País Vasco

El Palacio de los Larrea acogió al emperador Napoleón Bonaparte.

El Palacio de los Larrea acogió al emperador Napoleón Bonaparte.

Parador de Argómaniz

Vaya por delante un apunte histórico: en el edificio en el que hoy se ubica el Parador alavés paró un día para reponer fuerzas Napoleón Bonaparte. Entonces esto no era un hotel, así que no lo eligió para hacer turismo sino para tomar las últimas decisiones sobre el asalto a Vitoria, a menos de 20 kilómetros de aquí. Reabierto en el verano de 2009 tras una profunda remodelación, el Parador de Argómaniz vuelve a lucir con toda esa belleza que se le presupone a un espléndido palacio renacentista como éste, con el escudo de los Larrea, influyente familia de la época, presidiendo su fachada.

Antes de ser palacio –en 1712 ya lo era–, es más que posible que hubiera sido un convento de los carmelitas descalzos. Y, después, granero donde guardar y trillar las mieses. En las estancias, suelos, mobiliario, arcones y otros detalles proporcionan encanto a cada rincón del inmueble, que está dividido en tres alturas, con tejado a cuatro aguas y arquerías en los soportales de la fachada. En el Parador predomina la piedra de sillería en el exterior y la madera en el interior, obtenida ésta de robles y encinas de las sierras de Encia y Urbasa. La que se ve desde los balcones es la de Gorbea, sobre la belleza natural de la llanura alavesa.

Parador de Hondarribia

Situada a cinco kilómetros de Irún, a los pies mismos del monte Jaizkibel, en la bahía de Txingudi, que forma la desembocadura del Bidasoa. Es ahí donde se encuentra Hondarribia y es ahí donde se halla su Parador, que se alza sobre un castillo fundado por el rey don Sancho Abarca de Navarra en el siglo X y ampliado después por otro monarca llamado también don Sancho, El fuerte. Aunque su austera y elegante fachada responde a los expresos deseos del emperador Carlos V, quien reforzó tan importante baluarte para impedir el asedio de los franceses del otro lado del río. Por aquí pararon Isabel de Valois –tercera esposa de Felipe II–, Felipe III, Felipe IV y un sinfín de ilustres personajes, como el duque de Alba, gobernador del castillo a los 18 años recién cumplidos, el poeta y militar Garcilaso de la Vega o el marqués de Spínola que aparece en el cuadro La rendición de Breda, obra de Velázquez.

El edificio mantiene la estructura de una auténtica fortaleza medieval en un entorno monumental y costero. Su aspecto defensivo, con gruesos muros, esconde un interior magistralmente recuperado. No hay que hacer caso a quienes aseguraron en sus tiempos que “aquí a las paredes se las escucha crujir de noche” o que en los pasadizos que hay bajo el suelo pululan unos cuantos fantasmas… La piedra inmensa y desnuda sirve para enmarcar el patio. Las lanzas, cañones y armaduras, los forjados y artesonados dan un aire aún más señorial a este histórico enclave, que cuenta con una habitación única, la de la Reina María Cristina, dotada de una amplia bóveda. El Parador recuerda así a otra de sus insignes inquilinas, clave en la restauración del castillo como buena amante que era de las bondades del Mar Cantábrico para la salud y de la cercana San Sebastián, a solo 20 kilómetros de aquí.