Ochagavía

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En Ochagavía, en la merindad de Sangüesa, aún hay quien recuerda que allá por el siglo XVI la Inquisición llevó a cabo procesos que culminaron con la quema en la hoguera de un centenar de mujeres y hombres que, al parecer, se reunían para sus akelarres en el paraje donde se levanta la ermita de Muskilda, románica, del siglo XII, escenario de antiguas danzas durante las fiestas del mes de septiembre.

Ochagavía es un pueblo de gran belleza, que tuvo que ser reconstruido casi en su totalidad al ser incendiado por el ejército francés en 1794 durante la Guerra de la Convención. Aun así, podemos decir que no hay localidad en toda Navarra que cuide más al detalle la tradicional arquitectura popular, con viviendas con estructuras de madera, paredes de piedra, aleros salientes, tejados a dos aguas y balcones que siempre aparecen repletos de flores. La iglesia parroquial de San Juan Evangelista es anterior al incendio, del siglo XVI en su mayor parte, con bellos retablos de estilo renacentista. Pero si por algo es conocida Ochagavía es por ser una de las puertas de entrada a la Selva de Irati, el segundo hayedo-abetal más extenso de Europa. Un paisaje de colores vivos que se transforma con la llegada del otoño. Pisar el suelo repleto de hojas y admirar toda la gama de ocres posibles es toda una experiencia, tanto si atravesamos la selva a pie o en bicicleta a través de cualquiera de sus senderos balizados. Si el día está nublado, mucha atención: las brujas y lamias sacan de paseo a Juana de Lebrit, madre de Enrique IV, que murió envenenada.