Parador de Santiago

Parador Museo de Santiago.

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En lo alto de la capilla del antiguo Hospital Real de Santiago, bajo una bóveda de crucería, existe un friso que recorre los cuatro lados del cimborrio. Alberga una inscripción latina que, traducida, viene a decir: “Piensa que la muerte nos está amenazando siempre y que nuestra vida dura solo un instante. Piensa cuán falsos los deleites, cuán engañosos los honores, cuán mortales las riquezas, cuán breve, incierto y falso lo que todo esto puede servirnos. Por lo tanto, apártate del mal y haz bien a estos pobres”.

Esta filosofía tallada en piedra en el corazón del monumento inspiró a miles de eclesiásticos, médicos y auxiliares que a lo largo de cinco siglos atendieron a los peregrinos que arribaban a Compostela, así como a enfermos, huérfanos y necesitados de la ciudad.

El Parador Hostal dos Reis Católicos, tal y como hoy se le conoce, constituía una ciudad en miniatura, con su propio cuerpo de sacerdotes, sanitarios, boticarios, contables y sirvientes, bajo la autoridad única de un todopoderoso administrador. El recinto integraba enfermerías, corrales, almacenes, botica, cárcel, inclusa, bodega, cuadras, huerta medicinal y un conjunto de viviendas anexas para el personal. Desde su fundación hasta el siglo XVIII, la institución mantuvo con toda pureza el carácter de hospital medieval. En sus dependencias se velaba tanto por el cuerpo como por el alma del paciente, dualidad que configura la historia e incluso la extraordinaria arquitectura del edificio.

Pagado por los Reyes Católicos. La historia del Hospital Real arranca en 1486, cuando los Reyes Católicos inician el camino de peregrinación a Santiago, atravesando una Galicia asediada por bandoleros y con nobles y eclesiásticos enfrentados entre sí. La desolación es aún mayor a su llegada al Obradoiro, donde se asombran ante la falta de atención a los romeros, que llegaban desde los confines del mundo. En 1499, los monarcas envían por escrito una solución al deán de Santiago. La provisión dice textualmente: “Por cuanto nos somos informados e certificados que en la dicha cibdad de Santiago donde concurren muchos peregrinos e pobres de muchas naciones a visitar el bienaventurado señor Santiago Apóstol e Patrón de nuestras Españas ay mucha necesidad de un ospital donde se acojan los pobres peregrinos e enfermos que allí vinieren en romería e por falta del hedificio han perecido e perecen muchos pobres enfermos e peregrinos por los suelos de dicha yglesia e otras partes por no tener donde se acojer a quien los reciba e aposente… mandamos por ello facer un ospital a nuestras costas el qual entendemos dotar de nuestras propias rentas”.

Isabel y Fernando garantizaron el auxilio de los peregrinos, pero además erigieron un símbolo majestuoso de su poder en un territorio poblado de hidalgos díscolos. Las cadenas de la lonja simbolizan el carácter fronterizo del hospital, que hasta el siglo XIX gozó del privilegio de tener jurisdicción propia, como una embajada. Ni el omnipotente arzobispo, ni provisores, cancillerías o capitanes generales tenían potestad sobre sus empleados o cualquiera que se ocultara entre sus muros. El administrador era el único juez y solo respondía ante los Reyes o el Papa.

Escenario de comedias. Los Reyes le encargaron el proyecto a Enrique Egas, uno de sus arquitectos de confianza. Las obras se iniciaron en 1501 y supusieron la construcción de un edificio con planta de cruz latina y dos claustros. El de la izquierda albergaba la peregrinería de hombres (Salón Social), el refectorio y la cocina donde se les atendía (bar-cafetería del Parador), y la botica (Salón San Marcos). Mientras, el de la derecha acogía la peregrinería de mujeres (Recepción), la cárcel, la inclusa (Salón de Lectura) y la cocina mayor. La planta alta alojaba las enfermerías, la Sala Real, los aposentos del administrador y de los capellanes y el refectorio. El Hospital contaba además con una planta sótano destinada a almacenes y caballerizas. Estas últimas, hoy sede del restaurante Dos Reis, eran vaciadas varias veces al año para convertirse en escenario de comedias. Las compañías teatrales que arribaban en fiestas reportaban notables ganancias a la institución, que percibía un canon por cada espectador.

