Extremadura

El patio interior constituye uno de los grandes atractivos del Parador de Cáceres.

El patio interior constituye uno de los grandes atractivos del Parador de Cáceres.

Parador de Cáceres

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, la ciudad de Cáceres brilla en todo su esplendor en su casco histórico. Es ahí donde se alza el Parador, que es el resultado de un conjunto armoniosamente integrado por el palacio de los marqueses de Torreorgaz y de la llamada casa de Ovando Mogollón, Perero y Paredes, ambos del siglo XIV. El primero de ellos, también conocido como Palacio del Comendador de Alcuécar, es la suma de distintos estilos artísticos, desde el gótico –del que se conservan varias puertas y ventanas y la propia torre– hasta la fachada, del siglo XVIII, con una portada neoclásica en la que se aprecian los escudos de las Casas de Carvajal y Ulloa.

La parte más antigua es la Torre, levantada con mampostería y sillares graníticos, que luce una ventana gótica de doble arco. También ventanas góticas posee la otra casa que da forma al Parador, la de los Ovando, de estilo muy cacereño, con una puerta bajo arco de medio punto, enmarcada por un alfiz y varios escudos pertenecientes a sus propietarios, que fueron pioneros en eso de cruzar el mar en busca de nuevas tierras. Su patio interior es pequeño y armónico, uno de los grandes atractivos de este singular alojamiento.

Parador de Guadalupe

Paz y sosiego. Eso es lo que se respira en este Parador extremeño, situado justo enfrente del famoso monasterio en el que se guarda con celo la talla de la Virgen de Guadalupe, del siglo XII. El hoy hotel se erige sobre lo que en su día fue el palacio del marqués de la Romana, del siglo XVI, anteriormente Colegio de Infantes, centro docente-religioso de prestigio en el que se impartía el trivium: gramática, retórica y dialéctica.

El palacio se comunica con el antiguo hospital de San Juan Bautista, del siglo XV, proporcionando al conjunto un claro aire mudéjar. El hospital funcionó también en sus tiempos como una escuela de cirugía y en él se formaron algunos de los médicos de la corte de los Reyes Católicos. Es más: en sus salas se practicó la primera disección de un cuerpo humano en España. Los dos edificios fueron restaurados en los años 60 del pasado siglo para acoger este Parador, que conserva los patios originales, repletos de limoneros y naranjos. Los arcos de las ventanas de sus largos pasillos se encuentran cubiertos por celosías de madera, un detalle que permite recordar el sabor de otras épocas, algo para lo que sirven también los espejos y arcones que se suceden en los corredores.

Parador de Jarandilla

Alcaravanes y avutardas sobrevuelan este palacio-castillo extremeño (siglo XV), que, durante meses, acogió a Carlos V mientras aguardaba la construcción de la que sería su última morada junto al monasterio de Yuste. El hoy Parador es el principal monumento de Jarandilla, en el centro del vergel que forman la Vera y el Tiétar, entre gargantas de agua, piscinas naturales, bosques de castaños y robledales que reafirman la riqueza de su entorno histórico y monumental.

El castillo fue mandado construir por Fernando Álvarez de Toledo, una vez que esta localidad fue integrada dentro del condado de Oropesa. Así lo demuestran los blasones que aún se pueden ver en el edificio: los de fuera pertenecen al emperador, pero el resto, rodeados con cinco hojas de higuera, son los de la Casa de Oropesa. Constaba el lugar por aquel entonces de un patio de armas de dos pisos y de varias galerías góticas de las que aún disfrutan los huéspedes. Un buen ejemplo, sin duda, de arquitectura militar que, al mismo tiempo, resultaba muy habitable, con palmeras y fuentes. Cuando Carlos V se alojó aquí en el año 1556 pidió que en su habitación hicieran una chimenea, deseo que se cumplió, tal y como en la actualidad se puede comprobar. También exigía el monarca que hasta esta temporal residencia se le llevaran “las mejores ostras de los mejores mares”, aficionado al buen comer como era. La Torre del Homenaje es el elemento más interesante del recinto, junto al patio central, por cuyos muros trepa la hiedra, con dos galerías de arcos en un lateral y torres prismáticas y redondas en los ángulos. A pesar de que resultó muy dañado tras el saqueo que sufrió a manos de las tropas napoleónicas durante la Guerra de la Independencia, el castillo se encuentra en un excelente estado de conservación.

Parador de Mérida

No podía ser de otra forma: el lugar exacto en el que se enclava este Parador extremeño estuvo ocupado por un templo romano, dedicado a la Concordia de Augusto. Y es que la antigua Emerita Augusta era un lugar estratégico para el control de Hispania y punto de paso obligado en la Vía de la Plata, camino natural sobre el que los romanos trazaron una calzada para unir las costas atlántica y cantábrica. Después se construiría aquí mismo, tan cerca del Arco de Trajano, una basílica visigoda, una mezquita y una iglesia cristiana, la de Santiago, antes de que en el siglo XVIII se fundara un convento para alojar a la Orden de Santa Clara.

Es éste el que cede sus hechuras al actual Parador de Mérida, con un precioso patio interior y un salón que, en sus tiempos, fue una capilla. Hacia ella miraban, durante la posterior gestión de la Orden de los Franciscanos, las camas de los enfermos que acogían en el convento. Tras su uso religioso, el edificio fue utilizado también como un hospital. En los jardines se ha instalado el llamado Jardín de las Antigüedades, con piezas que narran su historia entera: hay una columna romana, un capitel visigodo…? Otros hallazgos se encuentran en el Museo de Arte Romano.

