Palau de la Música

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Existen muchos lugares en Barcelona donde dejarse llevar por la imaginación, adentrarse en terrenos en los que reina la fantasía y se hacen realidad los sueños. Uno de ellos hay que buscarlo en la calle Sant Pere més Alt, en el barrio de la Ribera. Es ahí donde se alza el Palau de la Música, proyectado por el arquitecto Lluís Doménech i Montaner, uno de los máximos representantes del modernismo catalán, entre los años 1905 y 1908 como sala de conciertos del Orfeo Català. El edificio fue sufragado por industriales y financieros, ilustrados y amantes de la música, ávidos de tener en la ciudad símbolos de poder que fueran reflejo y seña de identidad de sus ambiciones políticas y sus preferencias culturales. Como es habitual en las construcciones modernistas, el Palau es pura opulencia creativa, donde las artes decorativas, representadas por cerámicas, vidrieras, mosaicos y relieves, encuentran acomodo junto a esculturas en una estructura arquitectónica en la que el hierro y el cristal son protagonistas. La fachada, con el grupo escultórico La cançó popular catalana, de Miquel Blay, a manera de proa en la esquina, da paso a un interior en el que destaca la sala de conciertos, una explosión de luz gracias a los vitrales y a la claraboya central, obra de Antonio Rigalt i Blanch. En la boca del escenario es posible admirar otro grupo escultórico, éste de Diego Massana, continuado por Pablo Gargallo, que representa en la parte derecha el busto de Beethoven debajo de La cabalgata de las Valquirias, como homenaje a la mejor música clásica. Aunque es el órgano, con sus 3.772 tubos, el que concentra todas las miradas. De Doménech i Montaner es también el hospital de Sant Pau, único en el mundo: funcional y, al mismo tiempo, estéticamente bello.