Terceira, la eterna fiesta de la isla malva

Terceira

Los habitantes de la isla de Terceira son conocidos por su amor a las fiestas, la música, el baile...

 

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Si por algo son conocidos los habitantes de Terceira es por su amor por las fiestas. Cada día serían capaces de inventarse una sólo con tal de soltar a los toros para que corran por la plaza principal de Angra do Heroísmo, la capital. Aquí no saben quién es San Fermín, pero como si le conocieran de toda la vida, tal y como se puede apreciar en las famosas sanjoaninas, que se prolongan más de una semana en torno al 24 de junio.

En Terceira aman la música, el baile, el vino… y quien más y quien menos disfruta enseñando cada rincón de la isla a los turistas y visitantes que vienen de fuera, sin ocultar el orgullo que les produce su tierra, tan llena de historia y con más atractivos de los que pueda parecer a primera vista. “Aquí hay muchas otras cosas que ver, moito bonitas”, comentan siempre. Y es cierto. Pasear por Angra –en portugués, bahía– es como retroceder en el tiempo y situarse, de pronto, en la época colonial. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, “la muy noble, siempre leal y constante” localidad azoreña, planificada urbanísticamene según las normas propias del Renacimiento, recibió el título de ciudad allá por 1534. Lo de “heroica” le viene por haber protagonizado gestas contra diferentes enemigos –entre ellos, Felipe II, al que opusieron fuerte resistencia– y por haber dado morada al rey Dom Pedro en 1883. En su historia se puede profundizar en el Museo de la Ciudad, dividido en cuatro secciones que repasan el descubrimiento de las islas, el papel esencial de Angra en el archipiélago, la evolución de la vida social en los últimos tiempos y la época contemporánea.

Desde el mirador del obelisco del Alto da Memória resulta fácil sentirse como un vigía controlando la llegada de los corsarios. Angra do Heroísmo tiene forma de anfiteatro abierto al océano, con un puerto siempre animado, y un casco histórico con calles de suelos empedrados que suben y bajan como un tobogán entre palacios, iglesias, conventos… La villa fue restaurada por completo tras el terremoto de 1980, del que salieron damnificados algunos monumentos, como su Sé (1568-1618), la catedral del Salvador que también tuvo que soportar un incendio cuatro años después. Sus torres rematadas por azulejos son su principal seña de identidad.

Pero es la Praça Velha el verdadero centro neurálgico de la ciudad, y el Parque Botánico do Duque da Terceira, con sus palmeras, magnolios y especies exóticas, el mejor lugar para darse un respiro. Un descanso que se puede prolongar curioseando en las tiendas de la peatonal rua da Palha y sus calles paralelas, o buscando una pastelería para probar las tradicionales Donas Amélias (quesadas) antes de proseguir rumbo al castillo de São João Baptista, que, con sus cuatro kilómetros de murallas, es una de las fortalezas más grandes de las levantadas por el imperio español. El baluarte fue construido durante el reinado de Felipe II y llegó a acoger a una guarnición de 1.500 hombres que utilizaban sin temor las 400 piezas de artillería que entonces protegían el lugar, en cuyo interior aún podemos ver la Plaza de Armas, la capilla de Santa Catarina y la iglesia de São João Baptista, que fue mandada construir por Dom João IV tras recuperar la plaza fuerte.

La playa más extensa de las azores
Terceira es la isla malva, por el color de sus flores. Aunque también podría disputarle el honor de ser verde a São Miguel, a juzgar por los extensos campos que se suceden nada más abandonar Angra. En coche o a pie podemos comenzar el ascenso al Monte Brasil, volcán costero rodeado de exuberante vegetación, cuyo cráter aparece rodeado de picos, como el de das Crucinhas, desde el que nos despedimos de la localidad de Angra con una sugerente vista panorámica.

La capital se aleja de nuestra vista al tiempo que buscamos en el mapa otra villa de peso en Terceira, Praia da Vitória, que recuerda en su nombre la derrota que los absolutistas sufrieron a manos de los liberales en el año 1829. Un monumento alegórico conmemora aquel episodio histórico en el centro mismo de la Praça Francisco Ornelas da Cãmara, de la que parte la siempre concurrida rua do Jesús, con adoquines en el suelo y pintorescas casas que conducen hasta un bonito jardín y un mercado del siglo XIX. De esta misma época es también la iglesia matriz de Santa Cruz, que, aunque muy renovada, conserva algo de su impronta gótico-renacentista. Otro templo interesante es el del Senhor Santo Cristo, con tablas flamencas en su interior y muy cerca de la casa del escritor Vitorino Nemésio (1901-1978), uno de los narradores de mayor renombre de las islas.

