Acueducto de Segovia

Segovia

Construido a finales del siglo I, durante la época de Nerva o Trajano, para traer el agua de la sierra hasta algún campamento cercano -probablemente situado donde hoy se alza el Alcázar-, el acueducto de Segovia es la obra de ingeniería civil romana más importante de España, por mucho que una leyenda nos haga creer que fue el mismísimo diablo su creador. El tramo más impactante de sus 15 kilómetros de extensión es el puente de 728 metros de longitud y 167 arcos formados por sillares de granito superpuestos, sin ningún tipo de argamasa, mediante un ingenioso equilibrio de fuerzas. Una colosal obra en la que la utilidad convive con la armonía y la belleza, y que ha prestado servicio hasta fechas recientes. En la plaza del Azoguejo, el acueducto presenta su máxima altura, unos 29 metros. Se supone que es en esta parte del monumento donde hubo en sus tiempos una cartela con letras de bronce donde constaba la fecha de su construcción, así como el nombre de su autor. Lo que sí pueden verse ahora son dos hornacinas, una de ellas ocupada por la Virgen de la Fuencisla, patrona segoviana. Desde la escalinata del postigo del Consuelo se observa todo el trazado del acueducto y también una impresionante vista de la ciudad.

A la Plaza Mayor de Segovia se asoman los pináculos del ábside de la Catedral, de estilo gótico tardío, que compite en miradas con el acueducto y otros edificios, como son la Casa de los Picos, con 365 puntas de granito en su fachada, y el Alcázar, cuyos orígenes hay que situarlos en el siglo XII, aunque no fue residencia real hasta una centuria después. Felipe II le dio ese aire centroeuropeo que aportan sus tejados de pizarra. Según el poeta Dionisio Ridruejo, es este “un castillo de verdad, el más parecido del mundo a un castillo de mentira soñado por un niño”, que se levanta sobre un cerro en la confluencia de los ríos Eresma y Clamores. Recorrer sus dependencias servirá para despertar nuestro apetito. Cochinillo, judiones y sopa castellana nos esperan a la mesa.