Parador de Granada

Parador Museo de Granada.

Parador Museo de Granada.

 

Ver galería de fotos

La historia contempla que Boabdil, el último sultán nazarí de Granada, entregó la ciudad a los Reyes Católicos el 2 de enero de 1492, tras una década de guerra marcada por la potencia militar cristiana y las fuertes desavenencias entre la monarquía musulmana. Boabdil había usurpado el trono a su padre, Muley Hacén, y se enfrentó a su tío, Al-Zagal, mientras los cristianos tomaban Ronda, Málaga, Marbella y otras ciudades, hasta sitiar Granada en 1491.

La leyenda, además, apostilla que cuando Boabdil andaba camino del exilio hacia las Alpujarras, con el corazón encogido por la pérdida, se detuvo en lo alto de una colina, contempló la Alhambra por última vez y derramó una lágrima. Su madre, la sultana Aixa, le recriminó su cobardía diciéndole: “Llora como una mujer lo que no supiste defender como un hombre”. Desde entonces, a aquel lugar se lo conoce como El suspiro del moro. Entre aquellas mansiones de ensueño que el sultán dejó atrás existía un palacio nazarí, envuelto por la música del agua y rodeado de jardines. Había sido construido en el siglo XIV con trazas semejantes al Generalife, aunque a menor escala. Cuando las milicias católicas penetraron en la ciudad, la reina Isabel, cumpliendo una promesa, entregó este palacio a los frailes franciscanos, con el objetivo de que los rezos cristianos comenzaran a propagarse por el paraíso de los infieles.

El castillo rojo. La ciudad palatina de la Alhambra, denominada así por el tono rojizo de sus muros (“qa’lat al-Hamra” significa “castillo rojo”), está situada en lo alto de la colina de la Sabika, en la margen izquierda del río Darro, frente al barrio del Albaicín, y fue erigida por los nazaríes sobre antiguas construcciones árabes. Cuando el primer monarca nazarí, Al-Ahmar (Muhammad I), llegó a Granada en 1238, la corte se instaló en la vieja alcazaba del barrio del Albaicín, instaurada allí por los ziríes, la dinastía anterior. Este laberinto de calles estrechas y serpenteantes se encarama a la colina y se extiende alrededor de una red de acequias y aljibes que recogen el agua de lluvia de los tejados, alimentando huertas y viviendas.

Cada vez que el sultán alzaba la vista hacia el horizonte, contemplaba las ruinas que coronaban la colina de la Sabika. A fuerza de mirar, alumbró la idea de edificar una ciudad palaciega, autosuficiente e independiente, que acogiera, además de su residencia, a criados, soldados de élite y altos funcionarios. Él mismo comenzó la construcción de la Alhambra, aunque ésta alcanzó su esplendor bajo los gobiernos de los grandes sultanes constructores: Yusuf I (1333-1354) y Muhammad V (1362-1391).

Un príncipe desconocido. Tras la toma cristiana de Granada, el mismo año en que se descubrió el Nuevo Mundo, la Casa Real quedó establecida en la ciudadela árabe. Sus palacios fueron sometidos a intensas reparaciones, realizadas por artesanos moriscos, y en 1526 el emperador Carlos V ordenó la construcción del palacio que lleva su nombre. Todo el conjunto, del que forma parte el Parador de Granada, fue declarado Monumento Nacional en 1870 y Patrimonio de la Humanidad en 1984, junto con el Generalife y el Albaicín, y hoy es uno de los enclaves más visitados del mundo. Sus palacios, jardines, patios y manantiales, contenidos por una muralla medieval que abraza un perímetro de 1.400 metros, representan la culminación del arte andalusí. En aquellos tiempos nazaríes, el Parador de Granada fue morada de un príncipe cuyo nombre ha olvidado la historia. La vivienda ocupaba el centro de la zona oriental de la medina de la Alhambra, al final de la Calle Real, y la rodeaban vastos jardines que, organizados en bancales, descendían hacia el foso de la muralla norte. La suntuosidad palaciega convivía con el aire rústico de la huerta árabe.

El edificio fue levantado bajo mandato de Muhammad III (1303-1309), aunque sufrió ampliaciones a mediados del siglo XIV, coincidiendo con los reinados de Yusuf I y Mohammed V. El palacio ocupaba una superficie de casi mil metros cuadrados y se organizaba en torno a un patio alargado, atravesado por la Acequia Real, descubierta, que sustituía a la tradicional alberca central de los palacios nazaríes. Las alcobas se situaban en los extremos, separadas por arcos.

En aquellos tiempos existían dos albercas que acumulaban agua para las dependencias palaciegas. Una de ellas sigue usándose y se sitúa frente a la fachada Este del edificio. La otra desapareció tras la llegada de los frailes. La sala cuadrada o qubba del mirador ocupaba el centro del palacio y aún se conserva prácticamente intacta. Destaca por las formas geométricas que adornan su cúpula, los llamados mocárabes, similares a los de la Sala de los Reyes de la Alhambra. Sus paredes también lucen adornos vegetales (atauriques) y otras yeserías, que los franciscanos conservaron a lo largo de tantos siglos. Exhiben el clásico escudo con la banda y el nombre de Muhammad V, probable mecenas de la última remodelación nazarí, así como varias inscripciones que rezan “solo Dios es vencedor” y “gloria a nuestro señor el sultán Abu Abdallah”.

De aquellas estructuras también se conserva una de las estancias principales del antiguo palacio, hoy conocida como Sala Nazarí. Sus extremos albergaban las alcobas o alhanías, elevadas con respecto a la sala principal y separadas de ésta por arcos. De su interior destaca un zócalo alicatado y varios tramos de yeserías.