Tragedia y reestructuración. En el siglo XVIII, un triste acontecimiento precipitó la ampliación del Hospital, reclamada insistentemente por los administradores. Atrás existían dos patios construidos con posterioridad a los delanteros, aunque sostenidos por una débil estructura de madera. En 1752, durante una procesión por el interior del Hospital, un corredor se vino abajo, provocando varias muertes. Poco tiempo después, en el año 1760, se otorgaba la licencia para reedificar de cantería ambos patios, obra que ejecuta Lucas Ferro Caaveyro siguiendo las trazas barrocas de fray Manuel de los Mártires. La obra significó la reestructuración del edificio y lo configuró tal y como se mantiene hoy en día, con una planta en forma de cruz griega. El centro geométrico del edificio alberga la Capilla Real, de estilo gótico y declarada Monumento Nacional en 1912. En su interior sobresale el crucero, de planta cuadrada. Es el único espacio de doble altura en todo el edificio. Se abre a la planta superior a través de tres balconadas conectadas con las enfermerías. Esta circunstancia permitía a los dolientes escuchar misa postrados en sus camas.

Los pilares que articulan el crucero acogen un gran conjunto escultórico, considerado el más importante de la Galicia de principios del XVI. Estas 16 piezas renacentistas representan a los apóstoles predilectos de Cristo y a santos relacionados con la curación de los enfermos. Son obra de Nicolás de Chantarenne, a excepción de Santiago, que es de Pedro Francés. En el recinto destaca la rejería toledana, unas de las más antiguas que se conserva en Galicia. Fue forjada en 1508 por Juan Francés, que se desplazó a Santiago con cinco artesanos de su taller. El coro se situaba tras estos barrotes, a los pies de la cruz.

Camas hacia el altar. La capilla, hasta el siglo XIX, estuvo equipada con un altar de sorprendente armazón, con forma de templete, de dos alturas, y se situaba en el centro del crucero. El altar bajo, desde el que se celebraban oficios religiosos destinados al público de la capilla, se situaba sobre una plataforma de madera dotada de escalones. Cuatro recias columnas sostenían un segundo entarimado, cuyo centro albergaba otro altar desde el que se decía misa para los convalecientes, que escuchaban desde el lecho o asomados a los miradores. Las enfermerías poseían retrete, cocina y estufa en el centro, vigilada por los pacientes. Las camas se ordenaban en dos filas, orientadas hacia el altar. Hasta finales del XVII, cada colchón era ocupado por dos pacientes, a los que se entregaba camisones, pantuflos y caperuzas. Las salas se ventilaban con frecuencia y se aseaba a los dolientes con agua de hierbas. Las sábanas se cambiaban cada ocho días en verano y 15 en invierno. La paja de los jergones se renovaba dos veces al año y en la lavandería se hervían las ropas de los infecciosos.

En los primeros tiempos, el Hospital disponía de seis salas de enfermos, aunque llegó a superar la veintena en sus décadas finales. Unidas a la capilla estaban las de Santiago, destinada a enfermos de fiebres; Santa Isabel, para mujeres, y San Sebastián, de incurables. De cara al Obradoiro, las enfermerías de San Cosme, para eclesiásticos, y Santa Ana, de mujeres distinguidas. Hoy albergan el Salón Real y el Comedor Real.

“Observatorio de Agonizados”. La sacristía alta representa uno de los espacios más sobrecogedores del Hostal. El denominado Observatorio de Agonizados, tal y como reza una inscripción situada sobre su puerta, fechada en el año 1847, era el lugar donde escuchaban misa los moribundos en los últimos tiempos del Hospital Real. El virtuoso guitarrista Andrés Segovia, impulsor del ciclo Música en Compostela a partir del año 1958 y que aún se celebra todos los veranos, quedó absolutamente fascinado por la sonoridad de este rincón y lo eligió para ofrecer lecciones magistrales a sus alumnos. Don Andrés siempre pedía un colchón para cubrir el hueco de la balconada antes de comenzar a rasgar las cuerdas de su guitarra.

El nivel bajo de la sacristía consistía en un espacio cuadrado, que estaba dotado de arcos apuntados y cubierto por una compleja bóveda de crucería de nervios curvos. La necesidad de un espacio para conservar el archivo del Hospital obligó a su ampliación. En su interior aún conserva un llamativo retablo pétreo donde se encerraban las arcas del tesoro.

El administrador de la institución tenía a su cargo un equipo de casi sesenta personas, que además del personal sanitario, administrativo y de la botica incluía a una decena de capellanes. Éstos dominaban lenguas extranjeras para atender a los peregrinos. La plantilla también reunía oficios tan diversos como mayordomo, despensero, cocinero, hortelano, platero, joyero, latonero, calderero, estañero, herrero, carpintero, tonelero, costurera, lavandera, pintor o sastre.

