Parador de León

Parador Museo de León

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En la Edad Media, trece caballeros que combatían a las órdenes del rey por la defensa de Cáceres frente a los musulmanes, arrepentidos por su vida disoluta, decidieron agruparse en un clan semejante a los templarios franceses. Los Fratres de Cáceres, así llamados en los primeros tiempos de su fundación, juraron luchar contra los enemigos de la Iglesia y salvaguardar a los peregrinos de Compostela. Tras ser derrotados en Extremadura, se establecieron en Uclés (Cuenca) bajo la nomenclatura de Orden de Santiago y lograron la adhesión de los canónigos regulares del convento de Loio (Lugo). Así nació la dualidad religioso-militar que siempre caracterizaría a la institución, confirmada mediante bula papal por Alejandro III en 1175. Mientras los frailes legos empuñaban la espada en defensa de la cristiandad, los frailes clérigos se ocupaban de los oficios religiosos.

Con las donaciones de sus caballeros y los beneficios de sus gestas militares, la Orden acumuló rápidamente propiedades en Castilla, León y Portugal. Entre ellas, un convento leonés llamado San Marcos, que acabó convirtiéndose en cabeza de la institución en el Reino de León y que hoy alberga uno de los Paradores monumentales más extraordinarios de cuantos existen.

Nace San Marcos. Aunque el actual convento fue erigido en los albores del Renacimiento español, hace 500 años, su origen se remonta al siglo XII, cuando la princesa Doña Sancha, peregrina y hermana del rey de León y Castilla, Alfonso VII El Emperador, cedió unas tierras atravesadas por el Camino de Santiago, en la ribera del río Bernesga. Allí, junto al puente de San Marcos, se erigió un hospital que atendiera a los romeros, así como una iglesia y un monasterio que ocuparon canónigos de San Agustín. A los pocos años, el leonés Suero Rodríguez, uno de los trece caballeros de Cáceres, se hizo cargo del convento y lo cedió a la Orden de Santiago, estableciendo una sede fija para los caballeros que protegían el Camino.

El San Marcos de antaño presentaba una estructura distinta a la actual, ya que la iglesia y el convento se hallaban enlazados mediante un caótico entramado de corredores, callejas, alcobas y almacenes, típico de los tiempos medievales. El hospital, por su parte, se hallaba aislado frente al cenobio, en mitad de la actual Plaza de San Marcos. El complejo constituía una ciudad en miniatura, con corrales, huertas, almacenes, establos, bodega, cárcel y su propio cuerpo de clérigos, sanitarios y sirvientes. Mientras los frailes gestionaban la casa y se preocupaban de atender los maltrechos cuerpos de los peregrinos, los caballeros de la Orden reconquistaban el territorio peninsular frente a los árabes, espada en mano, a lomos de sus corceles.

El nuevo cenobio. El capítulo de la Orden de Santiago celebrado en Valladolid en 1513, bajo presidencia del rey Fernando el Católico, maestre de la Orden, aprobó la sustitución del viejo convento por un monumento grandioso, cuya intención, más allá de renovar las dependencias medievales, sería reflejar la importancia y el poder de la Orden.

Para financiar la obra, el rey Fernando destinó a San Marcos una renta anual de 300.000 maravedíes. Los planos fueron realizados por Pedro de Larrea en 1514 y un año después se iniciaron las obras bajo la dirección de Juan de Horozco, que siguió como maestro hasta la conclusión de la iglesia, en la década de los 30, siendo ésta consagrada en 1541. La fachada comprendida entre el templo y la portada se construyó entre 1531 y 1541, al mismo tiempo que se remataban dos alas del claustro. La nueva fábrica quedó comunicada con la otra mitad del convento, que en esa primera fase aún conservó casi intacta su estructura medieval. En esta etapa intervinieron como maestros Juan de Álava y Martín de Villareal, que se encargaron de rematar la fachada, y Juan de Badajoz El Mozo, que trabajó en el claustro y erigió la monumental sacristía.

Conclusión del convento. Las obras quedaron paralizadas en 1562, después de que el Capítulo General de la Orden tomara la decisión de trasladar el convento de San Marcos a Extremadura, debido a las tensiones, continuas durante siglos, entre la casa original de la Orden, en Uclés, y San Marcos, cuyos priores siempre observaron la cabeza de la institución como una bicefalia. Las presiones ejercidas por la rama leonesa de la Orden lograron sus frutos coincidiendo con el ascenso al trono de Felipe III, que aprobó el regreso de los freiles (frailes con voto militar) a San Marcos en 1602. Las obras se retomaron lentamente en 1615, aunque la conclusión de San Marcos no fue una realidad hasta 1720. Pese a tan dilatado periodo, la insistencia de los freiles ante los arquitectos, abogando siempre por una radical continuidad en el estilo, impidió que el convento se viera afectado por las modas imperantes. Las dos alas pendientes del claustro se remataron a imagen y semejanza de las que ya existían, bajo la dirección de Pedro del Hoyo y Toribio de la Teja, en el siglo XVII, y de Pedro Salgar en el XVIII. El tramo izquierdo de la fachada, desde la portada a la torre del río, apenas se diferencia del resto, pese a que las separan casi dos siglos. Fue realizado por Martín de Suinaga y Antonio y Pedro de Valladolid. A lo largo de este periodo también se reestructuraron las antiguas dependencias medievales, dejando en pie únicamente los lienzos del claustro viejo y la torre del oeste.

