[Glaciares de Patagonia]: La belleza helada del Cono Sur

Cuando la Tierra se pone a jugar a los cataclismos sólo deja espacio a los superlativos. Lagos surcados de azulados témpanos de hielos milenarios, montañas, bosques y glaciares con grosores de nieve compactada que rondan la altura de un edificio de veinte plantas. Semejantes excesos se desparraman a uno y otro lado de las fronteras trazadas por el hombre al extremo sur de Chile y Argentina. Se elija el lado que se elija, no hay error posible, pero el auténtico pleno al quince sería combinarlos ambos para captar toda la grandeza de uno de los escenarios del planeta en los que la naturaleza se muestra más pura, más insobornable y más brutal.

Los encantos chilenos

Hace varios millones de años, los arranques telúricos de la Tierra levantaron una cordillera por las tripas de una falla que los flujos y reflujos de las glaciaciones fueron esculpiendo a voluntad por el Parque Nacional Torres del Paine de Chile. A caballo entre sus campos de hielo y el último vértice del continente, sus 2.000 kilómetros cuadrados –algo más que la provincia de Guipúzcoa– acogen sin estrecheces todo un inventario de ecosistemas. Lagos del color del acero, bosques de lengas, notros y arrayanes, quebradas rajadas por los fríos una y mil veces, picachos dentados como el lomo de una bestia prehistórica y cascadas de ríos caudalosísimos cuyas lechosas aguas van tornando hacia un turquesa opaco a medida que se alejan del glaciar que les da vida. Por si fuera poco, en sus lindes también atesora desiertos de altura y estepas patagónicas por las que campan manadas de guanacos y hasta pumas y, por supuesto, esos picachos de granito tan poderosamente alineados que ofician como tarjeta de presentación del parque, conocidos como Las Torres, y sus igualmente fotogénicos Cuernos.

A pie es como se adentró a finales del XIX el baquiano Santiago Zamora, flor y nata de esta recia estirpe de eruditos en sendas, trochas y pasos. Y a pesar de que por las pistas de ripio de sus zonas más trilladas también transitan autocares de excursionistas, caminar sigue siendo la mejor forma de explorar este territorio convertido en Parque Nacional en 1959 y veinte años después en Reserva de la Biosfera. Rutas senderistas tiene muchas y de muy diversa dificultad; tan fáciles como las que conducen al Mirador Cuernos y el Lago Grey, la que une la Portería Sarmiento con los paisajes lunares de la Laguna Amarga, o la preciosa del Mirador Cóndor, que recompensa a quienes la eligen con sus vistas al lago Pehoé, los Cuernos del Paine y el Valle del Francés. Ya más duras, las casi siete horas de travesía por la Sierra del Toro del circuito Laguna Verde, o las ocho que de media se tarda en subir y bajar de la Base Torres. Lo que sin embargo pocos de los llegados hasta aquí osan perderse es el célebre trekking de la W, al que dedicar las cuatro o cinco jornadas que un vulgar mortal tarda en culminarse sus 76 kilómetros, hilvanando las mejores panorámicas del parque y haciendo noche en su reguero de refugios.

Al otro lado de la frontera

Del lado argentino de esa línea divisoria por la que de cuando en cuando se enzarzan ambos países, el más evidente plato fuerte del Parque Nacional de los Glaciares, declarado Patrimonio Mundial hace poco más de 30 años, es el glaciar Perito Moreno. Un circuito de pasarelas de madera construidas frente a él permite asomarse a la empalizada de su lengua de hielo de cinco kilómetros de ancho y alturas de hasta 70 metros de nieve compactada; casi como un edificio de veinte pisos. Es en ellas donde los visitantes se apostan a diario aguardando el rugido que provocan los constantes desprendimientos de algún bloque resquebrajado de sus vértices. El último desmoronamiento del impresionante dique que forma el avance de los hielos tuvo lugar el pasado marzo, por lo que todavía habrá que aguardar varios años para admirar este insólito espectáculo de nuevo.

El Upsala y el Viedma

Lo que siempre podrá hacerse es embarcar por el llamado Canal de los Témpanos, a bordo de los barquitos que se atreven a arrimarse hasta lo indecible a sus gélidas hechuras para apreciar desde cubierta toda la monumentalidad de este imprescindible glaciar que, sin embargo, no es ni por asomo el más grande de los muchos que suma el parque. Y es que las paredes del Spegazzini alcanzan los 135 metros a la vertical y, aunque en las dimensiones del Perito Moreno podría caber entera la ciudad de Buenos Aires, el Upsala o el Viedma le triplican tranquilamente el tamaño.
El poblado de El Calafate, donde se concentra la mayoría de los servicios turísticos, queda a unos 80 kilómetros del Perito Moreno y es a su vez el punto de partida hacia el otro extremo del parque, en cuyo norte los picachos del cerro Fitz Roy despuntan sobre ese epicentro del trekking y el andinismo que es la aldeíta del Chaltén. Ya solo el camino hasta allí es un espectáculo, cuando sobre las solitarias pampas patagónicas barridas por el viento afloran lagos y glaciares bajo una luz inmaculada, como si el mundo se acabara de estrenar.

Selección Viajar: A la sombra de titanes

Pocos alojamientos de nivel permiten un contacto con la naturaleza como el Patagonia Camp (www.patagoniacamp.com), a las puertas del chileno PN Torres del Paine, frente al Lago Toro y el Macizo del Paine. Diseñado con una arquitectura poco invasiva, sus 18 yurtas o tiendas de estilo mongol, comunicadas con las zonas comunes por pasarelas de madera alzadas sobre los arbustos, tienen desde terraza panorámica privada hasta un techo transparente para ver las estrellas desde la cama. En el precio de los programas regulares –a partir de 785 $ las dos noches por persona– se incluye el alojamiento, las comidas, las copas en el bar y varias posibilidades de excursión diaria con guía. Y, por supuesto, todo es ecológicamente sostenible: el tratamiento de aguas y residuos, la generación de energías limpias o los aparatos de bajo consumo eléctrico. Al más alto nivel y ya en pleno corazón del parque, el hotel volcado en el ecoturismo Explora Salto Chico (www.explora.com) tiene una vista privilegiada al Macizo del Paine y a dos de las tres Torres desde el salón, las terrazas o sus 49 habitaciones. Además, propone desde rutas a caballo, a pie o en lancha hasta un típico asado magallánico en un entorno despampanante.

En la Patagonia argentina, la hostería Los Notros  (www.losnotros.com), que reabre sus 39 habitaciones en octubre de este año, puede presumir de ser el único alojamiento con vistas al glaciar Perito Moreno, que con su frente de hielos eternos preside los enormes ventanales de esta construcción de madera de aires rústicos y camperos, pero absolutamente exclusiva. A caballo entre este glaciar y la población de El Calafate, el Eolo’s (www.eolo.com.ar), perteneciente a la prestigiosa firma Relais & Châteaux, es otro escondite de lujo en el que paladear la esencia de las grandes estancias patagónicas. Encajado en un hipnótico paisaje de laderas y pampas barridas por los vientos, que se cuela en el interior del lodge a través de sus gigantescos ventanales, la finca suma 3.000 hectáreas por las que, entre excursión y excursión, salir a cabalgar.

www.turismo.gov.ar y www.visit-chile.org