Parador de Oropesa

Parador Museo de Oropesa.

Parador Museo de Oropesa.

 

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Durante el siglo XIX, una generación de cronistas extranjeros viajó a España con la intención de describir los paisajes y tradiciones del país. Estos atípicos turistas, conocidos como “viajeros románticos”, atravesaban la meseta a bordo de las diligencias de correos, en busca de los lugares más auténticos y pintorescos de nuestra geografía. Uno de ellos, el británico George Borrow, fue el primero en detenerse en la localidad toledana de Oropesa, atraído por la mole de piedra que conforman el castillo y el palacio condal. Este último, desde hace ya ocho décadas, alberga el Parador de Turismo de la localidad. Borrow quedó seducido por el entorno y lo alabó en sus publicaciones, encendiendo el aura legendaria que hoy acompaña al monumento. Tras sus huellas llegaron otros, como el fotógrafo de la reina Isabel II, Charles Clifford, que retrató a las gentes de Oropesa; el hispanista Richard Ford o el maestro Joaquín Sorolla, quien, ya en el siglo XX, utilizó idéntico escenario para esbozar parte de su serie pictórica sobre las costumbres españolas, por encargo de la Hispanic Society of America.

El palacio albergó desde el siglo XIV la mansión residencial de los Álvarez de Toledo. Don García, fundador del clan, recibió el señorío de manos de Enrique II de Trastámara en recompensa por su apoyo en la guerra contra Pedro I El Cruel. Se estableció en la villa con su esposa, Mencía, e inició las obras del palacio y la ampliación del castillo, una vieja fortaleza de origen árabe que los cristianos recuperaron en el siglo XI. Un siglo más tarde, en el año 1477, los Álvarez de Toledo ascendieron de señores a condes. El título les fue concedido por Isabel la Católica en reconocimiento a su ayuda en la contienda sucesoria contra Alfonso V de Portugal. El miembro más relevante de la saga fue Francisco de Toledo, nombrado Virrey de Perú por Felipe II, cuyo oro procedente del Nuevo Mundo financió buena parte del patrimonio monumental que hoy posee Oropesa. El noble recorrió todo el territorio andino, dictó nuevas ordenanzas que protegían a los indios de los abusos, construyó hospitales, fundó ciudades, edificó fortalezas y enriqueció a la corona. Su gestión, sin embargo, quedó empañada por la ejecución del último monarca inca, Tupac Amaru, acusado de asesinar a un gobernador castellano. El virrey financió la construcción de monumentos locales, como el colegio universitario o la iglesia de San Bernardo.

Durante cuatro siglos, los Álvarez de Toledo acogieron en palacio a huéspedes como Carlos I o San Pedro de Alcántara, cuya austera celda se conserva intacta. El clan se extinguió al despuntar el siglo XIX y el palacio fue heredado por los duques de Frías, que se encontraron con una mansión muy deteriorada y saqueada por las tropas napoleónicas. En el siglo XX pasó a ser de titularidad pública y se convirtió en una suerte de edificio comodín, que albergaba al mismo tiempo la escuela infantil, el teatro municipal, el cuartel de la Guardia Civil o el coso taurino, construido en el patio y rodeado de graderíos.

El Palacio Viejo. La residencia de los Álvarez de Toledo fue erigida en dos tiempos. Las obras del llamado Palacio Viejo comenzaron a finales del siglo XIV y es de estilo gótico. Se encuentra adosado al castillo, orientado hacia la sierra de Gredos. Sus estancias más nobles hoy albergan El Señorío, el restaurante del Parador, en el mismo salón donde antaño se servía a los condes, bajo un extraordinario artesonado de madera policromada. Desde su interior se accede al Salón de Cazadores y al Mirador de Doña Elvira, llamado así en recuerdo de la que fuera segunda señora de Oropesa. Está formado por cuatro arcos lobulados propios del estilo gótico, con escudos en las enjutas.

A continuación del restaurante se halla la cafetería del establecimiento, que ocupa la que fuera botica del palacio. Allí se elaboraban pócimas y ungüentos para aliviar el dolor y la enfermedad de los condes y de su personal de servicio. La estancia actúa como espacio de transición entre el Palacio Viejo y el Nuevo y se halla adherida a una torre medieval de época islámica, que formaba parte de la fortaleza amurallada.

A principios del siglo XVII, el IV conde, sobrino del virrey de Perú, impulsó la edificación del Palacio Nuevo, de estilo renacentista, perpendicular al anterior y unido a éste formando una ele. Las trazas son obra de Francisco de Mora, discípulo de Juan de Herrera, y resultan más ostentosas, con una fachada de tres plantas orientada hacia poniente. Destacan las dos galerías superpuestas con columnas jónicas que abrazan el patio. La ampliación acogía, además de las estancias oficiales de los condes, varias capillas, biblioteca, salones, contadurías, enfermería y alcobas para la servidumbre.