Hasta Praia da Vitória se viene a pasear por su maravilloso y cuidado casco antiguo, pero también para caminar al borde del mar, con los pies descalzos pisando esa arena marrón que da color a la playa más extensa de las Azores, separada de la ciudad por la muralla del viejo puerto. Para admirarla en su plenitud nada como subir hasta el mirador del Monte do Facho, a cuyas espaldas se abren las lagunas del Paúl, punto de encuentro de las aves que cruzan el Océano Atlántico. En Praia da Vitória resulta recomendable alejarse de las carreteras principales y avanzar por la línea litoral, con pequeñas y coquetas bahías, convertidas algunas en zonas residenciales, como Porto Martíns, que resulta especialmente sofisticada. El camino del mar nos conduce después a Porto Judeu, que nos pone en dirección a Feteiras.

Pero no nos equivoquemos. Si buscamos una localidad cien por cien marinera, ésa es São Mateus da Calheta, un lugar que es inigualable para saborear el mejor pescado recién capturado por los barcos que entran y salen de su agitado puerto, protegido de las tempestades y otros enemigos ya olvidados por el Forte Grande, una sólida construcción edificada durante el siglo XVI.

En sus inmediaciones se levanta un mirador, que debe ser visitado por todos aquellos que gusten de las historias balleneras de esas que abundan en las islas. Y es que en él fueron depositadas las cazuelas de hierro en las que se derretía la grasa obtenida de los cetáceos para elaborar aceite.

Secretos del vino azoreño
Mucha historia, pero de otro calibre, encierra Biscoitos, rodeada de un monte volcánico de roca negra cuyo aspecto recuerda precisamente a los típicos biscoitos, esos panes duros amasados con agua y harina y cocidos dos veces para preservar su duración. Estamos en zona vinatera por excelencia con viñedos plantados casi en la misma lava. Para observarlos lo mejor es subir hasta el mirador de la Peregrina, a 150 metros de altitud, antes de acudir a visitar uno de los sitios más turísticos de la isla, el Museu do Vinho dos Biscoitos, junto a la Iglesia Nueva. Documentos, herramientas, fotografías de época… En su interior también es posible descubrir todos los secretos de la elaboración de los vinos azoreños, producidos con las variedades de verdelho, arinto (pedernã) y terrantez, que se pueden degustar en una pequeña bodega situada al final del recorrido. Probarlos constituye el mejor preludio a una tarde de sol en las piscinas naturales –perfectamente acondicionadas con duchas y otros servicios- que rodean la localidad de Biscoitos, con otros puntos de interés en las inmediaciones, como la afilada Ponta do Mistério das Quatro Ribeiras.

La costa en Terceira aún esconde más sorpresas, como la localidad de São Sebastião, la Baía das Mós, el faro de Ponta das Cavalas y la pequeña Ponta da Cruz, desde donde es posible contemplar ya los ilhéus das Cabras. ¿Y el interior? Pues también. Sólo hay que dirigirse hasta Algar do Carvão, una profunda cueva situada en el interior del cráter de un volcán. No hay peligro: éste sí que no se quiere despertar. Eso sí: para adentrarse en ella es imprescindible llevar ropa de abrigo –la temperatura una vez dentro cae en picado– e incluso un chubasquero para no salir empapado. A sólo un kilómetro, más emociones: las que deparan las Furnas do Enxofre, formadas por una veintena de fumarolas de las que sale continuamente vapor blanco. Estamos en todo momento en el interior de la gran Caldeira de Guilherme Moniz, la mayor de todo el archipiélago, con 15 kilómetros de diámetro y una de las tres que, con su erupción, provocó la formación de Terceira. Para completar el apasionante viaje por la isla podemos visitar también la Furna d’Agua, un túnel de lava cerca de Cabrita, la serra de Santa Barbára, con otra gran caldera de la que forma parte el Pico Gordo, la serra de Labaçal donde pacen plácidamente los novillos que serán protagonistas después de las populares touradas, y la serra de Morião.

Es, sin duda, un último itinerario de lo más natural, antes de sucumbir a la práctica de alguna de las muchas actividades al aire libre que se pueden practicar en la isla de Terceira, como golf, submarinismo, surf, windsurf… Todo, en una extensión de 385 kilómetros cuadrados, donde se funden arte, cultura, deporte, historia y mucho amor por la tierra y sus costumbres.

¡Que vienen los toros!
Entre los meses de mayo y septiembre, la isla de Terceira acoge la nada despreciable cifra de 220 touradas aproximadamente. Los ganaderos trasladan desde los campos a las ciudades y pueblos jaulas con novillos que serán soltados después por las calles bajo la atenta mirada de los pastores, que, perfectamente ataviados con camisas blancas y sombreros negros, tirarán de ellos con una cuerda para evitar que se salgan del recorrido marcado. Todo un espectáculo, una gran fiesta en la que los habitantes de la isla aprovechan para hacer negocios, establecer nuevos vínculos sociales o, simplemente, disfrutar de la gastronomía más típica.