Castilla-La Mancha

El Parador de Alarcón se asienta sobre un meandro del río Júcar.

El Parador de Alarcón se asienta sobre un meandro del río Júcar.

Parador de Alarcón

Sobre un meandro del río Júcar. Ahí es donde se asienta el Parador de esta localidad conquense, que encuentra acomodo en un castillo, una auténtica fortaleza medieval que se alza poderosa sobre un promontorio. Trece siglos de historia contemplan este bastión, construido por los musulmanes allá por el siglo VIII y tomado por el rey Alfonso VIII cuatro centurias después. Su aspecto original se debe, sin embargo, a don Juan Pacheco, marqués de Villena, hombre de confianza de Enrique IV de Castilla que se enfrentó a los Reyes Católicos en su apoyo a Juana La Beltraneja. Habitado, en sus tiempos, por el insigne literato don Juan Manuel, ha sido testigo de innumerables asedios y revueltas.

La Torre del Homenaje –con una habitación en lo más alto–, de planta rectangular y aspecto renacentista, constituye su principal seña de identidad, junto a almenas, puertas y lienzos de la muralla. El interior refleja el señorío de entonces gracias a la madera de roble y textiles que acentúan su impronta medieval. El uso de los tonos rojos y naranjas y una mezcla de estilo moderno y clásico sirven para enmarcar una valiosa colección de pintura, con obras de Tàpies, Redondela y Sempere, entre otros autores.

Parador de Almagro

Cinco minutos a pie separan el Parador de Almagro (Ciudad Real) de la Plaza Mayor, en la que se emplaza el Corral de Comedias, construido entre los siglos XVI y XVII. Aunque hubo un tiempo en el que también funcionó como teatro, el hoy Parador es un antiguo convento, el de San Francisco, fundado por la familia Dávila de la Cueva en 1596 y en activo hasta bien entrado el siglo XIX. Las representaciones teatrales que durante un tiempo en él se realizaron tenían que ver con su función también como albergue de peregrinos, que así se distraían antes de seguir su camino para obtener la indulgencia plenaria. En 1850 pasó a ser un hospital, aunque aún le quedaría una segunda vida como convento franciscano antes de ser cerrado definitivamente, y transformado más tarde en Parador.

Es el claustro, de traza mudéjar, con planta rectangular y doble arquería de medio punto, la estancia más antigua del lugar, que cuenta con hasta 14 patios interiores y una iglesia del siglo XVII. Las habitaciones, instaladas en las antiguas celdas monacales, aportan paz y quietud, al igual que sus galerías. Trabajos en madera y delicadas celosías completan la ambientación interior, que permite viajar a los huéspedes al pasado.

Parador de Cuenca

El Parador de Cuenca no puede tener mejor emplazamiento: en el convento dominico de San Pablo, levantado en el siglo XVI sobre la hoz del Huécar, compendio de escarpadas paredes y frondosa vegetación en las afueras de la ciudad, frente a las Casas Colgadas. El convento fue fundado por el canónigo Juan del Pozo Pino, cuyo anagrama se repite por todo el edificio. El motivo por el cual eligió este entonces solitario lugar, perfecto para la oración, parece ser que obedeció a cosas de la providencia, aunque hay quien cree que pensaba que bajo la roca a cuyos pies se ubica –conocida como La Sultana– confluían fuerzas telúricas. En su interior construyó una iglesia, con planta de cruz latina, con altas columnas y una cubierta de tracería del gótico tardío. Del conjunto exterior llama especialmente la atención la calidad de la piedra empleada en su sobria factura y la portada, del siglo XVIII, que evidencia la transición del barroco al rococó.

La capilla del antiguo cenobio es hoy una moderna cafetería que da paso al claustro acristalado, de dos pisos: el inferior está formado por arcadas de medio punto, mientras que el superior está cegado con pequeños ventanucos. El suelo original de granito ha sido sustituido por otro de mármol, a modo de damero en blanco y negro. Quienes cenen en el restaurante deben saber que lo hacen en el antiguo refectorio, que conserva su púlpito original y un magnífico artesonado. Un apunte histórico más: en 1534, Juan del Pozo mandó construir un puente que comunicara el convento con la ciudad, salvando la hoz del Huécar. El puente, que costó 63.000 ducados, estaba formado por cinco arcos de cantería, apoyados en pilares cuyos restos aún se pueden ver. Fue demolido en 1895 y en su lugar se realizó otro metálico, que es el que hoy existe.

Parador de Sigüenza

Dicen que el fantasma de fray Bernardo, primer obispo de este castillo, pulula de vez en cuando por él. A quienes les gusten las leyendas encontrarán en el hoy Parador un sinfín de historias, algunas inexplicables, y otras, quizás más reales, como la que recuerda que en una de sus torres estuvo secuestrada doña Blanca, la esposa a la que repudió Pedro I El Cruel. Quizás estos apuntes basten para despertar la curiosidad de cualquiera y descubrir la bella localidad alcarreña en la que se emplaza esta fortaleza del siglo XII, Sigüenza. Una ciudad que conserva intacto su casco antiguo medieval y su valor más universal: el sepulcro en la Catedral de un joven doncel, don Martín Vázquez de Arce, que contempla meditativo el paso del tiempo. Instalado en una alcazaba árabe, edificada sobre un asentamiento romano, el imponente castillo de “la muy singular y muy histórica ciudad” es uno de sus principales monumentos.

Su construcción comenzó en el año 1123, aunque fue entre los siglos XIII y XIV cuando empezó a tener su verdadera silueta. En su interior, hoy llama la atención del visitante su gran patio, que mantiene en su centro el viejo pozo, muy hondo y tallado en la misma roca, y una galería de madera. Los escudos que se suceden por todo el edificio pertenecen a muchos de los obispos y nobles que alguna vez vivieron aquí, en donde también se alojaron grandes de nuestra historia, como los Reyes Católicos, el cardenal Cisneros o Fernando VII. En la planta baja es donde se emplaza el salón del Trono, con muros de tonos rojizos y una chimenea renacentista, espacio en el que los señores de Sigüenza impartían su justicia. Gruesos y apuntados arcos de piedra sirven para sostener otra de las salas más importantes del castillo, el comedor grande, también llamado salón de doña Blanca.