Tarragona romana

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Antes de que César Augusto decidiese quedarse a vivir en ella, el mismísimo Júpiter, padre de todos los dioses, dejó plantada a Tiria, su esposa mortal, al enamorarse de Tarragona, donde se construyó una casita, según cuenta la leyenda. Puede que él fuera el primero en conocer este bello enclave a orillas del Mediterráneo, pero si dejamos a un lado los mitos y recurrimos a los libros de Historia descubriremos que fueron los hermanos Escipión, Cneo y Publio, quienes fundaron la villa en el año 218 a.C. sobre la antigua Cosse, un castro celtíbero. En torno a ella se levantó pronto un campamento militar que no tardó en progresar y convertirse en núcleo mercantil y administrativo de la Hispania Citerior. Rememorar el pasado romano resulta fácil en Tarragona. Quizás lo primero es sentarse a tomar algo en las terrazas de la plaça de la Representaciò del Fòrum Provincial, donde se conservan restos de muros del foro. En el casco antiguo de la ciudad no resulta extraño cenar, por ejemplo, en un restaurante bajo las bóvedas del circo, del siglo I, cuya parte excavada mejor conservada se encuentra justo donde comienza la Rambla Vella. Muy cerca está la Torre del Pretorio, que hoy alberga el Museo de Historia, con una maqueta de la antigua Tarraco. Muy interesante resulta también el Museo Nacional Arqueològic, con el mosaico de la Medusa y el de los Peces.

Con la lección de historia aprendida, habrá que visitar el principal monumento romano, el Anfiteatro del siglo II, construido en piedra aprovechando el desnivel del terreno -hay gradas en la misma roca- al lado del mar. Fuera del núcleo antiguo de Tarragona aguardan el forum local, lo que queda de un teatro romano y una necrópolis paleocristiana en la que fue encontrada la primera muñeca del mundo. Ya en las afueras no hay que dejar de ver el acueducto (el Pont del Diable), la Torre de los Escipión y el Arco de Bará, bajo el que pasaba la Vía Augusta.