Pico, el mirador soñado sobre el Atlántico

Pico

Pico es una isla de gigantes.

 

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Al mirar por la ventanilla del avión, justo antes de aterrizar en cualquiera de las islas del archipiélago de las Azores, la mirada siempre se dirige hacia el mismo lugar. Hacia ese volcán gigante llamado Pico que, con sus 2.351 metros, pasa por ser el monte más alto de Portugal. Emerge solemne y misterioso en medio del océano, como si de la guarida sagrada de algún dios se tratara. Impresiona verlo de lejos, con la nariz pegada en los cristales, pero también mucho más de cerca: coronarlo puede ser toda una aventura.

Para ello es necesario contar con la colaboración de guías profesionales, con los que intentar acceder a la cumbre después de llegar en todoterreno hasta su base. Tras pasar Cabeço das Cabras se necesitan unas dos horas para alcanzar la parte superior del cono volcánico, aunque, si aún quedan fuerzas, se puede prolongar el trayecto hasta el llamado Piquinho, un cono menor de 50 metros de altura nacido de la propia masa del cráter. El esfuerzo merece la pena por la impresionante panorámica que se abre ante nosotros sobre las islas del grupo central. Gran parte de este terreno que rodea al volcán forma parte de una gran reserva natural, en la que nos encontraremos a nuestro paso hasta siete lagunas medianas y otras más pequeñas, rodeadas de ganado, según la época del calendario en la que nos encontremos. Ahí están la lagoa do Capitão –con sus patos de pico rojo– y las de Caiado, Ilhéu, Rosada y Peixinho.

Toda una aproximación de lo más natural a la isla, de paisajes verdes y negros, donde se prodigan los famosos viñedos de Pico, declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2004 y que tienen una particularidad única: estar encajonados en corralitos de lava. Un paisaje de viñas casi imposible, nacido del esfuerzo titánico de generaciones de vinateros, que se hace más evidente en las inmediaciones de Madalena, la capital de la isla, comunicada con Horta (Faial) vía ferry. Poco más de 30 minutos bastan para llegar hasta su pintoresco puerto, que en verano aparece siempre repleto de improvisadas casetas instaladas por empresas que se dedican a realizar avistamientos de cetáceos, una de las actividades principales de la isla.

Pero antes o después de intentar cazar una ballena con la cámara de fotos, conviene pasear tranquilamente por esta humilde población que, a pesar de no tener aún categoría de ciudad, cuenta con un interesante patrimonio. Junto a dos araucarias –árboles típicos en las Azores–, se elevan las torres gemelas de la iglesia de Santa Maria Madalena, a cuyas espaldas se alza la Câmara Municipal. Algo apartado del centro abre sus puertas el Museu do Vinho, ubicado en un antiguo convento carmelita más tarde reconvertido en bodega. El 80 por ciento del vino azoriano se produce en Pico, con el verdelho como principal variedad. El museo propone un recorrido histórico por el mundo de la viticultura a través de documentos, barriles y numerosos utensilios.

PAISAJE protegidO por la unesco
En conjunto son más de 3.000 hectáreas protegidas como Patrimonio de la Humanidad, que se extienden por el este y por el sur de Madalena. Es aquí donde podemos ver el paisaje vinatero de Criação Velha, donde se hace aún más evidente el esfuerzo del hombre por instalar cepas sobre el lecho rocoso de la lava y protegerlas con muros de los vientos. El Porto do Cachorro, Areia Larga –con su estupenda piscina– y Quinta das Rosas son otros lugares imprescindibles enclavados cerca de la capital.

La producción de artesanía y queso convierten a São Mateus en núcleo turístico por excelencia, aunque su particular momento de gloria lo vive siempre entre los días 5 y 7 de agosto, cuando tienen lugar los festejos del Bon Jesus Milagroso, la segunda celebración religiosa más importante de la isla. Desde aquí hay que proseguir el camino hacia Lajes do Pico, con uno de los puertos más activos durante la época de esplendor de los balleneros, que se puede revivir en su Museu dos Baleeiros.

En su casco histórico destacan el convento de San Francisco –actual sede del Ayuntamiento–, la iglesia de la Conceição y la de la Santissima Trinidade. Aunque quizás el templo más visitado en Pico sea el que se levanta en Calheta de Nesquim en honor a São Sebastião, casi dentro del mismo mar. Es ésta una villa eminentemente marinera desde la que podemos realizar alguna que otra excursión rumbo a la Ponta da Ilha y su faro, a la bahía da Fonte y a Riberinha, entre acantilados con vistas a São Jorge. Pero antes de dar el salto y cambiar de isla, una última visita: São Roque do Pico, con un puerto ballenero donde se rinde homenaje a los arponeros con una singular escultura. Un baño en las piscinas naturales encajonadas en lava de las afueras pondrá el punto final perfecto al viaje.