El claustro, tanto por dimensiones como por arquitectura y decoración, compone uno de los espacios más sugerentes del edificio. Su planta es cuadrada, de 40 metros de lado, con galerías de cinco metros, cubiertas abajo por ocho tramos de bóvedas de crucería en cada ala, que se apoyan en ménsulas.

Altar sobresaliente. Las tallas que ornamentan los distintos tramos de las galerías representan el único elemento que permite vislumbrar matices renacentistas o barrocos, en función de la etapa en que fueron edificados. En la planta inferior destacan los medallones de las claves de las bóvedas y las ménsulas, que presentan sobre todo imágenes de santos y personajes bíblicos, aunque también emblemas de Santiago, ángeles, elementos florales y calaveras. La obra más sobresaliente es un altar pétreo situado junto a la entrada de la iglesia, obra del escultor francés Juan de Juni. Protagonizado por San José, Jesús y la Virgen María, llama la atención por el original fondo renacentista, en forma de espacio urbano clásico, con unos soberbios edificios en perspectiva.

La planta alta conducía a una parte de las celdas de los monjes, al cuarto prioral y al coro, y se comunicaba con la inferior mediante dos escaleras: la principal y la que desemboca en la sacristía. Sobre cada arco de la galería baja se asientan ahora dos escarzanos, que se apoyan sobre columnas con capiteles decorados a veces con motivos fantásticos. El barroco aparece esbozado en los medallones del friso de entreplantas y de las enjutas de estos arcos, tanto por el estilo como por los monarcas que representan, más contemporáneos. Les acompañan otros personajes, como El Cid, Hernán Cortés o Francisco Pizarro.

Desde las dos plantas del claustro se accede a la iglesia, erigida en el mismo lugar donde se alzaba el templo medieval. Su estilo se enmarca dentro del gótico tardío, aunque con algún rasgo renacentista, y posee una única nave, que está dividida en cinco tramos rectangulares cubiertos por bóvedas de crucería. Las capillas laterales están encajadas entre los contrafuertes y el coro se sitúa a los pies, sobre la tribuna.

Destacadas hornacinas. La fachada principal está enmarcada por dos torres sin acabar, enlazadas por un pórtico que alberga la portada. Sobre ésta, una terraza abalconada, en cuyo centro se sitúa un óculo que ilumina el coro. El conjunto concluye con un frontispicio triangular, decorado con el águila bicéfala de Carlos V. El cuerpo bajo de las torres acoge sendas hornacinas. La de la izquierda, que es la mejor conservada, representa el descendimiento de la cruz y es uno de los trabajos más destacados de Juan de Juni en el convento. A la derecha, una escena del calvario con la figura de la Magdalena. La decoración del frente se complementa con conchas de peregrino, veneras santiaguistas, gárgolas y pináculos.

El claustro comunica en la misma zona con la monumental sacristía de Juan de Badajoz El Mozo, que hoy alberga un anexo del Museo de León. En su interior se conserva una importante colección de pintura y otros objetos que pertenecieron a los freiles de la Orden. La estancia consta de dos salas muy luminosas, terminadas en 1549 y cubiertas con bóvedas de crucería estrellada. La primera alberga la sacristía conventual y destaca por su decoración, inspirada en el templo de Salomón. Incluye múltiples dorados, medallones, altares y un retablo pétreo con Santiago Matamoros combatiendo contra los infieles en Clavijo. A continuación, la sala del tesoro, mucho más austera, donde se conservaban las reliquias y los objetos litúrgicos más valiosos.

Sala capitular. La galería baja del claustro también enlaza con la sala capitular, que está cubierta por un magnífico artesonado mudéjar del siglo XVI. Fue construido en madera de alerce y sorprende por su magnífica labor de talla, con artesones y casetones decorados con piñas y florones, además de un friso con querubines. Este espacio desemboca en el zaguán, desde el que se accedía a la portería del convento, hoy monumental hall de entrada del Parador, protagonizado por una llamativa escalera de 1615.

A continuación se alzaba el claustro medieval, desde el que se accedía al refectorio, la cocina, la bodega (actual bar-cafetería), la panadería, la ropería, las aulas de filosofía (hoy restaurante) y la cárcel, entre otras dependencias. Las celdas de los freiles, de cara al río, ocupaban la planta superior, así como el noviciado, el cuarto prioral, el oratorio y las aulas de estudio.

