Santa María, el dulce encanto de la isla amarilla

Por su cercanía, Santa María fue la primera en ser descubierta y la que mejor ha conservado su patrimonio.

 

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Veinte minutos de avión bastan –unas cuatro horas en ferry– para pasar de São Miguel a Santa Maria, un breve viaje que hay que hacer sin ninguna duda para descubrir a fondo la que es la isla más cercana al continente, con un cierto aire africano que se traduce en playas de arena tostada imposible de encontrar en cualquier otro rincón del archipiélago.

Por su proximidad fue la primera en ser descubierta y la que mejor ha conservado todo su patrimonio –en cada pueblo se pintan las casas de un color distinto–, gracias a su escasa actividad sísmica. Su ciudad más importante es Vila do Porto, fundada en la primera mitad del siglo XV, aunque los peces y moluscos que decoran sus aceras suponemos no son de esa época. El centro neurálgico de la ciudad bien podría ser el largo de Nossa Senhora da Conceição, con un convento franciscano reconvertido en sede del Ayuntamiento y un quiosco de música en cemento. Los edificios más representativos de la villa son la iglesia matriz de Nossa Senhora da Assunção, la Misericórdia y el fuerte de São Brás, que, con sus nueve cañones, sirvió durante mucho tiempo para proteger a los habitantes de la isla de los ataques de los piratas. Y es que Santa Maria fue asediada sin piedad durante años, hasta tal punto que se tuvo que crear un cargo público –el Memposteiro dos Cativos– con la única misión de negociar la liberación de los rehenes. Sin duda, se trata de una buena historia para rememorar junto al puerto, aunque no tan atractivo como cabría esperar. Nos gusta más el molino de viento que podemos contemplar en la parte de Flor da Rasa, sobre la villa, que con su cuerpo de piedra y sus aspas de lona extendidas reproduce el modelo típico de Holanda.

Al mismo concelho de Vila do Porto pertenece la Praia Formosa, cuyo nombre lo dice todo: es una de las mejores de las Azores. La bahía de Praia, encajonada entre acantilados, es, además, una de las preferidas de los surfistas y, seguramente también, por la multitud de jóvenes que hasta aquí llegan durante el tercer fin de semana de agosto para disfrutar del Festival Maré de Agosto, con la participación de músicos de todas partes del mundo. Un gran escenario al aire libre garantiza la diversión y mucha marcha hasta altas horas de la madrugada. Todo un aliciente, como lo es también admirar la bahía desde el mirador da Macela, situado en la carretera que se encamina hacia Almagreira, famosa por los barros con óxido de hierro y plomo que necesitaban para desarrollar sus trabajos los alfareros de la zona.

Viñas a orillas del atlántico
Pero aún hay más motivos para desplazarse hasta Santa Maria. Uno es conocer Maia, entre la ponta do Castelo y la ponta do Castelete, entre el mar y la montaña, con sus corrales de viñas incrustados en los acantilados. ¡Las cepas del vinho do Cheiro rozan casi el mismo mar! Todo un espectáculo que merece la pena rememorar, mientras nos damos un baño en su piscina natural antes de ir a buscar ese segundo lugar por el que bien vale la pena visitar esta isla. Hablamos de São Lourenço, al que debemos aproximarnos despacio, tal vez contemplando las vistas que se obtienen desde su mirador. Viñas escalonadas, casas pintadas de blanco y añil, el ilhéu do Romeiro con ese arco por el que pasan los barcos… Es para muchos un pequeño trozo de paraíso que se engrandece aún más en su coqueto casco histórico –hay que ver los azulejos de la capilla de Jesús, María y José– y en sus alrededores, donde se impone una subida al Pico Alto, el techo de la isla con sus 587 metros de altitud.

Desde el pico es posible seguir una ruta senderista bien señalizada hasta la bahía da Cré, próxima ya a Anjos, nuestra última parada. Fue éste el lugar en el que recaló Cristóbal Colón al regreso de su viaje de América, en el año 1493. Lo primero que hizo el descubridor fue cumplir su promesa y escuchar misa junto a sus hombres, cosa que ocurrió tras los recelos iniciales del gobernador, que pensó que eran piratas en una iglesia de la que ahora sólo se conserva un arco junto a otra iglesia del siglo XIX, situada a la entrada del pueblo. Éste representa el apunte histórico de Anjos, de casas amarillas y tierras fértiles, que cuenta con la mejor piscina natural de la isla, rodeada de gradas.