Flores, naturaleza y emoción en estado puro

Flores

En el fondo de los verdes cráteres que dominan la geografía isleña se han formado lagunas de agua cristalina.

 

 

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Resulta difícil imaginar en qué gastaban su tiempo Francis Drake, Walter Rilley o Richard Greenville, esos temibles piratas que forman parte de la leyenda universal, durante su estancia en Ponta Delgada, en Flores, improvisada guarida en algún momento de sus vidas. Los imaginamos contemplando el océano, que resulta especialmente bravo en la cara norte de la isla, asomados a los acantilados desde alguno de los numerosos miradores que recorren la costa o quizás viviendo el atardecer más hermoso con el que pudieran soñar en el ilhéu de Monchique, el punto más occidental del continente europeo. La sensación de soledad se multiplica aquí hasta el infinito: tan sólo la silueta de la isla de Corvo, con su caldera envuelta en perennes nubes, nos devuelve a la realidad para hacernos olvidar la inmensidad del Atlántico. La isla das Flores es una de las más pequeñas del archipiélago. Fue descubierta en el siglo XV y, aunque al principio recibió el nombre de São Tomás, muy pronto fue bautizada con su primaveral nomenclatura actual, que hace honor al lugar, aunque las flores amarillas por las que en su día era conocida han sido reemplazadas en la actualidad por hortensias y otras especies vegetales.

La naturaleza y las emociones mandan. Basta con echar un vistazo desde el particular mirador de la Fajã de Lopo Vaz para darnos cuenta de que estamos ante uno de esos pocos paraísos terrenales de los que se puede disfrutar en el mundo. Son muchas las rutas senderistas que se pueden realizar en la isla; sin duda, una de las formas más eficaces de recorrerla. Pero si hay una que destaca sobre las demás por la espectacularidad del entorno en el que discurre es la que comienza en la carretera que da acceso al faro de Albarnaz y se prolonga durante unos ocho kilómetros por el tramo del litoral mejor conservado de Flores, cruzando pequeños arroyos que se deslizan desde el monte da Rocha Negra, a 685 metros de altitud.

Miradores y lagunas
Estamos muy cerca de Ponta Delgada, en el concelho de Santa Cruz das Flores, la gran capital, acurrucada, con sus casas blancas, a los pies del monte das Cruzes. Para profundizar más en la vida de los pocos azoreños que viven en la isla –apenas 4.000– se impone una visita a su curioso Museo Etnográfico, con una interesante colección de scrimshaw, imágenes religiosas e instrumentos varios relacionados con los trabajos agrarios. Más sofisticada resulta la Casa-Pimentel de Mesquita, al estilo y semejanza de una vivienda burguesa con objetos y mobiliario que sirven para entender las diferencias sociales entre los siglos XVIII y XX.

Desde Santa Cruz se pueden seguir diferentes rutas, como las que conducen al Pico da Sé, al Morro Alto –con sus 940 metros es el techo de la isla–, a las lagunas Seca, Branca, Cumprida y Negra o, mucho más cerca, a los miradouros de Fajã do Conde y da Caveira, ambos en la carretera que avanza hasta Lajes. Es precisamente Lajes la segunda población más importante de Flores. Son dos sus monumentos de interés: la iglesia matriz do Rosário, del siglo XVIII, y el Faro, de cuerpo rectangular y con una llamativa linterna roja. Las horas pasan en esta localidad en torno a su animado puerto, en el que las antiguas casetas de pescadores acogen ahora agradables bares donde aguardar la llegada de la noche. Para el día quedan reservadas muchas más sorpresas, que habrá que descubrir trazando una ruta por los alrededores entre bosques de laurisilva hasta el Porto da Lomba. Para caminantes, dos recomendaciones: un paseo que sube hasta la Rocha do Touro, y otro que baja hasta la Fajã de Pedro Vieira.

Y es que Flores es naturaleza en estado puro: la de sus acantilados y montes que se funden con la costa en pendientes verticales, la del continuo murmullo de cascadas que saltan desde lo alto de las laderas en dirección al mar, la del espejo líquido de las lagunas en el fondo de verdes cráteres volcánicos, la de los gigantescos prismas basálticos de Rocha dos Bordões, cementerio petrificado de báculos, rotundos y poderosos en el horizonte de Caldeira y Mosteiro. Un horizonte que se deshace después bajo el mar en busca de marisco y pescado entre rocas multicolor o al nadar en alguna de las piscinas naturales que surcan la isla.

En Flores reina siempre la paz. Aunque la llegada de la época estival es motivo más que suficiente para que algunas poblaciones se sacudan la soledad de encima y reciban con entusiasmo a los que vienen de fuera. Es el caso de pequeños pueblos y aldeas como Cedros, Fajãzinha y Fajã Grande, localizadas estas dos últimas en una aislada franja de tierra con la mirada puesta en América.

El sonido del agua
La exuberante isla de Flores está atravesada por caudalosos arroyos que, al pasar de sierra en sierra en pequeños y cristalinos saltos de agua, entonan un murmullo fresco y musical. Sólo entre Fajãzinha y Ponta da Fajã existen más de 20 cascadas, muchas de las cuales van a parar al propio Océano Atlántico. ¿La preferida de los turistas? La de la Ribeira Grande, que se precipita desde los 300 metros de altitud.