Parador de Plasencia

Yo, doña Leonor, duquesa de la ciudad de Plasencia, con licencia y consentimiento del duque mi señor mando fundar un monasterio de la Orden de nuestro padre Santo Domingo a honor y reverencia de San Vicente de los Predicadores a quien singularmente tengo devoción”. Con estas palabras, Leonor de Pimentel, la entonces condesa de Zúñiga, esposa de don Álvaro, dejaba constancia, allá por el siglo XV, de su deseo de levantar en la ciudad extremeña un convento en pleno centro de la localidad, justo donde en sus tiempos hubo una sinagoga. Quiso también la dama que, de entre todos los religiosos que en él vivieran, cinco se dedicaran de forma exclusiva al estudio de la Teología. Antes de ser transformado en Parador pasó a manos de los padres del Corazón de María, si bien le tocaría vivir después años de total abandono.

De estilo gótico tardío, con elementos renacentistas, es una joya más dentro de la Vía de la Plata. El acceso al complejo conventual se realiza por la zona oeste, a través de un pórtico del siglo XVIII. En su interior destacan la sala capitular, con su bóveda de crucería, y la escalera al aire, una obra realizada en el año 1577 por el maestro local Juan Álvarez, que constituye un prodigio arquitectónico debido a su envergadura. El claustro conserva en su planta baja restos de un artesonado policromado de factura mudéjar, mientras que en la planta alta se pueden ver escudos de los Zúñiga, de los dominicos y hasta una alegoría de la muerte, todos ellos del siglo XVI. De la misma época es el refectorio, con un friso de azulejos policromados de Talavera –ciudad hermanada con Plasencia desde el siglo XIII–, hoy reconvertido en restaurante del Parador. Excavada bajo la roca, la antigua bodega, donde se llegaron a reunir hasta cien mil cántaros de vino, se ha transformado en un moderno bar chill out.

Parador de Trujillo

Un antiguo torno de madera a la entrada ya nos hace suponer que el edificio en el que hoy se emplaza este Parador extremeño fue en sus tiempos un convento. Fue construido en el siglo XVI para alojar a las monjas concepcionistas procedentes de la orden fundada por Santa Beatriz de Silva y Meneses, esposa de Juan II y dama y amiga de Isabel la Católica. Allí vivieron desde el año 1533 hasta prácticamente su reconversión en Parador, un monumento que por aquí todo el mundo conoce como Convento de Santa Clara, en honor a una de sus fundadoras, Catalina de Santa Clara. Aunque una de sus inquilinas más ilustres fue Francisca, la hija de Pizarro, explorador y conquistador de Perú que nació en Trujillo. Un monumento le rinde tributo en la Plaza Mayor, mientras que su hija descansa para la eternidad en el coro de la iglesia del convento.

En él, la sobriedad del granito protege al que es el lugar más especial de todos: el claustro de doble pórtico y estilo herreriano, con un cuerpo superior de columnas con zapatas cubierto por un antepecho con óculos. En él hay un bello brocal de pozo con la polea para sacar el agua. Un segundo patio proporciona al conjunto una nota de luminosidad que embellece el entorno. Bóvedas, puertas, ventanas, escaleras de cantería…? todo aquí rezuma historia, incluso, claro está, la espadaña plateresca desde la que tantas veces sus campanas habrán llamado a la oración. Las celdas de las religiosas han dado paso a unas confortables habitaciones en las que predomina la madera, y el refectorio se ha transformado en un agradable bar donde poder revivir la historia y pensar en los ilustres moradores que un día tuvo el lugar. Por aquí pasaron los Reyes Católicos, Felipe II, Felipe III… que hicieron donaciones para conservar tan espiritual enclave.

Parador de Zafra

Tierra de templarios, moldeada por los alfareros, la Baja Extremadura, en la provincia de Badajoz, ofrece paisajes, pueblos y ciudades realmente evocadoras, como la propia Zafra, la bella Safar árabe, desde cuyo castillo, hoy transformado en Parador, distinguidos nobles gustaban de contemplar sus dominios.

El Alcázar de los duques de Feria es un castillo-palacio edificado en el siglo XV que, visto por fuera, parece más un bastión defensivo que una casa acondicionada para vivir en ella. Pero esa es solo la sensación. Construido en mampostería de pizarra y ladrillo y coronado por almenas, encuentra en sus torreones, de 25 metros de altura, su parte más destacada. Más alta es aún –30 metros, con 12 de diámetro– la Torre del Homenaje, que preside todo el conjunto, en cuya entrada se pueden apreciar los escudos de los que fueran ilustres caballeros Suárez Figueroa, que llegarían a ser duques de Feria por la gracia real otorgada por el monarca Felipe II. Su buena posición entonces permitió un futuro de dichas a la familia, que pudo contactar así con Juan de Herrera, el arquitecto del Monasterio de El Escorial, para que diera un nuevo aire a algunos rincones. La mejor muestra de su paso por aquí es el bello claustro renacentista, en mármol blanco. También resultan de interés la capilla –con una cúpula gótico mudéjar–, el Salón Dorado –jalonado de escudos, con artesonados de los siglos XVI y XVII– o la sala que hoy acoge el bar, con techumbre mudéjar. Las nueve torres almenadas que se intuyen desde el exterior protegen un interior regio, grandioso, con arcones, herrajes, pasamanos y otros detalles decorativos bien conservados del edificio original. Entre sus huéspedes más ilustres figura el mismísimo Hernán Cortés, quien durmió aquí antes de partir hacia la conquista de México.