Faial, puerto de leyenda y barcos con clase

 

La marina de Horta recibe yates de todo el mundio y es punto de partida par ala observación de ballenas.

La marina de Horta recibe yates de todo el mundio y es punto de partida par ala observación de ballenas.

 

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Hubo un tiempo en que los mapas hablaban de Faial como la isla de la Ventura. Porque era una auténtica aventura llegar hasta ella. Hoy, un moderno aeropuerto pone a Horta, su capital, en conexión con Lisboa en apenas unas horas. Su puerto ha quedado como simple atraque de yates y embarcaciones deportivas. Los viejos marineros se pasean con las manos a la espalda, gorra calada hasta las cejas, recordando épocas pasadas. Horta fue durante años lugar de escala y aprovisionamiento de compañías balleneras de Nueva Inglaterra que reponían sus tripulaciones con valientes azoreños. Las tempestades, en muchas ocasiones, jugaban muy malas pasadas y, por eso, cada vez que los marineros ponían su pie en tierra estampaban su firma en un muro situado junto a los amarres dando gracias a Dios. Quien no lo hacía, tenía los días contados. Una superstición a la que siguen temiendo las tripulaciones de hoy en día: no hay un palmo de pared libre ni un trozo de suelo ni una roca sin su correspondiente grafiti multicolor.

La animación es constante en el puerto viejo y en la marina nueva, ubicada a poco más de 900 millas del puerto canario de Santa Cruz y a unas dos mil del de Nueva York. Por eso es lugar de escala obligatoria de numerosos transatlánticos que dejan descender a tierra firme a sus pasajeros para que se den una vuelta a la orilla del mar y se tomen algo, de paso, en el legendario Café de Peter, con su museo de scrimshaw –grabados de escenas de la vida azoreña en huesos y dientes de cachalote– tras una puerta al fondo del local.

Quienes dispongan de más tiempo descubrirán que Horta es una ciudad repleta de lugares que ver, que no todo se acaba al mirar al Atlántico. Por la rua Vasco de Gama se llega hasta el castillo de Santa Cruz, hoy reconvertido en pousada, y a los jardines de la Praça do Infante, con sus esbeltas palmeras. Como monumentos más interesantes destacan en la ciudad las iglesias de São Francisco –decorada con azulejos– y la del Salvador, con mucho oro y otros materiales nobles que la hacen lucir siempre en todo su esplendor.

Museos en honor de la fe
El Museo de Arte Sacro y el Museo de Horta nos recuerdan que la fe mueve montañas en esta isla, siempre amenazada por mil peligros en forma de ballenas y tempestades. La colección de pinturas religiosas del segundo de los museos es magnífica, como también lo es la sala dedicada a la artesanía faialense que utiliza la médula de la higuera para realizar auténticas filigranas y obras de arte. El Mercado Municipal, la Torre del Reloj, el Observatório Meteorológico –dedicado al príncipe Alberto de Mónaco– y la iglesia da Nossa Senhora das Angústias son algunos de los edificios que no deben faltar en nuestra visita a Horta. Visita que debe completarse con un paseo por la playa de arena negra que nace al fondo de la bahía, la segunda mejor de la ciudad después de la de Almoxarife. La subida al Miradouro de Nossa Senhora da Conceição nos permitirá tener una vista diferente de la urbe, extendida bajo nuestros pies.

Estamos en las Azores, y eso quiere decir que Faial también tiene que tener su propio volcán. Ahí está el Cabeço Gordo –que cobija una laguna y una reserva natural–, con dos kilómetros de diámetro y una profundidad de 400 metros, que se puede contemplar desde el mirador de la caldeira do Faial. Es éste el monumento natural más importante de la isla, y también el más elevado (1.043 metros de altura). Pero más impactante es el paisaje desértico de la Ponta dos Capelinhos, donde un volcán submarino entró en erupción en los años 50 del pasado siglo y cubrió todo de cenizas. Sopla el viento en la punta y el faro en ruinas nos transporta a una película de terror, con el océano al fondo y la tierra negra en cada rincón. Los más jóvenes se distraen escribiendo su nombre en la arena con enormes piedras que a simple vista resulta difícil mover.

Bosques de laurisilva
Desde el Porto do Comprido podemos proseguir el camino rumbo a Varadouro, entre pequeños bosques de hayas, brezos azorianos y laurisilva. Con sus piscinas naturales, es éste un lugar perfecto para las vacaciones de verano, con buenas infraestructuras y comunicaciones adecuadas para llegar, por ejemplo, a la localidad de Castelo Branco, con un morro de lava, casi devorado por las olas, que se ha convertido en refugio de aves. Pero si hablamos de refugios donde la naturaleza se expresa con especial encanto, tenemos que referirnos al Jardín Botánico instalado en la Quinta de São Lorenço, en Flamengos, centro medioambiental donde los haya que está empeñado en salvar la flora autóctona de las islas, más allá de las hortensias. Hay unos sorprendentes tréboles de cuatro hojas en torno a un lago y también loureiros de grandes hojas, urzes, paos brancos y feto-de-cabelinho, que por su suavidad sirvieron durante mucho tiempo para rellenar almohadas.

Después de un recorrido pausado por este lugar, pocas cosas quedan ya por ver en Faial, la isla azul. Una de ellas es la parroquia de Cedros, en el mismo centro de la costa septentrional, de escarpados acantilados por entre los que se intuye ya, a lo lejos, la isla de São Jorge. Cedros posee una iglesia gótica y un curioso Museo Etnográfico, con muebles, aperos de labranza y otros objetos de uso cotidiano. Y tiene también, hacia poniente, unos cuantos miradores desde los que contemplar la bahía da Ribeira das Cabras. En la cercana Fajã, todo un aliciente: la mejor playa posible para los surfistas, nacida de una colada de magma procedente del Cabeço da Fonte.

Los amigos de Peter
A cualquier hora del día, el Peter Café Sport (Rua Tenente Valadim, 9. 00 351 292 292 327), en Horta, está lleno de gente, casi todos extranjeros, que piden su gin tonic de turno y se mueren por escuchar la leyenda que envuelve a este viejo bar. La primera pregunta es obligada: ¿pero quién es Peter? Peter es un tal José, rebautizado así por un marino inglés que recaló aquí durante la Segunda Guerra Mundial. José le trataba tan bien, que le pidió permiso para llamarle con el nombre de su hijo, a quien echaba mucho de menos. Durante años, Peter se encargó de enviar las cartas que los navegantes escribían a sus familias. En Horta no había central de correos, pero él se las ingeniaba para hacérselas llegar. Hoy su café mantiene todo su encanto –tiene hasta una tienda de souvenirs–, y es un lugar de obligada visita.