El viejo claustro alberga hoy el Salón Reyes Católicos del Parador, cubierto con un techo de madera esculpida de doce metros de lado, obra del artista madrileño Lucio Muñoz (1929-1998).

En San Marcos, como en todo convento santiaguista, se seguía la regla de San Agustín y se acogía a tres tipos de miembros: freiles casados, que podían ser autorizados a residir con sus familias; freiles célibes, guerreros de vida más severa, y freiles religiosos, responsables de la vida espiritual. La orden también poseía cenobios de mujeres, las comendadoras, que atendían a los peregrinos y acogían a las esposas e hijas de los casados mientras éstos participaban en sus campañas militares. Todos hacían voto de pobreza y obediencia.

Cada día, los caballeros asistían a misa y rezaban 23 padrenuestros. Los domingos comulgaban y ayunaban en cuaresma. Asimismo, juraban lealtad a la patria, al rey y a su maestre, al tiempo que debían ser compasivos y moderados, y convertirse en criados de los pobres tres veces al año. Aquellos que faltaban a su juramento, cometían sacrilegio, maltrataban a su esposa o revelaban secretos eran castigados severamente, hasta el extremo de ser azotados, despojados de su caballo, armas y emblemas, y obligados a comer en el suelo, en las escudillas de los perros.

Institución acaudalada. Los candidatos eran sometidos a una rigurosa investigación con el objetivo de demostrar su origen noble y su limpieza de sangre. No podían tener ascendencia árabe o hebrea, ni relación con conversos, herejes o villanos. También se exigía la limpieza de oficio, sin vinculación con prestamistas, mercaderes o escribanos públicos, condición que se suavizó a partir del siglo XVI.

Cuando Fernando el Católico toma el control de la Orden de Santiago, a finales del siglo XV, ésta se había convertido en una institución acaudalada, cuyas rentas ascendían a más de 30 millones de maravedíes. Los caballeros de Santiago podían cabalgar desde el convento conquense de Uclés hasta sus posesiones en Portugal sin dejar de pisar territorio de la Orden. Gobernaban 200 villas habitadas por 200.000 ciudadanos, además de múltiples conventos de hombres y mujeres, innumerables parroquias y un puñado de hospitales. Su territorio estaba dividido en provincias, que a su vez se estructuraban en encomiendas. Al frente de cada una se situaba un comendador, que residía en un castillo o fortaleza de su territorio. Estas sedes funcionaban como unos verdaderos centros administrativos en los que se recaudaban las rentas de las tierras, las industrias y los pastos, así como los derechos de paso, los impuestos y el diezmo.

Con los ingresos obtenidos, los comendadores tenían que componérselas para sostener a los caballeros asignados a su cuidado y financiar un ejército bien armado, que se mantuviese siempre a la espera de las órdenes del maestre y fuera a combatir a los musulmanes en el frente que éste dictara.

Las propiedades eclesiásticas, por su parte, acabaron estructuradas en dos territorios, que gobernaban los priores de San Marcos y de Uclés. Ambos eran todopoderosos en sus dominios y los caballeros que residían en las dependencias conventuales tenían que obedecerles en todo momento.

En 1837, la vida conventual llegó a su fin, tras la aprobación de la Desamortización de Mendizábal. Los freiles abandonaron la que había sido su casa durante casi 700 años, dando inicio a un largo período de decadencia del edificio, con constantes cambios de moradores y usos, pese a la declaración de San Marcos como Monumento Histórico Artístico en 1844. San Marcos fue Instituto de Segunda Enseñanza (1848), Casa de Misioneros y Corrección de Clérigos de la Diócesis (1851), Escuela de Veterinaria (1852), Colegio de Misioneros de Ultramar de la Compañía de Jesús (1859), Museo de León (1869), cárcel provincial (1870), sede para enfermos de viruela del Hospital de San Antonio (1874) y Casa Central de Estudios de los padres escolapios (1879). Por fin, en 1894 el edificio fue entregado al Ministerio de la Guerra para establecer las oficinas del Estado Mayor del 7º Cuerpo del Ejército, primero, y el Depósito de Sementales del Ejército, después, en 1868. Los equinos ya no abandonarían el convento hasta 1961. Durante la Guerra Civil española, San Marcos albergó también un campo de concentración por el que pasaron 20.000 milicianos y presos políticos republicanos.

Un hotel en San Marcos. En 1963, San Marcos fue traspasado al Instituto Nacional de Industria, con el fin de reconvertirlo en un hotel de la máxima categoría. La reforma se inició el año siguiente y fue rematada en 16 meses. El nuevo Hostal de San Marcos fue inaugurado el 5 de junio de 1965 y su gestión quedó a cargo de la Empresa Nacional de Turismo (Entursa), hasta que en 1986 se convierte en Parador de Turismo. Sus salones y dormitorios, repletos de arte y antigüedades, conservan la abrumadora belleza labrada por aquellos canteros renacentistas y barrocos.

 

 

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