Parador de Cangas de Onís

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Pese a que los orígenes del monasterio de San Pedro de Villanueva, en Cangas de Onís, se pierden en las entrañas de la vieja Edad Media, un conjunto de labrados capiteles de la portada de su iglesia revelan el motivo de su creación y la enmarcan en los primeros tiempos de la monarquía asturiana. Según la tradición, este auténtico cómic en piedra cuenta la tragedia del segundo rey astur, Favila, despedazado por un oso durante una cacería.

La sucesión de imágenes, talladas por canteros del siglo XII, comienza con Favila a caballo, con un halcón en la mano, despidiéndose de su esposa, Froiluba, con un beso, antes de partir de caza. A continuación, ambos rostros aparecen ampliados, besándose de nuevo junto a su palacio. Estas dos escenas preceden al mortal combate entre Favila y el oso, que abraza mortalmente al monarca al tiempo que exhibe sus fauces. Tras la tragedia, otro capitel nos devuelve a la mansión familiar, donde Froiluba, con los brazos en jarras, lamenta la muerte del rey y rememora su marcha. La secuencia concluye con el cadáver del soberano en brazos de ángeles alados, que combaten por su alma frente a un demonio con forma de dragón.

Favila era hijo del mítico Pelayo, elegido caudillo por los astures para encabezar la rebelión contra los invasores sarracenos a comienzos del siglo VIII. La contienda iniciada por él culminó en el año 722, en la batalla de Covadonga, cuando los árabes fueron emboscados y derrotados por los cristianos, liberando aquellas tierras e iniciando el Reino de Asturias.

El pequeño feudo de Pelayo estableció su capital en Cangas de Onís y en un principio se limitó a afianzar parte del territorio de la cornisa cantábrica. Sin embargo, a comienzos del siglo X sus dominios ya alcanzaban todo el noroeste peninsular, desde Oporto hasta Álava. Esta expansión supuso la metamorfosis del reino astur hacia el de León, una vez establecida la capital en esta ciudad. Pero la victoria de Pelayo representó el germen de la Reconquista, epopeya que culminaron los Reyes Católicos ocho siglos más tarde, en 1492, con la derrota del reino nazarí de Granada.

Una vez expulsados los musulmanes de Asturias, las iglesias fueron restauradas y se erigieron nuevas abadías. Pelayo, fallecido en el 737, fue sucedido por su hijo Favila, aunque su reinado apenas duró dos años. Cuenta la leyenda que su hermana Ermesinda y el esposo de ésta, Alfonso I El Católico, nuevo rey, erigieron, sobre los cimientos del antiguo palacio de Favila, en el mismo lugar donde hoy se alza San Pedro de Villanueva, un templo que honrara su memoria y un panteón para sí mismos. Una escritura desaparecida, revelada en el siglo XVII por el obispo de Pamplona, Prudencio de Sandoval, incluso sitúa la fecha de fundación en el 746. De aquella construcción, nacida bajo advocación de Santa María de Covadonga, no ha quedado rastro, salvo unos restos arqueológicos. El cenobio que hoy alberga el Parador de Cangas de Onís fue construido por los benedictinos en el siglo XII, que ya se referían a él como San Pedro.

Un patrimonio único. En el siglo XVI, San Pedro, como tantos otros monasterios, se incorporó a la Congregación de San Benito el Real de Valladolid, iniciando una próspera etapa, que culminaría con su remodelación en los siglos XVII y XVIII. Aunque buena parte de la construcción del siglo XII fue derribada, las estructuras y tallas que se conservan representan uno de los ejemplos más destacados del románico en Asturias. Los capiteles de la portada de la iglesia, el triple ábside y la capilla de San Miguel, entre otros ejemplos, componen un patrimonio único.

Los reyes astures dotaron al monasterio de múltiples propiedades que garantizaran su subsistencia. Desde el principio, los monjes administraron un buen número de parcelas de cultivo, prados y bosques a ambas riberas del Sella. También poseían los derechos de explotación del río a lo largo de un extenso tramo, circunstancia que les permitía gestionar las licencias de pesca, construir molinos harineros, levantar puentes e incluso instaurar un servicio de barca para que los parroquianos, por una modesta suma, pudiesen cruzar el Sella y asistir a los oficios religiosos. Gracias a sucesivas donaciones, estos bienes se fueron ampliando. En el siglo XIII, el patrimonio de San Pedro abarcaba también haciendas en los concejos de Parres, Ribadesella y Cabrales.

Los ingresos del convento procedían de dos fuentes: los diezmos parroquiales, que se recaudaban en varias iglesias adscritas a San Pedro –como Santa Cruz de Cangas o la mitad de los de Covadonga–, y las rentas que generaban sus fincas.

Las mayores extensiones eran alquiladas a familias poderosas de la comarca por un periodo de “tres vidas de reyes”. Pagaban por ellas en metálico y luego las subarrendaban. Las pequeñas fincas, por el contrario, eran cedidas por anualidades a los campesinos, que abonaban un modesto importe en especie, como una gallina, un celemín de trigo o unos cuartos de maíz.

Ora et labora. La vida en el cenobio se organizaba según el principio del ora et labora (oración y trabajo). Con esta filosofía planificaban su jornada al detalle, con el objetivo de estar siempre ocupados. La ociosidad, en aquellos tiempos, se consideraba una peligrosa amenaza para el alma. Así, los monjes velaban por la producción de sus cultivos, la crianza de los animales, las reservas del granero, la recolección de leña o el mantenimiento de la abadía. Labores éstas que se compaginaban con el trabajo espiritual diario, cumpliendo con un riguroso protocolo de oraciones y asistencia a oficios religiosos perfectamente definido por la regla de San Benito.

