djerba han hecho de la isla uno de los lugares preferidos por todos aquellos que disfrutan con la práctica de deportes acuáticos como el windsurf o el kitesurf. Pero también de los que buscan ante todo calma: la que proporciona la misma agua del mar. Abundan los centros de talasoterapia, y prácticamente todos los grandes resorts tienen uno en sus instalaciones. Situado a diez minutos de la capital y a solo unos pasos del Djerba Golf Club, el Park Inn by Radisson Ulysse Resort & Thalasso (www.parkinn.com) es un destino vacacional en sí mismo. Sus habitaciones con jardín propio y vistas al Mediterráneo invitan al descanso más absoluto, que se consigue con creces en su completo spa, de ambiente tunecino, con columnas, patios y arcadas. Tiene sauna, hammam y un Venus Centre donde seguir los más sofisticados tratamientos de belleza.

Totalmente renovado en el año 2011, el Djerba Plaza Thalasso & Spa (www.djerbaplaza.com), ubicado en Midoun, sigue la misma filosofía de explotar al máximo el azul mediterráneo al que miran sus habitaciones. Las cabinas de su spa incluyen duchas de las que sale directamente agua del mar. Los huéspedes aquí pueden elegir entre hacer alguna ruta por los alrededores subidos a un camello o dejar pasar las horas en el café La Doukkana, fumando chicha y saboreando un vasito de té a la menta. Jazmines y buganvillas adornan con sus colores y aromas la entrada del Yadis Djerba Golf Thalasso & Spa (www.yadis.com), que ofrece a quien lo desee la posibilidad de pasar la noche en el Menzel El Khir, a unos cinco minutos del hotel, una especie de casa de invitados donde asistir a una genuina velada bereber. Perfecto para quienes buscan intimidad, que también encontrarán aquellos que opten por alojarse en el coqueto Flamingo Beach Hotel (www.flamingobeach-hotel.com), con solo 17 habitaciones y localizado en la playa de Sidi Mahrez. En su restaurante, L’Hippocampe, se pueden probar especialidades típicas, como el cuscús de pescado.