Todos menos los contagiosos. Hasta 1834, la principal fuente de ingresos procedía del Voto de Santiago, relanzado por los Reyes Católicos en 1492, tras la conquista de Granada. El voto consistía en el pago de una cuota de cereal por cada labrador de la Corona de Castilla. El Hospital recibía un tercio de las rentas generadas por Granada. La institución, asimismo, recaudaba otros tributos y recibía donaciones de ciudadanos. Desde sus comienzos, el Hospital Real compatibilizó su función de acogida de peregrinos con el cuidado de enfermos, salvo aquellos que tuviesen “enfermedades contagiosas, así como pestilencia o de San Lázaro”, según las Constituciones de Carlos V (1524). En los siglos XVII y XVIII, el Hospital atendía entre mil y dos mil enfermos al año. Su equipo estaba compuesto por dos médicos, cirujano, oficial de cirugía y barbero-sangrador. Las Constituciones resultan un valioso documento sobre el trabajo sanitario. El médico visitaba a sus pacientes tres veces al día. Su misión era: “Mirar las aguas de cada enfermo, y detenerse con cada uno algún espacio para informarse largamente de todo lo que sea necesario, y mire y tiente los pulsos, toque y tiente las partes del cuerpo que convenga, y catándole la lengua al que lo hubiere menester haciéndosela limpiar, y para ello el Administrador haga tener los instrumentos necesarios”.

En 1845, debido a una larga sucesión de problemas financieros, el centro dejó de tener carácter nacional para pasar a convertirse en Hospital Central de las Cuatro Provincias de Galicia. La decadencia, sin embargo, afectó también a esta nueva fórmula y en el año 1879 se transforma en el Hospital Provincial de La Coruña. En 1942 la Facultad de Medicina se hizo cargo de la mitad de sus camas, que quedaron agregadas al Hospital Clínico. En esos últimos años se cubría un gran número de especialidades como Medicina, Cirugía, Obstetricia, Ginecología, Dermatología, Traumatología, Oftalmología y Pediatría. Los quirófanos eran tan fríos que a veces los cirujanos operaban vestidos de calle, cubiertos por una bata esterilizada. Existía una sala de Venereología que albergaba a enfermas de sífilis, muchas de ellas prostitutas. Permanecía cerrada con llave y, para controlar altercados, estaba equipada con un látigo. En 1953, ante la inminente reconversión del monumento en un hotel de cinco estrellas, los enfermos fueron trasladados a un nuevo edificio construido por la Seguridad Social en una calle aledaña.

La huerta medicinal. El Salón San Marcos del Hostal antaño se encontraba repleto de botes de cerámica, arcas de medicinas, prensas, embudos, morteros, alquitaras y alambiques. Albergaba la botica del Hospital, donde se elaboraban los medicamentos que se prescribían diariamente a los enfermos. El boticario era un farmacéutico titulado, que tenía a su mando un oficial o mancebo y un mozo. Acompañaba a los médicos en sus visitas a los pacientes y anotaba los fármacos que éstos les prescribían. La huerta medicinal se ubicaba a continuación de los patios traseros, donde hoy se yergue la Facultad de Medicina.

Los enfermos precisaban, por ejemplo, un cesto diario de malvas para cataplasmas y gran cantidad de flores de saúco y yemas de álamo para preparar aguas y ungüentos. La mayor parte de los aceites (agárico, ruda, arrayán…) y jarabes (artemisa, dormidera, borraja…) se producían con ingredientes que procedían directamente de la huerta. Un catálogo de 1851 registra 35 especies distintas de árboles y 86 de arbustos en la plantación del Hospital.

La recepción de huérfanos era otra de las funciones ejercidas por el Hospital Real. Desde sus inicios y hasta 1846, la inclusa acogía a centenares de niños cada año que eran abandonados por sus padres. En la calle San Francisco había una ventana con campanilla y un torno como el de los conventos de clausura. Alguien llamaba, esperaba hasta escuchar “Ave María Purísima”, y entonces depositaba al recién nacido.

La pila de Rosalía de Castro. Al frente de la inclusa estaba el ama mayor, que también era la peregrinera de mujeres. Los bebés se entregaban después a las parroquias, que los distribuían a la fuerza entre campesinas lactantes. Solo uno de cada cinco niños llegaba a cumplir dos años, aunque los supervivientes eran tutelados hasta los seis. Después los varones aprendían un oficio y las niñas eran entregadas a los conventos. En los últimos años la atención mejoró sensiblemente. El Método de la inclusa, de 1821, describe qué debía hacer la persona de guardia con un bebé abandonado: “Lo recogerá, acariciará, desnudará enseguida, apuntando el número, color y calidad de sus vestidos, prendas, señales y papeles que trajere… Lo lavará con agua templada que lleve un poco de vino y jabón, y luego lo envolverá. En esa habitación habrá lumbre, dos o más camitas secas, algunas onzas de jarabe de achicorias con ruibarbo, que es la mejor papilla para las primeras horas, y un poco de crema de arroz azucarada para entretener a los que fueran más mayores”.

La capilla aún conserva la pila bautismal donde los niños huérfanos eran bautizados. La poetisa Rosalía de Castro fue una de ellos. Hija ilegítima de un clérigo compostelano, recibió el sacramento un 24 de febrero de 1836. Otra historia curiosa de las cientos que ocurrieron en el Hostal.

 

 

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