Graciosa, una isla blanca para el sosiego

Graciosa

Entre los atractivos de la isla hay torres, escaleras de caracol y la famosa caverna de la Furna do Enxofre.

 

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Para muchos, el blanco es el color de la calma. Esa asociación de palabras casi inmediata cobra sentido en Graciosa, la isla blanca, pero también la de la paz, la de la tranquilidad. Son pocos los visitantes que recibe al cabo del año y muchos lo hacen atraídos precisamente por la bondad de las aguas sulfurosas de las termas de Carapacho, un pequeño centro termal construido en el siglo XIX que se alimenta de dos manantiales que brotan a 45º C del mar. Dicen los expertos que los diferentes programas terapéuticos sólo hacen efecto si se combinan con la visita a Ponta da Restinga, un promontorio a más de 175 metros de altitud con un faro desde donde se divisa la mejor panorámica sobre el Océano Atlántico, con las islas de São Jorge y Terceira de fondo.

El sosiego interior que produce esta visión puede darnos las fuerzas suficientes para vivir la experiencia única de adentrarnos en un volcán. La Furna do Enxofre es una caverna volcánica –posiblemente, la mayor del mundo– a la que se accede a través de una torre, con unas escaleras de caracol que en vez de ascender descienden por las entrañas de la tierra con muy poca luz procedente del exterior iluminando cada escalón. Toda una aventura que culmina junto a un lago que recibe el agua de la lluvia a través de una cascada.

Después de las emociones fuertes, de nuevo el ritmo pausado, pero esta vez en Santa Cruz da Graciosa, la elegante y refinada capital en la que también predomina el color blanco, el de sus casas. Da gusto pasear por ella, por su alameda con araucarias y quiosco de música y viviendas con balcones forjados en hierro. Tiene Santa Cruz un Museo Etnográfico con una completa colección de objetos cotidianos, antiguos, trabajos artesanos, vajillas, una bodega y hasta diarios con viejas noticias de naufragios. Todo un centro cultural para entender su historia, que se complementa con el restaurado Molino de Fontes, al que se llega después de cruzar un paisaje de currais, los típicos corrales para viñedos. Donde hay viñas hay vino, y los blancos y tintos de Graciosa acompañan perfectamente los platos de pescado, marisco y carne de la gastronomía local, que podemos degustar en algún restaurante de Praia, poseedora de la única playa de la isla.