Nueva Caledonia [Francia]: Un cóctel casi perfecto

El capitán Cook puso el nombre a la isla en recuerdo del nombre de las tierras altas de Escocia.
Autor: Pete Atkinson

Cuando en 1774 el capitán Cook surcaba los Mares del Sur por segunda vez se topó con unas costas verdes y frondosas que le hicieron recordar la tierra natal de su padre, Escocia, que por aquel entonces era conocida como Caledonia. Desde ese momento, el archipiélago, a medio camino entre Australia y Nueva Zelanda, se llamaría Nueva Caledonia y estaría formado por tres provincias: La Grande Terre, el territorio mayor, la idílica isla de los Pinos y las pequeñas islas Loyauté.

Actualmente el 60 por ciento de la población de Nueva Caledonia se concentra en Neuméa, la capital de La Grande Terre y una de las ciudades más grandes del Pacífico Sur. Bañada por la bahía de la Moselle, la antigua Port de France es una curiosa y contradictoria ciudad donde vive una heterogénea mezcla de malayos, polinesios, indonesios y franceses. Una mezcolanza parecida se observa también en una arquitectura donde cabe todo tipo de edificios, da igual que sean rascacielos modernos que miran al mar, casitas coloniales en el barrio del Valle de los Colones o la misma catedral neogótica de San José, con sus dos torres grandotas y cuadradas. Por si no hubiera suficiente color, todavía queda mencionar el exotismo de sus mercados de frutas tropicales, el trasiego constante de la Avenida de los Cocoteros, con su concurrido kiosko de música, y unas playas, la Anse Vata y la Baie des Citrons, demasiado doradas y demasiado idílicas para ser urbanas.

Aire francés

Una variante más define la personalidad de Neuméa: aunque entre los años 2014 al 2018 se votará un referéndum en el que podría decidirse su independencia o su conservación en el seno de la República Francesa. Colonizada por Francia durante la primera mitad del siglo XIX, Nueva Caledonia fue convertida en posesión francesa en 1853. Sirvió como colonia penal por cuatro décadas después de 1864. Nueva Caledonia es aún uno de los territorios de ultramar de Francia; por eso la ciudad tiene ese aire afrancesado que todo lo envuelve, desde el idioma hasta la gastronomía, pasando por las boutiques.

Patrocinado por el gobierno de París en tiempos del presidente Francois Miterrand, el Centro Cultural Jean-Marie Tjibaou, su principal institución cultural, también tiene sello galo. Su función es la de altavoz de las culturas del Pacífico y para ello Renzo Piano, su arquitecto –que el año de su inauguración ganó el prestigiosos premio Pritzker–, imitó la estructura de un poblado original caledoniano reproduciendo sus cabañas, con materiales y técnicas vernáculas. Cada una de ellas acoge distintas muestras de música, danza y exposiciones.

Antes de que existiera este centro y que se convirtiera en referente de toda Oceanía, otros dos museos echaban la vista atrás al pasado del archipiélago: el Museo de Nueva Caledonia, con su colección de objetos canacos y oceánicos, y el Museo de la Ciudad, centrado en la época de las grandes expediciones marítimas. Además de la concentración de los principales focos culturales, la capital de La Grande Terre es también el mejor lugar para hacer las compras de rigor –sobre todo, artesanía en madera y coral negro, y el niaouli, con el que se fabrican aceites esenciales con usos homeopáticos–, y para probar las delicias gastronómicas locales, como los dulces y confituras hechos con frutas tropicales que adornan los escaparates de las pastelerías del centro.

Los “cowboys” del Pacífico

El resto de la isla tiene en común con su capital lo heterogéneo de sus paisajes y de su gente. En las llanuras de la costa oeste, por ejemplo, existe algo parecido a los vaqueros americanos (los broussards), que viven en granjas y ranchos y visten con grandes sombreros y botas. La costa este, por el contrario, es frondosa y verde, y en Bourail, la segunda ciudad más grande de la isla, se puede descubrir una extrañísima roca, la Roche Percée, que, según una leyenda, no es sino un rostro tallado por la propia naturaleza. El Parque Territorial de la Rivière Bleue conserva mucha vegetación primaria, árboles milenarios y animales en peligro de extinción tan diferentes como el cagou, un ave zancuda protegida que es el pájaro nacional de Nueva Caledonia.

Langosta a la brasa

Cuando los habitantes de La Grande Terre buscan momentos de calma ponen rumbo a la Isla de los Pinos (www.ile-des-pins.com), llamada así por la cantidad de árboles que rodean su cristalina laguna. Allí, según se mire, hay mucho o nada que hacer. Los planes resultan bastante sencillos: recorrer sus senderos a lomos de una bicicleta o un caballo, ajustarse bien las botas de montaña y hacer una caminata por sus senderos,o salir a dar una vuelta en piragua o en catamarán. Y en noches en las que apetezca un poco de vida social, cenar una langosta a la brasa en alguno de los restaurantes de Kuto, la zona más turística de la isla y donde están las mejores playas.

Para palpar la tradición canaca, lo mejor es cruzar a las islas Loyautés –Lifou, Mare Ouvéa y Tiga–, que son las más remotas y menos pobladas, y donde mejor se han conservado los tradiciones ancestrales de los primeros pobladores.

Hoteles: Respeto al medio ambiente

A diferencia de otras islas del Pacífico Sur, Nueva Caledonia no es un destino donde se registre mucha cantidad de hoteles o de resorts de lujo. La mayoría de la oferta se concentra en la capital, concretamente en torno a las playas de Anse Vata y Baie des Citros. Probablemente la mejor relación calidad-precio del archipiélago sea la del Royal Tera Beach & Spa (www.tera-hotels-resorts.com), en Noumea. Restaurado recientemente, su categoría real es mucho mayor que las tres estrellas que actualmente tiene, por detalles como no tener servicio de habitaciones. En contrapartida, su ubicación es genial, en la misma playa y a solo un paseo de la zona de restaurantes; las habitaciones resultan agradables y modernas, y con cocina completa (las mejores son las de la planta séptima con vistas al mar); y el desayuno es realmente excelente.

El mismo grupo Tera gestiona otros alojamientos en el país. Se trata del ecolodge Kanua Tera, en el sur de la isla, y de los resorts de playa Tiéti tera, en el norte, y Ouré Tera, en la Isla de los Pinos. Además de contar con buenos servicios, son respetuosos con el medioambiente y con la cultura del país.

Otros hoteles a tener en cuenta a la hora de hacer las reserva son L’Escapade îlot Maître, también en la capital, en un islote cercano al que se accede en barco y que cuenta con su propia playa privada, y, sobre todo, el hotel Le Meridien Ile Des Pins (www.starwoodhotels.com), en la Isla de los Pinos. El punto fuerte de éste último, sin duda, es su ubicación ya que se encuentra situado en plena Bahía de Oro, una laguna natural protegida por un arrecife de coral y a la que se orientan las vistas de sus suites y bungalows, decorados en estilo tropical. El hotel organiza para sus huéspedes actividades en los alrededores y alquila material para buceo, kayaks y botes de remo, y tiene también un Spa. Para los que busquen el máximo lujo, hay cuatro cabañitas con acceso directo a la laguna y colgadas de un acantilado.