Plaza del Obradoiro

EL FINAL DEL CAMINO DE SANTIAGO Construida entre los siglos XI y XIII, la Catedral de Santiago es una auténtica ciudad de piedra. Su entrada, el Pórtico de la Gloria, es la cumbre de la escultura románica.

EL FINAL DEL CAMINO DE SANTIAGO
Construida entre los siglos XI y XIII, la Catedral de Santiago es una auténtica ciudad de piedra. Su entrada, el Pórtico de la Gloria, es la cumbre de la escultura románica.

Piensa que la muerte nos está amenazando siempre y que nuestra vida dura solo un instante. Piensa cuán falsos los deleites, cuán engañosos los honores, cuán mortales las riquezas, cuán breve, incierto y falso lo que todo esto puede servirnos. Bastan las palabras inscritas en lo alto de la capilla del antiguo Hospital Real para justificar nuestra visita a la plaza del Obradoiro, la más anhelada del mundo, tanto si es nuestra meta después de realizar el Camino de Santiago como si es nuestro punto de partida para descubrir la ciudad. Cualquier motivo, sea espiritual o no, que nos haya conducido hasta aquí es válido. Y, aunque no sea fácil por la cantidad de peregrinos, turistas y habituales que transitan por ella, lo primero que se merece es un poco de silencio. Silencio para sentirnos pequeños en este lugar grande, único, majestuoso, donde conviven en armonía el citado hospital, más conocido como Hostal de los Reyes Católicos, con su preciosa fachada plateresca, el pazo de Xelmírez, el pazo de Raxoi y, por fin, la Catedral.

Construido entre los siglos XI y XIII, el templo gallego es una auténtica ciudad de piedra, con una entrada, el Pórtico de la Gloria, obra del maestro Mateo, que es la cumbre de la escultura románica. Reverenciar, que no darle tres coscorrones como se hacía antes, al santo dos croques, justo detrás del parteluz, es el pequeñísimo preludio a nuestro paso al interior, de cruz latina, donde si hay suerte podremos ver cómo el botafumeiro se eleva hasta las bóvedas del crucero con la ayuda de los tiraboleiros. Una experiencia única es también pasear por las cubiertas de la Catedral, subir a sus torres y disfrutar de la panorámica sobre la plaza. Ya lo dice el recuperado Códice Calixtino: “Quien por allí arriba va, aunque suba triste, se alegra al ver la espléndida belleza de este templo”. Después ya solo queda callejear por los alrededores y cumplir con otra santa devoción: probar pulpo y empanada junto a una tacita de ribeiro en cualquiera de los mesones de esta soñada y eterna Santiago de Compostela.