El balcón del Rey. El espacio más señorial del ala nueva es el Salón Condal, amplio y coronado por una bóveda de medio punto. Aquí los condes recibían a sus invitados de honor y aún hoy continúa siendo el lugar de las celebraciones importantes. A través de él se accedía a una sucesión de salones, abiertos al paisaje a través de siete balcones que conservan la rejería original del siglo XVII y exhiben los escudos condales. El conde usaba uno de ellos cuando debía dirigirse a los ciudadanos de la localidad; el mismo desde el que el rey Alfonso XIII pronunció su discurso a los pocos meses de la apertura del Parador.
En la zona más alejada del Palacio Viejo existe una torre octogonal, construida con sillería almohadillada, que alberga la habitación más demandada por los clientes del Parador de Oropesa: El Peinador de la Duquesa, bautizada así por la intensa luz que penetra en la estancia a través de los ventanales.

La leyenda de Paradores. Con la inauguración del Parador de Oropesa el 11 de marzo de 1930 arrancó la leyenda de Paradores de Turismo, ya que este antiguo palacio fue el primer hotel monumento de la cadena pública. Antes que él sólo se habían puesto en marcha los Paradores de Gredos (1928) y Cádiz (1929), ambos erigidos con un tipo de construcción moderna. En aquellos primeros tiempos, el Parador ocupaba tan solo una parte del palacio, cedida por el Ayuntamiento al Patronato de Turismo. En la planta noble se instalaron cinco habitaciones dobles, tres de ellas con baño, una estancia sencilla para la administradora y otra alcoba para chóferes, además de aseos colectivos y un comedor para 30 personas. El antiguo teatro municipal, en el nivel inferior, fue transformado en cochera. El alojamiento costaba 25 pesetas; un almuerzo, 8, y un café, 75 céntimos, y podían llegar a pasar cuatro días sin que apareciese un huésped.

Al estallar la Guerra Civil, Oropesa fue tomada por las tropas nacionales, comandadas por el general Bartomeu, que se estableció en la mansión condal. Tras la contienda, el edificio quedó arruinado y hubo que someterlo a remodelación.

En los años 40, el Parador se convirtió en un enclave estratégico para las relaciones entre España y Portugal. Aquí se reunían altos cargos de la red de inteligencia de ambas naciones para organizar los servicios secretos e implantar medidas que frenaran el contrabando en la frontera. Los gobernadores civiles de las provincias colindantes también lo eligieron para organizar la estrategia de persecución de los maquis, la guerrilla antifranquista que se ocultaba en los montes de la comarca.

En 1966, el Parador ya ocupaba toda la superficie del palacio y fue reinaugurado con 27 habitaciones. Sin embargo, la constante presencia de cazadores, muchos de ellos de la alta nobleza europea, y el auge del turismo hicieron que el Parador volviera a quedarse pequeño, reabriendo en 1972 con 47 habitaciones. En los 90 fue nuevamente remodelado, ganando más salones y una piscina exterior. Entre sus más ilustres huéspedes figuran aristócratas como don Juan de Borbón, su hijo el rey Juan Carlos I, Simeón de Bulgaria o Constantino de Grecia, así como escritores de la talla de Gerald Brenan, Graham Greene o William Somerset Maugham. Este último incluso publicó sus impresiones: “En un número de pequeñas ciudades y pueblos el Estado ha establecido Paradores, que son posadas en donde el pasajero puede estar seguro de encontrar todo el confort que pida… Avergüenzan a los hoteles de las ciudades universitarias y con catedral de Inglaterra”.

Historias del personal. La apertura del Parador no sólo supuso para Oropesa una revolución a nivel turístico sino que implicó la creación de nuevos puestos de trabajo en un entorno eminentemente agropecuario. En esos primeros años, el trabajo era radicalmente distinto al de ahora. La plantilla de 1930 estaba compuesta por un cocinero, dos camareras, tres limpiadoras y un guarda, además de la administradora. La mayoría era gente del pueblo que, aunque vivían a escasos metros, solían pasar la noche en los dormitorios del personal, pendientes de turistas rezagados y cazadores madrugadores. Las jornadas eran maratonianas y el abastecimiento suponía un reto. El Parador, por ejemplo, poseía huerta, donde se cultivaban verduras para el restaurante, y corrales para criar animales con el mismo objetivo. Cuando el pozo se secaba había que traer agua en camiones y el guarda hacía de agricultor, carbonero e incluso guía turístico, ya que acompañaba a los huéspedes hasta la vecina Lagartera para visitar a las bordadoras. El trabajo ha ido evolucionando con el tiempo, pero hoy Oropesa continúa constituyendo una auténtica escuela donde se han formado directores, jefes de cocina y otros técnicos ahora dispersos por toda la red nacional de Paradores.

 

 

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