Wakaya [Islas Fiyi]: Una ganga de 200 dólares

Wakaya encierra en 13 kilómetros cuadrados bosques, colinas y playas propios del confín del mundo.

Wakaya es una isla excepcional en muchos sentidos. Este pequeño pedazo de tierra ha permanecido completamente ajeno al mundo exterior. Por eso mismo sus bosques están intactos, sus playas resplandecen y el arrecife que la rodea no ha sido destrozado ni por los submarinistas ni para obtener material de construcción. Las razones hay que buscarlas en su historia, no necesariamente apacible.

En el año 1789 llegó a Wakaya el primer explorador europeo. No era otro que el famoso capitán Bligh, que fue inmortalizado mucho tiempo después en aquella historia del motín del Bounty. Cuando llegó a Wakaya ya había ocurrido el motín y el capitán se encontraba en medio de su esforzada travesía entre Tahití y Batavia. Cuando quiso poner el pie en la isla, los indígenas que la habitaban lo expulsaron de mala manera, y la isla cayó completamente en el olvido por parte de los europeos.

Más o menos 50 años después, el capitán Houghton compró la isla “a perpetuidad” al cacique local por la módica cantidad de 200 dólares. Lo interesante del caso es que el Registro de la Propiedad de Fiji reconoce plenamente esa venta, por lo que Wakaya ha sido una isla privada desde entonces, y lo seguirá siendo para siempre.

Perfecto para esconderse

Wakaya no es un islote de esos a los que se puede dar la vuelta en cinco minutos. En sus 13 kilómetros cuadrados hay colinas de algunos cientos de metros de altura que acaban en precipicios imponentes, hay bosques cerrados donde los ciervos campan a sus anchas, y hay playas que parecen el último rincón del mundo, el lugar perfecto para esconderse. Este es el lugar que pueden disfrutar los clientes del Wakaya Club, uno de los hoteles más exclusivos del Pacífico.

Wakaya se encuentra dentro del grupo de islas de Lomaitivi, justo al este de Viti Levu, la isla principal de Fiyi. Para llegar allá solo hay un medio: volar en la pequeña avioneta que es toda la flota de Air Wakaya. Apenas a 15 minutos de vuelo desde el aeropuerto de Suva –la capital– sobrevolando el océano brillante y algunas islas rodeadas de arrecifes, el piloto puede ya indicar a sus escasos pasajeros su destino. “Allí, a la izquierda. Esa es Wakaya. Llegaremos enseguida”.

Desde el aire, la isla parece una estampa sacada de un viejo álbum. Una masa de vegetación tupida cubre la mayor parte de su extensión, y solo destacan los trazos blancos de las playas. A su alrededor, aguas turquesas protegidas por una barrera de arrecifes donde chocan las olas. Todo lo demás es océano azul oscuro. En el extremo norte apenas se distinguen las instalaciones del Club, que están casi escondidas entre las palmeras.

Desde el aeródromo se viaja en un todoterreno para  llegar al Club. Y así empieza el descubrimiento de la isla. La pista atraviesa el bosque, y desde el primer momento uno se siente en un lugar privilegiado. Es muy posible encontrarse con alguna manada de ciervos que, al divisar el coche, emprenden una huida tranquila.

Paseos solitarios

En Wakaya una de las actividades preferidas de los visitantes es pasar los días en la playa, o buceando entre los arrecifes. A veces es suficiente una simple máscara y un tubo respirador, pero también es posible practicar submarinismo a mayor profundidad y explorar las bellezas de la barrera de coral. Alguna tarde se puede ir eal pequeño campo de golf, donde la mayor preocupación es esquivar las palmeras en los golpes largos. Paseando por la isla es muy difícil cruzarse con otra persona. Los únicos habitantes de Wakaya son los trabajadores del Club, para los que se ha construido una pequeña aldea. El resto de la isla se puede considerar un trozo intacto en medio del Pacífico, que está habitado únicamente por los ciervos que introdujeron unos misioneros y por unos caballos grises, tan tímidos que salen al galope en cuanto sienten la presencia humana.

El trato con los habitantes de la isla de Wakaya forma parte de los atractivos de una estancia. Además de poder presenciar las danzas tradicionales y escuchar música del lugar, también se puede participar en una ceremonia de kava, la bebida ritual de Fiyi.

Salto del Cacique

Recorrer los caminos de Wakaya es explorar algunos de los paisajes menos alterados del Pacífico y adentrarse en el bosque que se había observado desde la avioneta. Los bosques tropicales son de una diversidad pasmosa de especies, y recorrerlo con un guía es descubrir un mundo diferente al de los bosques templados. Además, la relación de la naturaleza con la cultura tradicional crea lugares únicos. En Korolevu, la cumbre más alta, quedan los restos de antiguas fortificaciones, junto a los que crecen gigantescas higueras de indias, árboles de alto porte que se alzan como un monumento vegetal dentro de la espesura. Otra excursión interesante es subir hasta Chieftan’s Leap, el Salto del Cacique, un soberbio mirador asomado al abismo. Desde allí se tiene una vista aérea de buena parte de Wakaya y, en el horizonte, otras islas más grandes. Mirando hacia abajo se distingue la imagen perfecta de una larga playa que se extiende a los pies del precipicio, unos centenares de metros más abajo. Un bosque de palmeras cubre toda la extensión entre la arena y la montaña. Desde este remoto picacho el mundo exterior parece, definitivamente, lejos del paraíso de Wakaya.

Hoteles: Un mundo exquisito

Aunque Wakaya es bastante grande, se ha optado por crear uno de los alojamientos con menos capacidad del mundo: The Wakaya Club & Spa (www.wakaya.com). Solo diez parejas pueden disfrutar a la vez de este mundo exquisito. Solo hay diez villas, construidas según las características centenarias de la arquitectura tradicional fiyiana. Las cabañas, llamadas mbure, se encuentran esparcidas a lo largo de una playa, a una conveniente distancia una de otra, en un inmenso jardín de palmeras y flores. Tienen 130 metros cuadrados y están construidas con madera, bambú, palma y piedra coralina. Hay una pequeña joya arquitectónica en el Club: la cabaña que sirve de restaurante, absolutamente tradicional y maravillosa. Allí se sirven las comidas, salvo que se prefiera hacer una barbacoa en el jardín. Las comidas están preparadas casi exclusivamente con ingredientes que proceden de la isla: pescado, verduras cultivadas en un pequeño huerto biológico…

Fiyi es el principal destino de islas en el Pacífico, muy por delante de la Polinesia Francesa, por lo que no es de extrañar que abunden los hoteles exquisitos. En otras islas del archipiélago hay otros lugares excepcionales, como el Jean-Michel Cousteau Fiji Islands Resort (www.fijiresort.com), en la isla de Vanua Levu. Ocupa una antigua plantación de cocoteros, en las tranquilas aguas de la bahía de Savusavu, por donde se distribuyen las 25 mbures, algunas con vistas al mar y otras escondidas en el jardín. El resort ha ganado muchos premios por el tratamiento ecológico del establecimiento y es el único que cuenta con un biólogo marino profesional para explicar cualquier detalle a los huéspedes. A poca distancia, en la misma isla, aparece el Namale Resort (www.namalefiji.com), abierto al océano. Está considerado como uno de los alojamientos todo incluido más lujosos del mundo.

Otra opción espectacular es la que ofrece el Shangri-La Fijian Resort (www.shangri-la.com). Está situada en la isla privada de Yanuca, que se encuentra conectada a Viti Levu por un puente. El establecimiento es bastante más grande que los anteriores, por lo que ofrece también una mayor variedad de opciones de alojamiento y de actividades.