El origen del “hammam”. En el transcurso de una excavación arqueológica, realizada en los años 40 del siglo XX, fueron hallados los restos del antiguo baño nazarí, que aún permanecen descubiertos. Se sitúan a un nivel inferior del edificio, bajo el mirador, y se consideran antecedente del hammam del Palacio de Comares, la residencia oficial del sultán en la Alhambra. El baño contaba con una primera sala cuadrada que servía de vestuario (maslah). A través de un recodo se accedía a la sala fría (bait al-barid) y a la templada (bait wastani). Contigua estaba la sala caliente (bait as sajun), de grandes dimensiones y equipada con una pileta de inmersión de la que aún hay restos de alicatado.

Un edén vegetal. Un vergel rodeaba el complejo y descendía formando escalones hacia las torres y lienzos almenados de las murallas de la Alhambra. Como todo jardín nazarí, se inspiraba en la concepción musulmana del paraíso, un edén vegetal capaz de proporcionar placer a los cinco sentidos: color, luz y sombra para la vista; flores y arbustos perfumados para el olfato; dulces frutas para el gusto; la sinfonía del agua para el oído, y la textura –húmeda o seca, suave o rugosa– de sus materiales para el tacto.

A los pies del jardín se situaban tres torres de la fortaleza andalusí: la de los Picos, a la izquierda, llamada así por las pirámides que coronan la almena; la del Cadí, en el centro, atravesada por el camino de ronda y en la que se apostaba el jefe de la guardia, y la de la Cautiva, a la derecha, que al parecer sirvió de refugio a Isabel de Solís. Esta cristiana, convertida al Islam bajo el nombre de Soraya, fue la favorita del sultán Muley Hacén y su romance provocó una guerra civil.

Al igual que hoy, el Generalife, resplandeciente, se situaba frente a los jardines. Era la residencia de descanso del sultán y constituía la finca más destacada de la fortaleza roja; el “trono de la Alhambra”, como la describía el poeta Ibn Zamrak.

El convento de San Francisco. Al llegar los franciscanos, éstos adaptaron los espacios del palacio a sus necesidades. Buena parte de la estructura nazarí fue destruida, aunque se conservaron algunos elementos de gran valor. Empezaron la reforma por la iglesia, a finales del siglo XV, estableciendo la nave principal en el centro de la residencia, cubriéndola con una bóveda de cañón y situando el coro a los pies, en la galería superior. El altar mayor ocupaba la antigua qubba, bajo la cúpula de mocárabes. La cubierta de la nave quedó arruinada con el paso de los siglos y hoy se conserva como un volumen abierto, el Patio de Isabel la Católica, antesala del mirador nazarí. La comunidad arrasó también el baño árabe, lugar de connotaciones pecaminosas, y estableció en él las cuadras del recinto. Los jardines, asimismo, fueron reconvertidos en la mayor huerta de la Alhambra. Se dividía en seis paratas y, gracias a la abundancia de agua, proporcionaba unas generosas cosechas de frutas, legumbres y hortalizas.

Los frailes eran mendicantes, pero apenas recibían limosnas, ya que sus vecinos de la Alhambra compartían la pobreza con idéntica severidad. La huerta y la cría de animales representaban, por tanto, su principal fuente de riqueza, al poder comerciar con los excedentes en el mercado.

La cesión del palacio iba acompañada de un importante privilegio, puesto que los hermanos, hasta el siglo XVII, dispusieron de tres soldados a su servicio, que cuidaban de las mulas, pastoreaban el rebaño y ayudaban en el huerto. Los franciscanos, asimismo, recaudaban algunas monedas acogiendo en sus caballerizas las monturas de los viajeros que llegaban a la Alhambra. Con el tiempo, incluso desarrollaron una industria de confección de hábitos, que distribuían por múltiples conventos. En el siglo XIX, las tropas napoleónicas pusieron fin a este negocio al destrozar sus instalaciones, al tiempo que expoliaban los bienes del cenobio.

La vida del convento oscilaba principalmente en torno al claustro, que hoy constituye uno de los espacios más acogedores del Parador de Granada. Se apoya en un conjunto de 16 columnas toscanas con arcos rebajados en ambas plantas y la decoración es inconfundiblemente barroca. Su construcción forma parte del ambicioso conjunto de mejoras que se realizaron a lo largo de todo el siglo XVIII. Las causas de esta ampliación hay que buscarlas sobre todo en dos sucesos muy relevantes: los intensos temporales del invierno del año 1708, que afectaron gravemente al edificio, y la visita a la Alhambra del que fue primer monarca Borbón, Felipe V.

Parador exclusivo. Entre 1729 y 1730 se realizó una buena parte del trabajo, que culminó con la construcción de la torre del campanario, hecha de ladrillo y rematada algunas décadas más tarde, en 1787, configurando el convento de forma definitiva. Los monjes, debido a la escasez de medios de los últimos tiempos del convento, evitaron a duras penas la ruina del cenobio, hasta que se vieron obligados a abandonarlo a causa de la Desamortización de Mendizábal, en 1835. Desde entonces, el inmueble fue destinado a los fines más diversos, como cuartel, almacén de artillería, casa de pobres de solemnidad e incluso hospital durante la Guerra Civil.

En el año 1945 se convirtió en uno de los más exclusivos Paradores de Turismo de España, tanto por su arquitectura como por su ubicación, con unas vistas privilegiadas del Generalife, Sierra Nevada o la Alhambra. Las rústicas celdas fueron transformadas en lujosas alcobas, la huerta en un jardín botánico y el claustro y los salones, en acogedoras estancias, repletas de antigüedades y obras de arte.

Alhambra de Granada.

Alhambra de Granada.


 

 

Ver galería de fotos