El abad y sus monjes también invertían parte de su tiempo en la gestión de las finanzas del cenobio y a la administración de sus múltiples propiedades. Aunque arrendaran los terrenos, ellos dirigían de manera concienzuda los cultivos y las explotaciones.

Con los beneficios generados por las rentas, adquirían ropa para la confección de los hábitos, construían nuevas infraestructuras en el río, cercaban y roturaban terrenos, sufragaban obras de mejora, reparaban los desperfectos ocasionados por las riadas, adquirían objetos litúrgicos, ofrecían limosna a los pobres y facilitaban préstamos a bajo interés a los labradores.

La mayor parte de los beneficios obtenidos eran, por tanto, redistribuidos entre albañiles, artesanos y campesinos. Pese a tratarse de una comunidad pequeña que nunca superó la media docena de hermanos, incluidos el abad, el prior y el mayordomo, los hermanos de San Pedro contribuyeron de forma esencial al desarrollo económico de la comarca.

El claustro barroco. Las dependencias de la abadía se organizaban en torno al claustro. Desde él se accedía a la portería, sala capitular, refectorio, cocina, iglesia, dormitorios, caballerizas e incluso a la huerta, que los eremitas cultivaban con sus manos.

El claustro románico era distinto al actual, más pequeño, ligeramente desplazado y con solo tres paños. A mediados del siglo XVII se hallaba tan deteriorado que los monjes iniciaron en él la gran reforma de la abadía. Las obras comenzaron en la década de 1670, con piedra procedente de cuatro canteras vecinas, y se prolongaron por espacio de veinte años. El resultado de aquella obra es prácticamente el mismo que puede contemplarse hoy en día, con cuatro paños de dos alturas y estilo barroco clasicista.

Desde el claustro se accede a la capilla de San Miguel, que los monjes también utilizaron como sacristía y sala capitular. Entre sus paredes, la hermandad releía los capítulos de la regla de San Benito y confesaba sus faltas ante el abad. La triple arquería que la precede compone uno de los elementos artísticos más antiguos y singulares del monumento. En su parte central está sostenida por grupos de cuatro columnas y capiteles con motivos vegetales, mientras que los extremos se apoyan en unas dobles columnas adosadas al muro y capiteles similares.

La capilla está situada a los pies de la iglesia y enlaza con ésta a través de un arco de medio punto. Ocupa la posición habitual de los panteones reales edificados en la temprana Edad Media, así que, si efectivamente yacieron en San Pedro los cuerpos de Alfonso I El Católico y su esposa, Ermesinda, este lugar tuvo que ser el escogido para albergar sus sepulturas.

Refectorio, cocina y zaguán. Los monjes dedicaban varias misas al año a los reyes fundadores y se referían a la arquería de la capilla como la “entrada al palacio”, tal vez en alusión a la fortaleza de Favila sobre cuyas ruinas, según narra la tradición, fue levantado el monasterio de San Pedro. En el mismo tramo de la galería, a corta distancia de la capilla, se conserva una puerta románica de labrados capiteles que antaño permitía a los eremitas acceder al templo de forma directa. Fue cegada en el transcurso de la reforma barroca y redescubierta durante las obras del Parador.

El refectorio del monasterio acoge la cafetería del establecimiento. Antaño los monjes almorzaban en este lugar en absoluto silencio, escuchando las oraciones y pasajes que leía uno de ellos. A continuación se ubica la antigua cocina, construida en el año 1765, que se conserva intacta. Destaca por su voluminosa chimenea de sillería, que se apoya sobre tres arcos. Era el único lugar del cenobio donde estaba permitido encender fuego, debido al evidente riesgo de incendio. Estaba considerada como una de las mejores que poseía la Orden, ya que raramente echaba humo al interior de la estancia. La escalera claustral, por su parte, ocupa el espacio de las caballerizas medievales. Fue construida en 1685, posee un arco de medio punto en la entrada y permite acceder a la planta superior, donde se concentraban las celdas de los monjes, así como el calefactorio, la antesala del coro, el coro y la entrada a la torre.

Alojamiento de peregrinos. La reconstrucción barroca del monasterio implicó cambios en el modus vivendi de los hermanos, ya que, por ejemplo, afectó a la estructura de los dormitorios. Mientras que en la Edad Media compartían una única celda común, a partir de entonces dispusieron de pequeñas celdas individuales, orientadas hacia el río. Tras la escalera se situaba la portería, hoy convertida en recepción del Parador, donde un hermano, generalmente de edad avanzada, recibía a las visitas y procuraba alojamiento a los religiosos y frailes peregrinos. Los necesitados recibían regularmente limosnas y pequeñas cantidades de cereales en esta dependencia, y dos días a la semana les ofrecían almuerzo.

La portada, por su parte, fue concluida en 1687 y rompe con la severa austeridad del resto de las fachadas. Su puerta, adintelada y enmarcada por molduras mixtilíneas, está rematada por una cornisa que se apoya sobre ménsulas y un frontón, con una hornacina en el centro que alberga una imagen de San Pedro. Sobre ella, sendos escudos coronados: el de la monarquía española y el de la orden benedictina.

Basílica de Covadonga

 

 

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