Altea

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He aquí un remanso de paz. Y no uno cualquiera. Al asomarse por alguno de los recovecos que esconden sus plazas y calles se obtienen unas panorámicas tan fascinantes, sobre el mar y sobre el entramado de casas blancas de la ciudad, que uno comprende por qué tantos pintores han fijado su residencia en ella. Estamos a 51 kilómetros de Alicante, en plena Marina Baixa, en la romántica Altea, que desde la punta del Mascarat se abre en una amplia ensenada en la que pequeñas calas y playas se suceden hasta alcanzar el espigón del puerto que marca su límite con L’Alfàs del Pi. Que nadie espere grandes palacios, museos ni casas solariegas. Su encanto reside en el aire, quizás en la bendita luz mediterránea que hace de sus calles estrechas y empinadas lugares mágicos por los que perderse. Perderse para encontrar, claro está, el templo dedicado a la Virgen del Consuelo, cuya cúpula, cubierta de tejas vidriadas azules y blancas, habremos visto ya en la distancia. Altea promete a quienes llegan de fuera un estilo de vida alegre y bohemio, que es lo que transmiten los trabajos en madera, papel y cuero de los talleres artesanos de su centro histórico, desde donde se puede iniciar una ruta que, tras pasar por la fuente del Garroferet, culmina en la cima de la serra de Bèrnia, donde se ubica un fuerte mandado construir por Felipe II para controlar rebeliones moriscas. Desde las alturas, Benidorm parece dormida, separada de la bahía por la serra Gelada. Este es uno de los lugares más pintorescos de la Marina Baixa, que si se acerca al mar en Altea, se aleja de él en zonas más abruptas del interior, como Callosa d’en Sarriá, con sus cascadas, y Guadalest, asentada sobre una mole rocosa. La panorámica desde su castillo árabe resulta sobrecogedora, con un embalse a sus pies rodeado de agujas afiladas y escarpadas crestas, que despuntan entre las sierras de la Xortà, Aitana y Serrella.