Cadaqués

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Salvador Dalí solía presumir de que, gracias a su presencia, Cadaqués se había llenado de artistas. Pero lo cierto es que el pueblo más divino de la Costa Brava, aquel donde la bohemia catalana se sentía a sus anchas tomándose un café en el Marítim y cazando musas entre azules y caracolas, ha cambiado bastante. Pero aun así merece la pena sortear las más de cien curvas que hay que superar para llegar a la entrada del pueblo más bohemio de Cataluña, presidido por una Estatua de la Libertad idéntica a la americana, pero con los dos brazos en alto. Las terrazas del Casino y el Boia siguen siendo punto de encuentro de habituales y extraños, que pasean, después, por las tiendas de souvenirs y artesanía del passeig del Mar, donde comprar los típicos dolls, cántaros verdes de tres asas, exclusivos de Cadaqués. Hacia el noroeste de Cadaqués aparece, recoleta, la bahía de Portlligat, que dibuja un pequeño puerto, junto a la que fuera casa de Dalí. En su interior hay todo tipo de curiosos objetos y decorados: una piscina en forma de falo, sofás en forma de labios, salas en forma de erizo… Muy cerca sorprende y enamora el cap de Creus, del que Dalí solía decir: “Mi obsesión existencial es mimetizarme con él”. Para ver su obra es obligado desplazarse a Figueres, capital del Alt Empordà, y hacer cola -siempre hay- para acceder al Teatro Museo donde está enterrado.